De relatos: La Maldición. Parte Tres: Cenit

Fotografía: Ester Valverde.

—Me llamo Raina —le dijo a su reflejo en el espejo del baño —, hija de Mâlik y Ghaada, hermana de Kamra. —Un mantra que se recitaba cada mañana desde hacía quince años —. Nací en Taht Alardi, la ciudad subterránea, hace veintidós años, tres meses y nueve días. —No quería olvidar quién era realmente —. Me llamo Raina, hija de Mâlik y Ghaada, hermana de…

Tres golpes en la puerta del baño rompieron su concentración, Josué, uno de sus padres adoptivos en aquel mundo brillante, la instaba a darse prisa si no quería llegar tarde a la facultad.

—Sí, ya voy.

Antes de salir volvió a contemplarse en el espejo. El sol de finales de primavera ya había empezado a aclarar su pelo, convirtiendo el rubio ceniza en otro más luminoso, como si estuviera salpicado por los rayos de ese sol pronto veraniego. Su piel, aunque hacía años que había dejado de lucir pálida, gracias a su eterna necesidad de protección solar, nunca conseguía adquirir un tono más allá de un café con mucha leche. No era como ninguno de ellos, los auténticos habitantes de Ir Haorot, la ciudad de luz, morenos, oscuros hasta en sus ojos, mientras que los suyos eran de un gris que bien sabía ella que los espantaba.

—Vamos, cariño, Laila ya está aquí, no la hagas esperar.

Afrontaba el final académico con una mezcla de cansancio e incertidumbre, como si algo en su interior desease sabotearlo y aplazar el cambio de ciclo un año más, porque después qué, de dónde sacaría las fuerzas para empezar de nuevo, para buscar y encontrar otra vez su espacio y su lugar, para ignorar los murmullos y las miradas disimuladas que provocaba hasta que se acostumbraban a su presencia.

—Hola —le dijo a Laila y ésta le respondió con una amplia sonrisa al verla entrar en el salón —, ya estoy lista.

—Genial, vamos.

No habían llegado a la puerta de salida cuando su padre, una vez más, desde la distancia de una habitación cualquiera de la casa, le recordó:

—Siván, no te olvides de…

—No me he olvidado —le cortó antes de terminar la frase y añadió para sí misma —: Qué pesado.

Laila se rio de ella y rebuscó dentro de su mochila aquello que nunca debía olvidar: unas gafas especiales para proteger a sus particulares ojos del sol.

—Preciosa, como siempre —le dijo después de ponérselas sin dejar de sonreír.

—Sí, súper.

—Pues claro que sí.

Laila cortó toda opción de réplica irónica como mejor sabía: sellando sus labios con un beso.

Al salir a la calle miró al cielo. Sus gafas evitaban que la intensa luz de la mañana dañara sus ojos, pero no cambiaban el color de las cosas como las primeras que usó. Allí estaba él, dominándolo todo. Siempre que lo miraba pensaba en lo mismo, en que la luna regresaba cuando él desaparecía. Y ese pensamiento construía poco a poco otro: esperar a que lo hiciera, a que se fuera, no entrar en los edificios y mostrarles a todos qué pasa cuando la luz se iba. Ahora ya no era una niña temiendo que la obligaran a entrar, llevándola en volandas al interior, donde la luz nunca se apagaba.

—Había pensado que el último día de clase —dijo Laila interrumpiendo sus pensamientos—, podías venir a mi casa. Te prepararía una comida especial y…

—Sí, claro, sería genial.

Había lugares en los que esconderse esquivando a los demás, solo necesitaba una pequeña coartada que les hiciese pensar a quienes le importaba, que se había refugiado en otro sitio para que creyesen que estaba a salvo en otra casa. Y entonces solo le quedaría esperar a que el día se extinguiera y diera paso a la noche.

 

***

 

El trabajo era duro, monótono y solitario, a pesar de que no era el único en aquella galería, pero cada cual hacía su parte en silencio, ya fuera apuntalar las paredes o la bóveda, ya fuera seguir excavando la tierra, abriendo paso al nuevo camino subterráneo. La ciudad debía crecer al mismo ritmo que su número de habitantes y él, que había nacido sobre la superficie, ahora dedicaba su vida a ir hacia abajo, más profundo, más lejos, añorando la luz del sol y conformándose con una vida iluminada por llamas que se alimentaban de gas.

—¡Oren! —captaron sus oídos, pero su mente, en otra parte, se negó a procesarlo —. ¡Eh, Oren, espabila! —Una palmada contundente desplazó su hombro y lo sacó de su ensimismamiento —. Hora de comer, hombre.

Siguió a los demás y sacó de su petate la comida. Como la de todos, estaba compuesta de tubérculos que crecían sin necesidad de sol y de la carne ahumada que traían los cazadores, el único gremio, junto al de los recolectores, que tenía permitido salir al exterior. Estos últimos traían frutos salvajes y trigo y cebada de la superficie, de eso estaba hecho su postre.

Oren era un tipo simpático, todos lo decían, trabajador como el que más, y eso era lo único que importaba. Si desempeñabas tu parte, si colaborabas en el engranaje de la ciudad, todo lo demás daba igual. Y eso era Oren, uno más, porque solo contaba el ahora, el pasado a quién le interesaba, las leyendas eran cuentos de vieja, igual que esa que hablaba del niño oscuro que apareció en la noche como por arte de magia.

—¡Se acabó el descanso! — gritó el capataz y un murmullo de hastío recorrió las mesas de madera colocadas para comer y cenar —. Vamos, muchachos, cuanto antes empecemos antes terminaremos.

—Siempre dice lo mismo —se quejó Rashîd, el más robusto de todos ellos — y nunca es verdad.

—Su cumpleaños es dentro de poco, ¿no? —dijo Oren y todos le miraron con extrañeza —. Creo que deberíamos regalarle el libro ese de las tapas rojas. Puede que le hiciera cambiar el discurso.

—¿Y cómo va a hacer eso si ese solo tiene ilustraciones pican…? —Oren sonrió de esa forma que todos conocían —. Ohhh… Joder, Oren, pero qué cabrón eres.

—Seguro que le dejan mudo un buen rato —dijo uno de sus compañeros.

—O le provocan un infarto al viejo —añadió otro.

Las carcajadas de sus camaradas de mesa atrajeron a los de las contiguas. ¿Qué había pasado? Estando Oren por allí, cualquier cosa.

El capataz les volvió a gritar y todos empezaron a recoger y levantarse de las mesas, directos a por sus guantes y cascos de faena.

—¿A dónde vas? —le preguntó Rashîd.

—A mear, todavía no he gastado mis cinco minutos para evacuar.

En aquel mundo oscuro todos eran claros como el día, menuda paradoja, por muchos años que llevara allí no dejaba de resultárselo. Su hermano seguro que le diría el porqué de aquello, que conocería la verdad científica, él era el listo, el que siempre atendía, y el que siempre obedecía. Aunque si supiera la verdad, que todas las milongas que les contaron sobre los otros eran basura, lo más probable era que le diera un soponcio. ¿Qué habría sido de él? ¿Cómo sería su vida ahora? No había día que no se lo preguntase.

Ni le dio tiempo a poner una mano en el pomo del retrete portátil, una fuerza de la naturaleza llamada Târeq le empujó y le llevó a la parte posterior de este, donde la luz de las farolas no alcanzaba. Tampoco le dio tiempo a abrir la boca, o sí, lo justo para que la lengua de Târeq la invadiera con la seguridad de quién conoce de sobra el camino a la victoria.

—Târeq, espera —dijo en cuanto sus labios se vieron libres porque los de su compañero habían pasado a su cuello —, que me meo de verdad.

A escondidas, siempre a escondidas, porque en aquel mundo todo estaba en penumbra, hasta las muestras de afecto más cotidianas resultaban incómodas, qué decir de las que llegaban al más primitivo de los deseos, el tabú del que nadie hablaba pero todo el mundo conocía. Aunque había que reconocer que tenía sus ventajas, porque a los habitantes de la ciudad subterránea les daba igual lo que hicieras en tu intimidad y con quién siempre y cuando nadie te viera.

—Târeq, no me estás escuchando. —Y si él no notara su vejiga a punto de estallar, ni le habría importado, porque cuando recorría así el contorno de su mandíbula, como una carrera de relevos entre los labios, la lengua y los dientes, perdía la poca capacidad que tenía de pensar —. Para, te lo digo en serio, ¡para! — Târeq le miró desconcertado —. Que me lo voy a hacer encima.

Târeq sonrió y se apartó, dejándole vía libre para entrar en la letrina.

—Tengo algo para ti —le dijo desde el otro lado de la puerta.

—Ya me he dado cuenta.

—Vale, tengo otra cosa más para ti.

Se subió la cremallera y tiró de la cadena, al abrir la puerta se encontró a Târeq sosteniendo orgulloso un papel en una mano.

—¿Eso es?

—Sí.

—¿Cómo lo has conseguido?

—Ya te dije que alguien me debía un favor y a ese alguien otro alguien y así hasta llegar al alguien que importaba.

Oren miraba a aquel pedazo de papel sin creérselo del todo, con miedo a alargar la mano y que se desvaneciera antes de tocarlo.

—Ten, cógelo, es tuyo.

Cuántos años esperando ese momento y ya casi lo había conseguido.

—No te olvides de llevar esto junto con el resto de la documentación, aunque dará igual en cuanto vean quién te reclama.

—¿Cuánto tardarán en tramitarlo?

—En una semana serás un nuevo y flamante cazador. Espero que me invites a tu nueva casa.

Solo las viviendas de los recolectores y los cazadores tienen acceso al exterior, eso le repitieron una y otra vez mientras les insistía en que debía irse, en que él no pertenecía a ese lugar. Solo era un chiquillo, apenas doce años tenía, pero al crecer entendió que era mejor callar, adaptarse y esperar. Nunca fue muy paciente y aprendió a serlo a base de esfuerzo; observó y escuchó, y consiguió que la gente adecuada supiera de su existencia y de su valía.

—Gracias…

Esta vez fue él quien se abalanzó, quien arrastró a Târeq a la reducida privacidad tras un retrete portátil, quien comenzó a devorar una boca carnosa y contundente.

—Maldita sea… tengo que irme Oren, debo volver a mi puesto antes de que se den cuenta… —le ignoró deliberadamente, era mucho más interesante desabrocharle la camisa —. Y a ti se te acabó la pausa para evacuar hace cinco minutos.

—Le diré a mi capataz que estoy estreñido.

Târeq se rio, aunque la risa le duró lo que tardó él en meter la mano dentro de su pantalón. Sintió la euforia que le provocaba saber la suerte que había tenido al conocerle, y ese estallido de júbilo se mezcló con la tristeza del irremediable adiós. Quizás esa fuera la última vez que sintiera su cuerpo pegado al suyo. Creaban un contraste tan bello: piel tostada contra blanca, pelo negro frente a otro rubio casi albino. Él apenas tenía vello, ni siquiera algo decente a lo que llamar barba, y a Târeq le cubría el torso, los brazos y las piernas uno fino y suave, a trazos rubio, a trazos rojizo. Lo echaría de menos, pero no tanto como a su añorado mundo. Regresaría a la superficie, volvería a casa.

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