De relatos: La maldición. Parte cinco: Nocturnal

Fotografía: Ester Valverde.

Oren miraba a las escaleras que le llevarían a la superficie. En su nueva casa, si se le podía llamar así a aquella madriguera en la que apenas cabía él, había unas escaleras al fondo. Excavadas en la tierra y apuntaladas con madera, se dirigían hacia arriba en una inclinación imposible, y eran estrechas, pues estaban pensadas para que un solo cuerpo ascendiera por ellas. Como estaba soltero le habían designado aquel cuchitril, solo había una estancia dividida del resto: el aseo. Quedaba poco para la hora exacta a la que se podía abrir la puerta que había al final de aquellas escaleras. Escuchaba cada segundo pasar, marcado por el tictac de un reloj de pie, cuando este diera las doce, comenzaría el ascenso.

Había tenido que esperar varios días desde que había conseguido la recomendación y entregado todos los papeles para que le cambiaran de puesto, de tunelador a cazador. El gremio de cazadores tenía un estricto sistema de aprendizaje y, también, de jerarquía dentro de él. La parte más baja la ocupaban los aprendices y, mientras duraba su aprendizaje, eran supervisados por un maestro cazador, alguien que por antigüedad reunía la experiencia y conocimientos necesarios y, además, había elegido dedicar sus últimos años de profesión a enseñar a los novatos. Los aprendices nunca podían estar solos, estaban ligados a su mentor como si fueran su perro de caza. Mientras eras aprendiz no tenías tu propia casa y salías al exterior por la puerta del más veterano. Un aprendiz, si ya era mayor de edad, de media tardaba entre tres y cuatro semanas en convertirse en un cazador de primera clase. Oren se prometió a sí mismo batir ese record, no podía esperar tanto.

Ni dos semanas, el nuevo no había tardado ni dos semanas en conseguir que el viejo Hassan recomendara al consejo de maestros su ascenso a primera categoría. Al principio todos creyeron que su sentido común empezaba a fallarle, su instinto cazador había dejado paso a la decadencia de los años y estaba afectando a su criterio. Por eso Oren tuvo que demostrarles que Hassan seguía sabiendo lo que se hacía, que su ojo clínico para el talento continuaba en plena forma. Por eso y porque no se podía permitir perder más tiempo.

Hacía años que nadie pasaba por aquello: la antigua prueba del gremio de caza. Una forma muy extrema de separar la paja del trigo y que al final tuvo que cambiarse al ya establecido sistema de aprendizaje porque quizás no solo pereciera en ella la paja, sino también trigo en potencia.

—Son unos tercos acomodados, muchacho —le dijo su mentor—, unos engreídos estirados, no les hagas ni caso. Yo sé lo que digo, y sé lo que veo, da igual lo que esos estúpidos crean. Eres un cazador de alma y serás mejor de lo que yo nunca he sido.

—Lo haré, maestro, pasaré la prueba.

—No, muchacho, no me has entendido. No tienes nada que demostrarles. Una semana más y no podrán negarte lo que te has ganado.

—Discúlpeme, maestro, no quiero ser descortés, pero es mi decisión. No esperaré una semana. Y no dejaré que lo tomen por loco.

—A mí me importa bien poco por quién me tomen, muchacho, no necesito que te juegues la vida por mi honor, soy los suficientemente viejo como para saber que no merece la pena apostar nada cuando el tiempo te dará la razón.

—Pero a mí sí me importa, maestro.

Un cuchillo, provisiones para aguantar la noche y una trampa para osos eran todos los recursos de los que disponía para cazar al gran cuadrúpedo. Nadie le ayudaría a encontrarlo, debía buscar su rastro, seguirlo y, cuando lo localizara, ingeniárselas para atraparlo y conseguir una prueba de ello, parte de sus garras o de la piel, un colmillo, lo que fuera, eso se dejaba a libre elección del aspirante a cazador.

Pasó mucho frío, una sensación que se debió más a la tensión que se acumuló en sus músculos hasta hacerlos tiritar, que a lo poco apacible de la noche. Le costó mucho encontrar un rastro y cuando lo hizo por momentos pensó que era uno equivocado, pero se obligó a no dudar y continuar y así consiguió llegar a su madriguera. Colocó la trampa en la entrada, la tapó con hierbas y pequeñas ramas, y cortó otras más gruesas de los árboles cercanos y afiló sus puntas con el cuchillo. Clavó las improvisadas lanzas en lugares cercanos a la trampa, donde creyó que le serían más accesibles llegado el momento de necesitarlas, y se preparó mentalmente antes de entrar, dispuesto a despertar a una bestia de más de cuatrocientos kilos.

El tiempo se ralentizó mientras avanzaba cueva adentro y se volvió vertiginoso después de sacar del sueño al oso pardo. Tenía que actuar con movimientos calculados para que el animal le siguiese de cerca lo suficiente para conducirlo a la trampa sin que le alcanzara con sus garras. Los dientes metálicos se cerraron sobre una de sus patas traseras y Oren rodó hasta una de sus lanzas. Mientras el oso se ponía con dificultad a dos patas, él le clavó la primera lanza. De un manotazo se la arrancó y Oren se fue a por la siguiente. No calculó bien el número de ellas que necesitaría, fallo de novato sin duda, y cuando ya solo le quedaba una, el oso seguía como si nada, gruñendo, enseñándole los colmillos y tirando de esa pata atrapada. Se asustó cuando vio que esa trampa no aguantaría la fuerza de aquella bestia, en cada tirón la había desclavado un poco más de la tierra y no le quedarían mucho más para poder liberarse parcialmente. Iría a por él con los dientes metálicos cerrados sobre su pata sin inmutarse, como quien lleva un lazo suave al tobillo. Oren tomó aire, agarró su última lanza con fuerza y se abalanzó sobre el animal sin más opciones que atravesarle en el punto exacto que acabara con su vida.

El reloj de pie comenzó a marcar las doce, su espera había terminado. Empezó a subir los peldaños mientras respiraba profundamente. No sabía muy bien cómo se sentía ahora, como un extraño, se podía decir, como si no fuera él. Tenía su lógica si lo analizaba, porque en el momento que traspasara el umbral de aquella puerta, no se dirigiría a revisar trampas, su dirección sería una bien distinta y lo que había sido durante quince años se quedaría atrás. Ya no volvería a ser ese Oren nunca más.

La puerta chirrió al abrirla, también se quejó al cerrarla. Cargado con un pequeño petate emprendió la marcha hacia el este, hacia su verdadero hogar. Del antiguo, del que le había acogido durante todos aquellos años se llevaba los buenos recuerdos, los momentos con Târeq, un collar del que pendía el colmillo de un gran cuadrúpedo y la cicatriz con la que este le marcó de por vida en su brazo izquierdo. No había estado mal después de todo.

En la noche cerrada una luna menguante reinaba y al final de su camino pudo ver las luces de Ir Haorot, la ciudad de luz. Aceleró el paso, incapaz de contener la ansiedad, pero cuanto más cerca estaba de su hogar, más crecía en él la sensación de que algo no iba bien. La visión de su ciudad, de sus edificios, por momentos se distorsionaba, como si hubiera algo frente a ella, algo casi trasparente pero con la suficiente consistencia como para que aquello que veía le resultara extraño. Empezó a correr y cuanto más cerca estaba, más consciente era de lo que pasaba.

—No, no, no, no, por favor, no —se dijo desesperado al llegar al límite de la ciudad y comprobar que no podría pasar—. Esto no está pasando, no está pasando.

Oren palpó desesperado lo que era un muro semitrasparente, como un cristal algo velado. Al tacto parecía otra cosa, una sofisticada barrera semiflexible que reaccionaba al contacto de sus manos porque estaba diseñada, no solo para evitar que nadie entrara ni saliera, sino para absorber cualquier impacto, de la clase que fuera. Oren lo comprobó cuando comenzó a golpearla y se formaban hondas como cuando tiras piedras al agua. Se comía hasta el sonido, daba igual que le dieras con una piedra con todas tus fuerzas.

—Tiene que haber alguna forma de entrar, tiene que haberla —dijo mientras avanzaba a lo largo de aquel muro buscando con sus manos algún resquicio, algo que se pareciera a una puerta.

¿Cuánto tiempo estuvo así? Hasta que sintió que se volvería loco si no paraba. Y entonces, lleno de rabia y dolor, descargó sus puños contra aquel muro infernal.

—¿Por qué? ¿Por qué? —gritaba mientras golpeaba y los ojos se le empañaban—. ¡¿Por qué?!

Porque para aquella ciudad tan avanzada supuso un gran trauma que un niño llamado Oren, hermano gemelo de Yosef, hijo de Benami y Adina, pereciera en la oscuridad y en los dominios de Taht Alardi, la ciudad subterránea. Y el miedo a que aquel horror se repitiera les hizo tomar medidas. Medidas que ahora se manchaban con la sangre de sus nudillos.

Oren dejó de darle puñetazos a aquella cosa. Miraba al suelo y su respiración era agitada. Observó sus manos, la piel abierta y ensangrentada de sus puños. Volvió a mirar al muro y allí donde su sangre formaba una mancha colocó su palma, dejándola marcada con la huella de su mano. Regresó cabizbajo, debía hacer en tiempo récord el trabajo que le habría llevado toda una noche.

 

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

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