De relatos: La maldición. Parte siete: Nox intempesta.

Fotografía: Ester Valverde.

Se levantó de la cama. Otra noche sin poder conciliar el sueño. Conocía la rutina que debía seguir llegado a esta situación, pero su voluntad decidió ignorar todas y cada una de las directrices que su enésimo psiquiatra le había pautado y, después de hacer pis, se fue directo al sofá.

—Uve, enciende la tele, por favor —le pidió a la inteligencia virtual que controlaba cada estancia de su apartamento, cada aparato—, y la consola también.

Hoy tampoco dormiría y le daba igual. Necesitaba evadirse, distraer su mente de pensamientos y sensaciones que ya no tenía fuerzas para contrarrestar o esquivar. Se colocó unos cascos con micrófono incorporado y cogió el mando. ¿Qué juego elegir?

—Uno que no me haga pensar —dijo mientras buscaba entre todos los que tenía instalados en la consola.

No conseguía decidirse por ninguno. Si hasta aquí había llegado su apatía, ya no le quedaba ninguna salida. Comenzó a notar cómo su corazón se aceleraba, una arritmia característica que conocía muy bien.

—Respira, vamos… —se dijo a sí mismo intentando calmarse.

Ahora ya no podía ignorar las pautas, a no ser que quisiera tener un ataque de ansiedad, total, ni que fuera a sentir que se moriría allí mismo.

—Vamos, Yosef, eso es, respira… respira…

No estaba funcionando, no estaba funcionando, por mucho que se esforzara. Concentrarse solo en su respiración, inspirar profundo, retener dos segundos y soltar el aire, pero el ritmo de sus latidos no bajaba y su cuerpo comenzaba a cubrirse de ese sudor frío que le hacía temblar. No quedaba otra, casi había llegado al punto de no retorno y a esas horas lo último que deseaba era pedir ayuda. Le agotaba ser así, tan débil, solo daba lástima. Se levantó como pudo del sofá, todos y cada uno de sus músculos se habían quedado sin fuerzas, y se dirigió a uno de los cajones del mueble del salón. Le costó abrirlo porque sus manos se volvieron torpes y empezó a faltarle el aire. Los tenía repartidos por toda su casa, en lugares estratégicos y de fácil acceso, autoinyectores como los que se usaban en los casos graves de alergias, aunque los suyos llevaban un medicamento bien distinto. No le gustaba usarlos porque después se sentía pesado, con la cabeza embotada y desorientado. Cogió uno y se bajó el pantalón del pijama lo justo para dejar un muslo al aire. Respiró varias veces, cogiendo y soltando el aire muy deprisa, sosteniendo el inyector a unos centímetros de su pierna. Debía hacerlo, no tenía otra opción.

Un sonido desvió su atención, una melodía corta que decía que tenía un mensaje nuevo. Se dio cuenta de que no se había quitado los cascos y miró a la pantalla del televisor. Allí estaba, un uno al lado del icono de un sobre. No era el único que no dormía a esas horas. Qué curiosa era la mente. Medio segundo antes le gritaba que se inyectara porque estaba llegando al colapso y ahora le hacía recoger del suelo un mando y abrir un sobre virtual.

Yosef recuperó su sitio en el sofá al mismo tiempo que una respiración menos alarmante y un ritmo cardiaco más acorde a alguien que no estaba corriendo una maratón. Leyó aquel escueto mensaje, solo era una nueva solicitud de amistad. Aceptó sin pensarlo, parecía inofensivo, nada más que otra persona solitaria con insomnio.

Y eso fue durante días, una amiga sin rostro al otro lado de la red. Una compañera de caza de bestias fantásticas en noches sin sueños. Una voz que le hacía sentirse, a medianoche, otra persona, ligera, risueña, sin cargas. Hasta que aquella amiga un día se armó de valor y le preguntó si le importaría que se conocieran en persona.

Yosef, a simple vista, era un tipo de veintisiete años al que le gustaban los comics, los videojuegos, el cine y las series. Un empollón tímido al que le costaba mucho socializar y que solo había tenido éxitos en el ámbito profesional. Un adulto que se refugiaba en el trabajo, si podía hacer doce horas por qué hacer solo ocho. Eficaz, concienzudo y poco hablador, como si estuviera obsesionado con algo, eternamente preocupado por no fallar.

Pero, en realidad, era un muchacho de doce años que un día fatídico le hizo caso a su hermano mayor Oren. Un minuto mayor, un minuto más espabilado. Nunca aprendió a decirle que no, nunca fue lo suficientemente valiente para imponerse, para obligarle a hacer lo correcto. Por eso, por cobarde, por imbécil como le llamaba él, llevaba quince años con la culpa arraigada en su interior, impidiéndole crecer, seguir con su vida, tener una vida. Por fuera su cuerpo adquirió el aspecto de un hombre, pero en su interior seguía siendo el hermano asustado, el que no quería decepcionar a nadie, el que seguía las normas. Y su miedo le dijo que, ya que no fue capaz de salvar a Oren, al menos contribuiría a que nadie más pasase por lo que él pasó y que nadie pereciera como su hermano. Estudió y estudió cada hora libre de su día a día, siempre había sido muy tenaz. Pasó de psicólogo en psicólogo, ninguno le convenció de que no pudo hacer más, de que las decisiones de los otros no son nuestra responsabilidad. Y acabó de psiquiatra en psiquiatra, estos, al menos, no daban monsergas. Su objetivo nunca varió, fijo en su mente, lo único que le daba sentido a que él siguiera aquí y Oren no.

Ambos Yosef, el que parecía y el que era, se convirtieron en un supervisor incansable y minucioso que se aseguraba cada día de que el Kir Magan no tuviera ni una fisura, ni un fallo. Nadie no autorizado lo cruzaría, ni hacia un lado ni hacia otro. La historia del niño de doce años que dejó a su suerte a su hermano, que huyó para salvarse y le dejó morir, no volvería a repetirse.

Llegó a su cita media hora antes y eso que había tardado como una hora en elegir lo que se iba a poner. No tenía demasiada ropa y se dividía entre los trajes que debía llevar en su trabajo y las camisetas de friki y los pantalones vaqueros de más de cinco años. Se decidió por lo primero, mejor parecer serio que alguien descuidado. Aunque una vez se sentó en una de las mesas de la cafetería, supo que se había equivocado. La conoció jugando online, seguramente también tendría camisetas como las suyas y no esperaría encontrarse a un hombre trajeado y repeinado. La espantaría nada más verle, era un idiota.

La vio entrar y se quedó mirándola como lo que era, un imbécil, como seguro que la habían mirado toda su vida. No hacía falta ser muy listo para entenderlo. Ella se quedó de pie frente a él sin decidirse a sentarse en cuanto se dio cuenta de que estaba tan sorprendido como asustado por su aspecto. Ni la había saludado y ya la había decepcionado. Con torpeza se levantó, le dijo hola y le tendió la mano. La invitó a sentarse y le preguntó qué quería tomar. Permanecieron en silencio, intercambiando miradas y sonrisas incómodas mientras esperaban a que les sirvieran. Tomó aire, lo retuvo y lo dejó salir muy despacio. A ella eso le hizo gracia y su expresión se dulcificó. Un rayo de esperanza que le infundió el coraje suficiente para iniciar la conversación como debía.

—Hola, soy Yosef —le dijo.

—¿No eres Neo2314? Vaya, lo siento, me he confundido de persona.

—No, no, sí soy Neo2314, pero mi nombre de verdad es… —ahí entendió que le estaba tomando el pelo—. Vale, he picado.

Su amiga sonreía, seguro que aguantando un ataque de risa, pero por una vez no lo sintió como si se rieran de él. Se relajó. Su relación no tenía por qué ser diferente ahora que se veían las caras. Ni diferente, ni peor.

—Hola, Yosef, yo me llamo… —su amiga se detuvo, como si estuviera pensando si mentirle o decirle su verdadero nombre— Raina. Y necesito contarte una cosa.

 

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

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