De relatos: La maldición. Parte cuatro: Atardecer.

Fotografía: Ester Valverde

A Raina le encantaba aquel lugar, era sin duda alguna su preferido en aquella ciudad llena de museos deslumbrantes, de emplazamientos con diseños que te dejaban sin aliento. La habitación de Laila era su refugio, donde encontraba paz y calma, donde sentía que encajaba, lo más parecido al hogar que recordaba y añoraba. Y ahora estaban solas; el regalo que sus respectivos padres les habían concedido como premio por los resultados académicos. Qué mejor que dejarles un fin de semana antes de que tuvieran que enfrentarse a la búsqueda de un hueco laboral. Tenían toda la casa para ellas y, aun así, llevaban horas en la habitación de Laila.

Era muy alta y delgada, esbelta y elegante, de caminar ligero y mirada al frente, de sonrisa permanente. Laila tenía el tono adecuado pero, a su manera, era una extraña para los demás. Quizás por eso estaban juntas, porque se reconocieron en su extrañeza, en ser notas discordantes en la melodía que las rodeaba. Sí, seguro que eso hizo que Laila fuera la primera que se acercó a ella aquel lejano primer día en la universidad. El segundo día le enseñó a dejar de andar encogida.

—Para que no notaran tu presencia tendrías que ser capaz de plegarte sobre ti misma como uno de esos bichos bola, e incluso así seguirían mirándote —le dijo colocándose a su espalda, posando una mano en cada uno de sus hombros—. Por eso, como da igual cómo te comportes, ¿no será mejor que andes de una forma que no te provoque dolor de espalda?

Y, con la misma cantidad de firmeza que delicadeza, sus manos de largos dedos tiraron de sus hombros hacia atrás.

—Mucho mejor —le dijo con sus sonrientes ojos negros y ella les correspondió con una tímida sonrisa en sus labios—. Vaya, casi se me olvida —añadió poniendo el dedo índice bajo su barbilla, elevándola despacio—. Sí, ahora estás perfecta.

Más de tres años después seguía recordando aquel día. Y tres años después, más o menos, continuaba reconfortándole posar la cabeza sobre su pecho y escuchar su corazón.

—Estás nerviosa —afirmó Raina manteniendo los ojos cerrados.

—No, qué va —le contestó Laila.

—Sí, lo estás, y es normal.

—Que no estoy nerviosa.

Se incorporó para mirarla inquisitivamente, a ella no la engañaba.

—Que vale, que sí, tú ganas.

Laila tomó aire y lo soltó ofreciéndole resistencia con los labios, en un ejercicio de relajación autoconsciente que no resultó del todo efectivo porque, desde la cama, la pared de su habitación donde tenía el calendario era bien visible, igual que la fecha señalada con un círculo verde. Raina siguió su mirada hasta esa fecha, quedaba menos de una semana.

—Sabes que puedes echarte atrás cuando quieras, ¿verdad? —Laila no contestó, siguió con la vista fija en el calendario—. A mí me gustas así, tal y como eres…

—No lo hago por ti.

—Ya, lo sé, perdona, solo quería…

—Pues no hace falta, estoy bien. Es lo que siempre he querido. Lo que soy.

Volvió a recostarse sobre el pecho de Laila y a cerrar los ojos para concentrarse en los latidos.

—¿Vendrás conmigo? —le preguntó Laila.

—Claro que sí.

—¿Esperarás a que salga?

—No me moveré de allí dure lo que dure la operación, el postoperatorio o lo que sea; no pienso dejarte sola ni un solo día.

—¿Y las noches?

—Tampoco, ni para hacer pis.

—Bueno, para tus necesidades básicas quedas exenta de tus obligaciones.

Se echaron a reír. Escuchó la risa de Laila resonar, rebotar como un eco en el interior de su caja torácica. Pensó en cómo sería recostarse sobre ese pecho en unas semanas, cuando reflejara a la verdadera Laila, la de ese interior vibrante.

—¿Me recuerdas qué talla has escogido al final?

—Ni grandes ni pequeñas —respondió Laila burlona—, la medida perfecta, copa C.

Volvió a incorporarse sobre sus codos para mirarla fingiéndose ofendida y replicar:

—¿Estás diciendo que las mías son pequeñas?

—Pequeñas y preciosas, como tú.

—Pero qué pelota eres.

—De pelota nada, sincera y nada más que sincera.

Trepó lo justo para que su cara quedara a la altura de la de Laila y contempló cómo su eterna sonrisa se disipaba poco a poco.

—Todo va a salir bien —le dijo.

—Lo sé.

Y la besó para que el miedo se retirase un poco y dejase sitio a otras emociones. Y siguió besándola para que esas emociones crecieran, se expandieran y se fusionaran para convertirse en algo que comenzó a quitarle la camiseta. Mientras se desprendían de la ropa, mientras se besaban en cada parte que iban descubriendo, ella no pudo evitar pensar en lo desleal que le era. Laila le había contado todo, desde el principio había sido honesta, en cambio ella…

—Siván…

Siempre pronunciaba ese nombre entre jadeos. Se lo pusieron días después de encontrarla vagando por su ciudad después del amanecer. Porque mientras la examinaron médicos de todo tipo, permaneció callada, temerosa de decir la palabra equivocada, la que descubriría que pertenecía al mundo bajo la superficie. Y como no contestó a ninguna de sus preguntas, creyeron que no sabía hablar y la bautizaron con aquel nombre.

—Siván…

Cuando resolvieron que estaba sana, que su tono de piel y el color de su pelo y sus ojos solo se debía a una rara mutación genética, obviaron que no habían conseguido descifrar su procedencia y le buscaron un hogar entre varias familias voluntarias. Josué y Samuel fueron los padres afortunados. Necesitaron meses para que aquella niña pálida confiara en ellos, aunque nunca lo hizo del todo, porque aprendió a ser esa, a la que llamaban Siván, y a ser ella ante sus ojos, ante los ojos de todos.

—Te quiero…

Ojalá tuviera el valor de decirle a ella su verdadero nombre, el que le dieron al nacer. Contarle de dónde venía y cómo había acabado allí. Ojalá fuera como Laila, capaz de mostrar quién era de verdad sin miedo, o a pesar de él.

—Y yo a ti.

Entradas anteriores de “La Maldición”

Parte uno: Oscuridad.

Parte dos: Luz.

Parte tres: Cenit.

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