De relatos: La maldición. Parte ocho: Vespertino.

Fotografía: Ester Valverde.

En las películas todo parecía más sencillo. Conseguías una pista, buscabas expertos y ellos te ayudaban a descubrir la verdad. Pero Raina solo tenía una fotografía de una mano marcando el Kir Magan. La guardaba en su móvil sin saber a quién poder mostrársela, sin saber qué hacer con ella. Invadía sus sueños de noche y ocupaba sus pensamientos al despertar. Y ese comportamiento ausente empezaba a preocupar a todos, a sus padres y a Laila.

—¿Qué te ocurre?

Laila y ella tomaban un batido en la terraza de una cafetería de la plaza Mayor. Era sábado por la tarde, para ser verano no hacía mucho calor y estaba abarrotada. Miraba al fondo de su vaso a medio terminar con la mente en un misterio sin resolver y no oía que Laila le hablaba.

—Siván, ¿me estás escuchando?

—¿Qué?

—¿Qué es lo que te pasa?

—Perdona…

—¿En qué piensas? Llevas días muy rara.

—En nada importante.

—Ya, claro…

Laila desvió la mirada hacia el centro de la plaza. ¿Por qué no se lo decía sin más? ¿Por qué permitía que su silencio decepcionara de aquella manera a la persona que más quería?

—De verdad, estoy bien —le dijo extendiendo su mano hasta alcanzar la suya—. No es nada importante, se me pasará.

—¿Y por qué no me lo cuentas? —Laila retiró su mano para sujetar con ella la pajita y apurar su consumición—. Voy a dar un paseo.

—Espera, voy contigo.

—Termina tu batido. Me apetece estar un rato sola.

La observó mientras caminaba hacia el centro de la plaza con la culpa ejerciendo presión en su estómago. ¿Qué era más fácil? ¿Afrontar su reacción si supiera la verdad? ¿O dejar que Laila se alejara mientras la reconcomían mil mentiras imaginarias? ¿Qué era más honesto?

—Ahora o nunca, Raina, ahora o nunca —se dijo mientras se levantaba en busca de Laila.

Había niños persiguiendo a palomas y no tan niños jugando con los chorros de agua que salían del suelo con distintos ritmos. En aquella plaza rectangular la sombra la daban árboles y bajo ellos había bancos para sentarse a leer o a observar a quien corría, reía y jugaba. En el centro se encontraba un monumento parecido a un obelisco con símbolos que homenajeaban a los fundadores de Taht Alardi. Y en una de las esquinas de aquel rectángulo, se podía ver una escultura de bronce que evocaba una historia que nadie olvidaba y que encerraba una lección que todo habitante de la ciudad de luz aprendía.

Laila salió de la plaza por la bocacalle que empezaba tras aquella esquina sin prestar atención a una escultura mil veces vista. Raina se detuvo frente a ella porque sus ojos la vieron como si fuera la primera vez.

—En memoria de Oren Harush que pereció en la oscuridad —leyó en voz alta Raina la placa bajo la escultura.

Junto a esas palabras, una fecha. Ella había llegado unos días antes a Taht Alardi, menos de una semana de diferencia. Como si hubiera sido cosa del destino, había pensado muchas veces Raina cada vez que le contaban aquel suceso, un destino caprichoso que quiso intercambiarlos. Mientras a ella la examinaban intentando averiguar quién era, Oren se escabullía hacía la ciudad subterránea para nunca más regresar.

Lo demás vino solo. Raina conocía de sobra las reglas de su mundo: solo los cazadores y los recolectores podían salir a la superficie. Sus padres eran recolectores y aprovechó que no cerraban la puerta cuando iban a trabajar para salir. Oren, sin familia que le reclamara, habría necesitado muchos años hasta conseguir formar parte de alguno de esos dos gremios. Y lo primero que haría en cuanto lo consiguiera, sería regresar a su casa. Golpeó el muro que se lo impidió hasta dejar su huella ensangrentada.

Oren, hijo de Benami y Adina, hermano gemelo de Yosef. La ciudad de luz era enorme, millones de habitantes la poblaban, pero solo había un Yosef de veintisiete años que cumpliera todas esas características. Durante días le observó salir de su casa para ir a trabajar, pensando cómo abordarle, qué palabras utilizar. Casi siempre iba con trajes anodinos y apenas salía de casa para otra cosa que no fuera su trabajo. Aunque había un día a la semana que vestía de otra forma, que se iba a media tarde y regresaba dos horas después. Camiseta y vaqueros. Camisetas estampadas con héroes de comics o películas de culto o videojuegos.

En la vida real era fácil. No necesitó nada más que contratar a un detective especializado en delitos digitales. Le explicó que sospechaba que un tal Yosef usaba un nick para acosar a su novia, que esta no quería darle importancia, pero que ella no podía quedarse de brazos cruzados. Estaba segura de que era él, pero cambiaba de nombre cada poco. Necesitaba anticiparse, saber su ID online antes de que se buscara otro y fuera imposible denunciarle. El detective no tardó nada en conseguir la información que necesitaba, ese era el poder del dinero. Raina conoció a Yosef en un lugar con otras reglas, donde era más sencillo acercarse a desconocidos que compartían contigo la pasión por mundos imaginarios y virtuales. Y cuando entre ellos se creó la suficiente confianza, le pidió quedar con él, cara a cara, en algún sitio tranquilo cerca de su casa.

***

Yosef se levantó de la silla, arrancó su chaqueta del respaldo y huyó de la cafetería. No quería escucharla más, no quería saber nada más. Mentiras, todo eran mentiras, nada más y nada menos. ¿Qué clase de persona era capaz de hacer eso? ¿Sentía placer haciendo daño?

—¡Yosef, por favor, no te vayas!

Raina le gritaba a su espalda, pero él no iba a detenerse.

—Ya sé que es difícil de creer…

—Olvídame, ¿quieres? —la interrumpió sin mirar atrás.

—Por favor…

Notó su mano en el hombro y se giró con brusquedad.

—No me toques —le dijo desafiándola con la mirada.

—No te miento, Yosef. En el fondo sabes que no.

—¡Cállate! No hables como si me conocieras. Tú… —La señaló con el dedo, un índice acusador que pronto se convirtió en un puño amenazándola a la altura de su cara—. Vete o te haré daño.

—No, no lo harás.

Era terca, mucho, y sintió deseos de estrangularla, de devolverle con dolor físico el que él sentía en lo más profundo de su ser. Un interior que empezaba a agrietarse por la presión que todas las palabras de Raina estaban ejerciendo. No podía fingir que no las había oído, no sabía cómo, y una parte de él no quería. Maldita fuera la esperanza que se aferraba a cualquier mentira. La agarró por las solapas de su cazadora y la empujó contra la pared. Ella no apartó la mirada, retándole con esos ojos…

—Eso es, mírame bien —le dijo.

Grises, ojos grises. Piel blanca con pecas sobre la nariz. El pelo más claro que jamás había visto, brillaba bajo la luz con destellos dorados. Las cejas del mismo color, como si hubiesen perdido varios tonos, y las pestañas a juego enmarcando esos ojos imposibles.

—Así somos allí abajo, todos nosotros…

—Cállate…

—Nada de monstruos, Yosef, nada de seres horribles que no pueden ver la luz.

—No voy a escucharte, no te esfuerces.

—Tu hermano no está muerto.

—Basta.

—Dejó su huella en el Kir Magan porque quería volver y no pudo.

—¡He dicho que te calles!

La soltó con violencia, golpeando su espalda contra la pared, y se fue, otra vez. Aceleró el paso ignorando su voz y las miradas de soslayo de las personas que se habían detenido al ver la escena.

—¡Compruébalo, Yosef! ¡Compruébalo tú mismo!

Echó a correr y no se detuvo hasta llegar a su casa.

 

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

2 comentarios sobre “De relatos: La maldición. Parte ocho: Vespertino.

  1. Ahora todo tiene sentido. Me sorprende un poco cómo Raina ha conseguido atar cabos tan rápido sobre la historia de Oren, pero me alegra confirmar que no esté traicionando a Laila. Sé que no lo haría.
    Eso sí, menudo palo para el pobre Yosef.

    1. Es que Raina es muy lista, jajaja.
      A lo mejor me he tomado una pequeña licencia para que avance un poco más rápido. Pero muy pequeña. 😉
      Por cierto, el día que no comentes me voy a preocupar. Jajaja.
      ¡Besos!

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