De relatos: El último aliento

Fotografía: Ester Valverde

 

Giró la llave, abrió la puerta y el olor a desenfreno concentrado llenó de desagrado su nariz. Puso un pie en aquel piso y bajo él sintió crujir cristales; por fortuna siempre cubría su calzado. Se habían divertido de lo lindo a juzgar por los restos de alcohol y sustancias varias repartidas por todos los rincones del salón. Posó la bolsa, el cubo, la escoba y la fregona en el único rincón que quedaba inmaculado y echó un vistazo a la cocina. Sin sorpresas, allí también tendría bastante trabajo que hacer. Recorrió el pasillo siguiendo el caminito de preservativos usados hasta lo que sería la puerta del dormitorio. Cuatro, cinco, seis; menudo semental. La puerta estaba entreabierta y dentro ni la luz ni el aire habían hecho acto de presencia desde el día anterior. Abrió cortinas y ventanas y subió persianas, la habitación comenzó a respirar. Contempló las vistas unos segundos, la ciudad bajo sus pies por obra y gracia de un decimoquinto piso. Cuando había tanto que hacer, lo primero era decidir por dónde empezar. «Por el principio, querida, siempre por el principio», eso diría su mentora.

El principio fue la cama, lo supo nada más darse la vuelta y contemplar la estratégica posición de la sábana, echada hasta arriba, y la abultada y sinuosa forma que dibujaba, como una cadena montañosa. Se acercó temiendo qué se iba a encontrar bajo ella y, en cuanto retiró la tela, la vista confirmó lo que su sexto sentido ya intuía: el cuerpo de un hombre, de unos treinta y tantos, pálido, con los labios amoratados, la boca entreabierta y marcas rojizas alrededor del cuello. La fiesta había traspasado el límite. Contuvo una maldición, ¿cómo se podía ser tan inútil?, fácil, porque ella sería quien tendría que arreglárselas. Sacó el móvil del bolsillo y llamó.

—Hola, ¿se puede saber por qué nadie me dijo que tuviera que deshacerme de un mueble?… ¿Tú que crees?, lo tengo justo delante… En el dormitorio… No, aún no he hecho nada, acabo de llegar… ¿Que espere?… Sí, claro, llama al cliente.

Se quedó de pie sin moverse, no podía hacer otra cosa, por si acaso, cuanto menos tocase mejor. Acomodó una mano en la cadera y echó un vistazo a la pantalla del móvil. Por mucho que lo mirase no iba a sonar antes, así que lo guardó en el bolsillo del pantalón. Contempló el dormitorio: cabecero, mesitas, mueble y cómoda en blanco roto y gris arena. La alfombra era del mismo gris y los almohadones, que ahora estaban en el suelo, azul turquesa a juego con la pared que enmarcaba la cama. El muerto tenía buen gusto, una pena. Volvió a coger el móvil y miró la hora, habían pasado un par de minutos. Y de vuelta al bolsillo. Cruzó los brazos frente al pecho y cogió aire para después convertirlo en un largo y sostenido «puff». Con todo lo que había que hacer allí y ella perdiendo el tiempo. Si pudiera poner un poco de música, al menos dejaría de oír ese molesto… Frunció el ceño, giró e inclinó la cabeza, un poco, no mucho. Concentró sus oídos y casi sin darse cuenta contuvo la respiración. No podía ser. Caminó hacia la cama y con cuidado se puso de rodillas sobre el colchón. Posó una mano a cada lado del cuerpo y aproximó una oreja a su boca, unos segundos, los suficientes. Se irguió y descendió de la cama. Cogió el móvil y volvió a llamar.

—Hola, hay otra cosa. El mueble aún sirve… Pues quiero decir que, aunque no está en buen estado, un buen carpintero podría restaurarlo… Sí, completamente segura… ¿Aún no habéis hablado con el cliente?, no me lo puedo creer… ¿Qué?… Que sí, que espero, adiós.

Esperar, otra vez. Esperar, ¿cuánto? Esperar y esperar. No es que tuviera nada en contra de ese verbo, a no ser que fuera la consecuencia de que otros no hubieran hecho su trabajo. «Paciencia, querida, paciencia. El tiempo premia al que sabe esperar». Ella podía ser paciente, siempre que esa paciencia fuera un trayecto controlado, medido y organizado, que llevase, aunque lento, al destino deseado. No había nada de provecho en ser paciente mientras permanecía de pie a la espera por culpa de incompetentes que no sabían atender llamadas ni recoger encargos ni localizar a los clientes. Mejor sola que mal acompañada, cuánta razón. Bueno, podía ser peor, podía ser él. Podía llevar horas y horas luchando por sobrevivir, aferrándose a un milagro, pendiendo de un pequeño hilo que otro decidiría si cortar o no. Y todo por haber elegido al compañero de cama equivocado.

Sintió vibrar el móvil.

—¿Sí?… ¿El cliente no quiere el mueble?… ¿Desarmarlo?, pero no tengo herramientas… ¿Quién me las va a traer?… Si no se olvida el rollo de plástico como la última vez, ¿qué problema iba a tener?… ¿Cuánto tardará?… Muy bien, adiós.

Se fue al salón en busca de su bolsa. Abrió el bolsillo lateral y sacó un par de guantes de usar y tirar. Se los puso y regresó al dormitorio.

Permaneció unos minutos al lado de aquel hombre, arrodillada sobre la cama con las manos apoyadas en sus piernas. Así iba a ser, cuántas veces se lo había preguntado. Sabía que algún día llegaría la primera vez que le tuviese que quitar la vida a alguien, cómo imaginar que sería así, casi por compasión.

Oía su propia respiración, acompasada y fluida, en contraposición a la esforzada y arrítmica del moribundo. Acercó sus manos, una a la nariz y otra a la boca, y despacio, como un cazador nocturno que no quiere espantar a la presa, las posó y apretó. Cerró los ojos a la vez que se inclinaba hacia delante. No sintió nada, no hubo intento de lucha, ni siquiera un pequeña convulsión, en aquel cuerpo solo quedaban fuerzas para dejarse llevar, para irse en silencio. Se preguntó si llevaría el tiempo suficiente, no quería hacerlo mal su primera vez y tener que repetirlo alargando más de lo necesario lo inevitable o, peor aún, que siguiese vivo cuando tuviera que empezar con el resto del trabajo. Retiró las manos de su cara y comprobó si ya no respiraba; a sus oídos no llegó nada. Comprobó el pulso con el mismo resultado. Observó aquel rostro, le pareció que ahora estaba en paz y, sin pretenderlo, lo memorizó.

Se quitó los guantes y volvió al salón para coger otros. Sacó una bolsa de basura y empezó a meter en ella botellas y latas vacías, restos de cigarrillos, ceniza; aprovecharía el tiempo mientras no llegara el instrumental necesario para hacer desaparecer un cuerpo como si nunca hubiera existido. Fue al baño para llenar de agua caliente el cubo y mientras caía se miró en el espejo que tenía en frente. Seguía sin gustarle aquel uniforme azul pálido, las mangas le quedaban un poco cortas al igual que el pantalón. El logotipo de la empresa, «S.R.A. Limpiezas especiales», lucía bordado a la derecha del pecho y, bajo él, un nombre cualquiera, uno entre tantos que no eran el suyo. Aquel que un día lo fue tuvo que olvidarlo, como todo lo que este representaba, tan solo recordaba una cosa: empezaba por jota.

Cerró el grifo y añadió un tapón de friegasuelos al agua, quedaba mucho por hacer.

 

P.D.: Esta pequeña historia formó parte de un relato dividido en dos publicado en la I Antología de Argonautas. Ha sufrido algunas modificaciones, pocas, para poder publicarlo aquí. Su protagonista, Jota, es un personaje al que tengo mucho cariño, a quien espero poder regalarle algún día una historia mucho más larga que esta, de esas que suelen llamarse novelas, una que esté a su altura. Sobre ella he escrito dos relatos más, si tienes curiosidad son estos:

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