De relatos: La maldición. Parte seis: Aurora

Fotografía: Ester Valverde.

Laila, medio dormida, buscó su mano. Ella llevaba un rato despierta. Tampoco es que hubiera dormido mucho, la necesidad de estar alerta, de vigilar que Laila estuviera bien, fue muy superior al sueño. Aún quedaban unos minutos para que amaneciera. La observaba respirar mientras sostenía su mano. El nuevo busto de Laila estaba cubierto por un vendaje especial, un molde compuesto por un material, delicado a simple vista, que protegía y mantenía en su sitio las prótesis que moldeaban su pecho hasta que los músculos bajo los cuales habitaban se adaptaran y las acogieran. Verla así, dormir plácida, le trasmitía tanta tranquilidad, aunque esa paz a veces fuera interrumpida por una punzada de dolor o la incomodidad por solo poder dormir boca arriba.

El amanecer llegó y las cortinas metálicas, de lamas verticales, empezaron a recogerse automáticamente para dejar pasar la luz natural. Y cuando el sol inundaba las estancias, las otras luces, las artificiales, disminuían su intensidad poco a poco hasta apagarse. Acostumbrarse a dormir con luz, por muy tenue que esta fuera, le costó meses. Incluso ahora necesitaba tapar sus ojos. Pero a quién le iba a extrañar que lo hiciera con ese iris tan claro, tan irreal.

—¿Siván? —dijo Laila mientras se desperezaba.

—Hola, guapa, ¿cómo estás?

—Me duele todo y me muero de sed.

—El doctor no tardará en venir. Te daré agua cuando él me dé permiso.

Laila gruñó, con los ojos aún cerrados, intentando moverse lo justo para desentumecer su cuerpo sin que le doliera demasiado.

—¿Qué te parece si, en cuanto te dejen comer, me escabullo para ir a la confitería de Inbar y te traigo una bolsa llena de cuernos de chocolate recién hechos?

—¿Cuándo dices que te casas conmigo?

Les dio la risa. A Laila, además, un latigazo en el pecho que la obligó a controlarla.

—Vale —dijo Raina—, nada de chistes mientras dure la recuperación.

—Menuda mierda. No puedo beber, no puedo comer, no puedo moverme, no puedo decir tonterías…

—Tú querías tener tetas —le dijo en tono burlón—, ahora asume las consecuencias.

Y les volvió a dar la risa. Y el dolor, esta vez, hizo que Laila se quejara.

—Perdona, qué boba soy —le dijo arrepentida, acercándose a ella, intentando ayudarla sin saber muy bien cómo.

—Lo haré si me das un beso.

—¿Solo uno?

—Si me quieres dar más… no seré yo la que te detenga.

El doctor interrumpió el beso número tres, el que empezaba a ser más largo y profundo. Raina se puso colorada y se sentó con rapidez en la silla reclinable que los acompañantes de los pacientes usaban como cama. Laila la miró burlona desde la cama.

—Hola, Laila, ¿qué tal te encuentras?

—Me molesta mucho la espalda, más que el pecho.

—Eso es normal, no te preocupes.

El doctor, un hombre cercano a los cincuenta y de barba entrecana, llevaba una carpeta en sus manos. Allí Laila encontraría por escrito todo lo que él le iba a explicar sobre qué debía hacer los próximos meses hasta que pudiera hacer una vida completamente normal sin ningún tipo de riesgo. Un mes para poder subir los brazos del todo, tres para volver a dormir boca abajo. Nada de esfuerzos ni de actividades deportivas. Nada de sexo. Justo cuando decía esto último, el don de la oportunidad hizo que los padres de Laila entraran en la habitación. Su madre disimuló una sonrisa, su padre no lo consiguió con su incomodidad. Así de diferentes eran. Mientras Netta se tomaba las cosas con normalidad, Tamir debía hacer un esfuerzo por parecer más abierto de mente de lo que en realidad era. Y si siempre le había costado escuchar cómo su mujer hablaba de temas íntimos con su hija sin que se le tensara la mandíbula, prestarle atención a las palabras del doctor le suponía un esfuerzo indescriptible. Raina no podía evitar observarle, atenta al gesto que le delatara, ese gesto que a Laila le dolería más que si tuviera que aguantar el postoperatorio sin calmantes, el que mostraba lo que realmente sentía y pensaba, que Laila, ante sus ojos, nunca sería una mujer de verdad.

—Y eso es todo, ¿tienes alguna duda, Laila?

—No, solo quiero beber agua.

El doctor sonrió y miró su reloj de muñeca, un modelo clásico que volvía a estar de moda.

—En cuanto hayan pasado veinticuatro horas. Y eso será dentro de… cuarenta y dos minutos.

Laila se quejó amargamente. Al doctor y a su madre les dio la risa, ella les maldijo por su falta de consideración. Su padre despidió al cirujano con un apretón de manos.

—Puedes ir a desayunar, Siván —le dijo la madre de Laila—. Y a casa si quieres darte una ducha.

—Vale, pero antes debo cumplir una promesa.

Laila y ella compartieron una sonrisa y el beso número cuatro del día.

***

Llegó a la confitería un poco más tarde de lo que le habría gustado y ya se había formado una buena cola. Mientras esperaba, vigilaba el surtido de cuernos de chocolate lanzando mensajes con el poder de su mente a los compradores que le precedían. «Cuernos, no, coge otra cosa. Palmeritas, por ejemplo, mira qué buena pinta tienen». Con el botín calentito entre sus manos y una sonrisa triunfal, se dirigió hacia su motocicleta. El nivel de carga de la batería se acercaba peligrosamente a la reserva, tendría que dejarla conectada al punto de recarga de la cochera. Colocó la bolsa en el compartimento bajo el asiento, donde guardaba su casco. Antes de ir a su casa para asearse, haría una parada por el hospital, cuando llegase ya habrían pasado esos cuarenta minutos de sobra, quizás, además de poder beber, Laila ya pudiese hincarle un diente a uno de los deliciosos pasteles artesanos.

El semáforo cambió al ámbar y tuvo la tentación de acelerar, pero prefirió la prudencia, el tesoro bajo su asiento debía llegar inmaculado. Pensaba en Laila mientras esperaba a que el color cambiase a verde, mientras los peatones cruzaban. Lo hacían demasiado deprisa, corriendo, como si el muñequito verde hubiera empezado a parpadear y se les estuviera acabando el tiempo. Laila miró a ese muñeco, fijo e impertérrito. ¿Por qué corrían, entonces? Les siguió con la mirada y descubrió cómo se apiñaban frente al Kir Magan, la barrera semitrasparente que les protegía, que rodeaba la ciudad. Algo gordo debía estar pasando al otro lado. ¿Algo? ¿Y si fuese alguien? De pronto recordó a su hermana, sabía que era una tontería después de años y años sin una mínima señal de que hubiera vuelto a buscarla. Un absurdo conociendo las creencias que les inculcaban en Taht Alardi, la ciudad subterránea. Pero y si…

Raina aparcó la motocicleta en la acera y se dirigió hacia el tumulto. Le temblaba todo y tenía ganas de llorar. Apretó los puños sin darse cuenta y se le tensaron los hombros, un movimiento reflejo de su cuerpo para controlar los escalofríos que lo sacudían. Su garganta tragaba y tragaba las lágrimas que se iba hacia ella, las demás resbalaban por sus mejillas. Aunque pestañeara más deprisa, ya no había manera de contenerlas. Por suerte no se había quitado el casco y este ocultaba parcialmente su rostro. También fue una suerte ser menuda en comparación a los habitantes de Ir Haorot, la ciudad de luz. Más bajita y más estrecha. Como una culebrilla se adentró entre la multitud, avanzando hasta el muro usando los espacios que dejaban entre sus cuerpos. No les escuchaba, ni sus murmullos ni sus gritos horrorizados ni su pánico. Se plantó en primera línea y entonces la vio: la huella ensangrentada de una mano.

Para ella aquella huella abrió una rendija a la esperanza. Desencadenó un torbellino de emociones. No era tan ingenua como para pensar que la mano que había dejado su marca con sangre en el muro que la separaba de su antiguo hogar perteneciera a alguien de su familia, pero alguien del otro lado había intentado entrar y necesitaba saber por qué. Y, también, que ese porqué le sirviera para cambiarlo todo.

Raina sacó su móvil y le hizo una foto. Y regresó a su moto. Y le llevó los pasteles a Laila. Y la besó por quinta vez. Para todos seguiría siendo Siván haciendo su rutina, así no descubrirían a la renovada Raina que crecía oculta tras ella, una Raina que deseaba convertir una pequeña rendija en un puerta abierta de par en par.

 

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

4 comentarios sobre “De relatos: La maldición. Parte seis: Aurora

  1. Esto se pone muy emocionante :O
    Me encantan los pequeños detalles de worldbuilding camuflados como las persianas automáticas y las motos eléctricas. ¡Es tan genial cuando una autora cuela esas cosas de forma sutil en lugar de enrollarse a explicarte con pelos y señales cómo funciona el mundo! Ah, y creo que empiezo a saber qué significan los nombres, aunque a lo mejor soy un poco retorcida.
    Laila es adorable. Qué lástima me da lo de su padre 😦

    1. Gracias, Kate. Lo cierto es que las descripciones son uno de mis puntos débiles, hacerlo así es la única manera que he encontrado para que no me parezcan una soberana tontería o un rollo patatero. Entiendo que a veces es necesario explicar el mundo que has creado porque no se parece a nada conocido y hay escritores que lo hacen genial, pero a mí me sale como el culo. Y, además, creo que los lectores de ahora están más que acostumbrados a las cosas rarunas y con unos detalles aquí y allá les sobra.
      Besos, Kate. 🙂

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