De relatos: La maldición. Parte diez: Tercia.

Fotografía: Ester Valverde.

«Compruébalo, Yosef. Compruébalo tú mismo», cada día y cada noche resonaban en su cabeza las palabras de Raina. «Compruébalo, ¿qué tienes que perder?», añadía una vocecilla insistente creada por su mente. Todo, eso perdería, todo. Su vida entera, la que había padecido desde que Oren desapareció, a la que se había agarrado durante quince años para que su existencia tuviera sentido. Si todo fuese verdad, él sería una mentira. La ciudad sería una mentira. La gente que la habitaba. Las vidas que vivían. Todas falsas. Generaciones de falacias encadenadas. En eso se convertiría su mundo. En la nada.

—Oye, ¿sabes dónde están estas imágenes? —le dijo a Lior, del departamento de archivos, que le miró extrañado—. No sé por qué, pero no aparecen.

—¿De qué fecha son?

«Compruébalo, Yosef. Compruébalo tú mismo». Cuántos días podía ignorar ese runrún, ese pálpito. Qué niño era capaz de resistir la tentación y no presionar el botón rojo. Su luz era intensa, parpadeaba, ahora la veías, ahora no. Te gritaba que ahí estaba, que no pasaría nada, solo tenías que apretar.

—Qué raro —dijo Lior al descubrir carpetas vacías y archivos corruptos donde siempre hallaba imágenes.

—¿Alguna vez había pasado algo parecido? —le preguntó Oren.

—No. A ver, cada semestre se hace una purga, no podemos almacenar horas y horas de grabaciones de decenas de cámaras para siempre. Acabaríamos necesitando media ciudad para guardar los discos duros.

—Pero…

—Que aún no hemos hecho la purga de este, no ha acabado el año. Es un proceso automatizado, el programa lo hace solo, descarta horas de imágenes y solo deja las que contengan algo significativo, normalmente un pájaro estrellándose.

—¿Y, entonces, cómo explicas esto? —le preguntó señalando a los archivos estropeados, sin información viable.

—Quizás un fallo en el timing haya iniciado la purga antes de tiempo y el error se haya corregido antes de acabar el proceso. Pero la purga genera archivos nuevos, con una nomenclatura específica, para distinguirlos de las grabaciones originales y aquí no hay ninguno. Y solo cuando termina la purga elimina los originales.

—Corrígeme si me equivoco, pero esa purga sigue un orden, ¿no? Es decir, va por orden cronológico, primero los archivos más antiguos hasta llegar a los más nuevos.

—Correcto, sí.

—Qué casualidad que se hayan borrado precisamente estos de mediados de julio.

—Esto… No sé qué decirte. A veces estas cosas fallan, como si fueran por libre.

Lior soltó una risita nerviosa. Yosef ya había oído todo lo que necesitaba oír. Le dio las gracias y se fue.

«Compruébalo, Yosef. Compruébalo tú mismo». Palabras que tomaban forma en su interior, consiguiendo consistencia como un embrión formándose en un útero, salvo que estas se nutrían de intuiciones que se convertían en certezas. Como las que le llevaron a casa de sus padres para rebuscar en cajas viejas, contenedoras de recuerdos.

—Cariño, ¿qué es lo que buscas? —le preguntó su madre algo preocupada.

—¿Recuerdas que Oren y yo hicimos un mural? Cuando teníamos ocho o nueve años.

—Sí, ¿pero para qué lo quieres?

—Usamos pinturas de esas que se extienden con las manos… —siguió exponiendo mientras sacaba cosas del fondo del armario.

—Yosef, ¿estás bien?

—Sí, mamá, tranquila —le dijo sonriendo, tocando su mano, apretándola ligeramente, el contacto siempre reconfortaba y daba paz—. He recordado una cosa, nada más, ni siquiera es importante, en realidad. No estoy teniendo un ataque de ningún tipo, te lo prometo.

«Compruébalo, Yosef. Compruébalo tú mismo». Las huellas nunca cambiaban, daba igual lo que crecieras, ¿verdad? Solo el tamaño de tus manos es distinto, pero los surcos que definen las yemas de cada uno de los dedos que las componen siempre permanecen, manteniendo su dibujo hasta la vejez. Y las de la foto que le envió Raina, donde estaba bien visible la marca de una mano ensangrentada, eran idénticas a las que dejaron los dedos de un niño en un trabajo escolar.

«Compruébalo, ¿qué tienes que perder?». Ya nada, porque nada era. La mentira, la falacia, solo era un espejismo vacío, un reflejo engañoso de lo que no existía en realidad. El peso de lo que nunca fue ni debió haber sido se volvió éter. Liviano salió de su cuerpo, de su alma, si eso existía, y flotando ascendió para regresar al lugar que le correspondía. Los espejismos si se tocan se desvanecen. Aunque aquel no era como cualquier otro. No lo había creado la locura de un individuo. Era un engranaje bien asentado durante cientos de años, perpetuado por millones de mentes que creían en él ciegamente. No conocían otra cosa. Él tampoco y ya era hora de cambiar eso. Porque las imágenes no desaparecen solas. Porque esa mano era de Oren.

«Compruébalo, Yosef. Compruébalo tú mismo». Se fue el último del puesto de trabajo, algo muy normal en él, nada sospechoso. Apuró hasta el final, hasta casi el toque de queda. Era un buen supervisor, el mejor, conocía el funcionamiento del Kir Magan a la perfección y era de los pocos autorizados a cruzarlo para inspeccionarlo por el otro lado. Yosef era tenaz y concienzudo, todos esos años de duro aprendizaje para llegar donde estaba, ahora adquirían otro propósito. Si las imágenes se evaporaban a la carta, también podían no existir nunca. Desconectó las cámaras necesarias para que ningún ojo artificial le observara salir de su oficina y dirigirse, con una mochila a la espalda, hacia uno de los puntos de salida del muro. Cada uno de esos puntos tenía un panel imperceptible para quien no supiera qué debía buscar. Se encontraban camuflados en el propio muro y cuando alguien los activaba, parte del Kir Magan se abría formando un umbral rectangular.

Yosef, basándose en el lugar donde su hermano había dejado la huella, calculó la trayectoria que había seguido desde la ciudad subterránea hasta allí. Todo el mundo sabía que se encontraba al oeste, que el lugar prohibido estaba donde se ocultaba el sol. Tal vez recorriendo el camino contrario, desde su ciudad a la de los otros, encontraría a Oren. Tal vez lo hallaría allí, al otro lado de la mentira.

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