De relatos: La maldición. Parte once: Sexta

Fotografía: Ester Valverde.

El responsable de recursos humanos de la enésima empresa a la que acudía en busca de trabajo leía y releía su currículo en la pantalla táctil de su tablet. De vez en cuando le dedicaba una mirada de soslayo. Un breve vistazo que se había convertido en algo así como un tic, un te miro pero no te miro. A todo el mundo le ocurría la primera vez que la veían. Primero el shock, como si se hubieran encontrado con una aparición o, peor, con alguien enfermo, un ser extraño que a saber qué le pasaba. Superada esa impresión inicial, llegaba la parte en la que intentaban, sin éxito, disimular. Se esforzaban porque pareciera que la trataban como a cualquier otra persona, pero, como todo aquello que no sale de forma natural, chirriaba. Porque evitaban mirarla directamente, dando la impresión de que contaban mentalmente el número de segundos que sería apropiado hacerlo. Como una cuenta atrás. «Buenos días, Siván», estrechar la mano, tres, dos, uno, desviar la mirada.

—Veo que no tienes experiencia laboral en el sector más allá de las prácticas —dijo el encargado de la selección con la vista fija en la pantalla.

—Es difícil tenerla si necesitas antes el título.

No lo podía evitar, darle ese tono ácido y cansado a sus palabras. Ante obviedades como aquella, el comienzo de las excusas para darte a entender que no te iban siquiera a tener en cuenta sin decirlo abiertamente, para qué gastar tus mejores frases, tu mejor pose, tu sonrisa más amable.

—Ya…

Al menos ser cortante servía para una cosa, que el teatro durase lo menos posible. Tras varias semanas de entrevistas personales, ya había aprendido de sobra la lección.

—Pues muchas gracias por pensar en nosotros —dijo aquel hombre que rondaba los cuarenta poniéndose de pie ofreciendo su mano—. Te tendremos en cuenta. Si resultas seleccionada, nos pondremos en contacto contigo.

Raina le estrechó la mano y le dedicó una sonrisa forzada.

—Gracias por su tiempo.

—De nada, Siván, es mi trabajo.

La acompañó a la puerta y la abrió cortés.

—Y no te desanimes si al final no te llamamos. Tenemos varios candidatos de un perfil similar al tuyo —«Todos los que se graduaron conmigo», pensó Raina— y es difícil seleccionar solo a uno. Tú sigue formándote y no dejes de intentarlo.

Salió del despacho sabiendo que el de recursos humanos había respirado aliviado en cuanto volvió a cerrar la puerta. En la calle la esperaba Laila. Sonrió al verla salir, pero esa sonrisa pronto se convirtió en un gesto compasivo.

—¿Tan mal ha ido? —le preguntó Laila.

—Define tan.

Laila le cogió la cara con ambas manos, acarició su piel con los pulgares y le dio un beso tierno y pausado.

—¿Qué quieres hacer? Te concedo un deseo —le dijo Laila.

Intentó ofrecerle una sonrisa sin poso, una sonrisa alegre y amplia, pero se le quedó a medio camino y le salió descafeinada. Laila, esta vez, la besó en la frente.

—Vamos, anda —le dijo cogiéndola de la mano—, déjamelo a mí.

La conocía bien, así que no le resultó difícil acertar con los elementos del plan perfecto para animarla: surtido amplio de chuches, dulces y saladas, y llevarla de vuelta a su lugar de paz: la habitación de Laila.

—¿Me echas la cremita? —le preguntó de regreso del baño con un pequeño bote en la mano.

—Por supuesto —contestó Raina sonriendo.

—Pero de forma profesional, como si fueras una enfermera, que aún no he cumplido mi cuarentena sexual.

—Pues claro, ni se me había pasado por la cabeza otra cosa.

—Claro, claro —dijo Laila sentándose en la cama frente a ella.

—Aquí la única que tiene la mente sucia eres tú. —Raina puso en el suelo todas las bolsas de comida insana—. Dame ese bote.

—Toma.

—Por favor, descúbrase de cintura para arriba y túmbese en la cama.

A Laila le dio la risa y ella la reprobó con un gesto y dio dos palmadas sobre la cama mientras se hacía a un lado para que se recostara.

—Qué sexy estás cuando te pones mandona.

—Señorita, por favor, un poco de seriedad.

Laila comenzó a quitarse la camiseta, pero todavía le costaba levantar los brazos así que tuvo que ayudarla.

—Espera, déjame a mí.

Con cuidado hizo que sacara cada brazo por cada manga y después le quitó la camiseta por la cabeza. Laila la miró agradecida, con ese brillo de amor infinito en los ojos. Raina sonrió con timidez, desvió la mirada y hasta se puso colorada.

—¿Y el sujetador? —le preguntó Laila.

Raina suspiró, se acercó a Laila y llevó la mano derecha a su espalda. Con un experto y coordinado movimiento de los dedos corazón y pulgar abrió el cierre. Después deslizó los tirantes por los hombros de Laila, ignorando deliberadamente que esta no dejaba de mirarla.

—Qué hábil es usted, señorita enfermera —le dijo Laila.

—Así es muy difícil mantener la profesionalidad.

—Es que es muy aburrida.

—¿Quién? ¿Yo?

—No, la profesionalidad.

—Laila…

—¿Sí?

—Túmbate ya.

Laila fingió estar decepcionada y resignada se acostó boca arriba. Raina puso en su mano una porción de crema y comenzó a extenderla sobre los pechos de Laila.

—Es impresionante, casi ni se notan las incisiones.

—¿Solo eso te impresiona? —preguntó Laila acompañando sus palabras con un movimiento de cejas.

—A que te la echas tú solita.

—Vale, ya paro.

Continuó con su tarea en silencio y con delicadeza. La crema aliviaría la tirantez de la piel hasta que esta se adaptara por completo a su nueva forma y también ayudaría a la cicatrización.

—¿Te gustan? —le dijo Laila de repente—. ¿O me preferías como antes?

—¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso?

—Es que… desde la operación estás muy rara.

Raina cerró los ojos y tragó saliva. Dejó de hacer lo que estaba haciendo y se sentó al borde de la cama dándole la espalda a Laila.

—No es por eso, Laila.

—Al menos lo admites, es un progreso.

Raina se agarró a la cama como si frente a ella hubiera un precipicio. A su espalda notó cómo Laila se incorporaba.

—¿Y qué es?

Un abismo hondo con dirección al vacío. Si saltaba caería eternamente. Aunque ya lo había saltado, justo en el momento en el que contactó con Yosef. Creyó que serviría de algo, deseó tanto que así fuera. Pero llevaba días sin saber nada de él. Le había negado todo contacto, en la red y en el móvil. Sus mensajes devueltos, sus llamadas bloqueadas. Así que caía y caía.

—Siván.

Giró la cabeza cuando ella intentó encontrar su mirada. La vista se le emborronaba. No había fondo en el vacío. Tal vez lo encontrara si dejaba de desviar el tema y se lo contaba. Pero tenía tanto miedo de acabar estrellada. Raina muerta y esparcida, reventada contra un suelo duro y helado.

—Siván, no me ignores.

Su cuerpo empezó a temblar, hacía mucho frío en la soledad. Laila la abrazó por la espalda y ella se aferró a sus manos. Las lágrimas se agolpaban más y más en sus ojos a medida que las emociones se atascaban en la garganta.

—¿Qué te pasa?

Agachó la cabeza y tomó aire para contenerlo después. No quería romper a llorar.

—Me lo puedes contar, sea lo que sea. —Laila la apretó con más fuerza—. Siván, dímelo.

«No me llamo Siván —pensó—. Ese no es mi nombre».

—¿Ya no quieres estar conmigo? ¿Es eso? —Ella solo pudo contestar negando con la cabeza—. Entonces qué.

«No pertenezco a este lugar. No pertenezco a este lugar». Donde nunca la veían como a una más. Donde siempre la tratarían como una extraña.

—Siván, habla conmigo, por favor.

«Me llamo Raina. Soy hija de Mâlik y Ghaada, y hermana de Kamra». Las palabras no conseguían encontrar el camino que las hiciera tangibles para que Laila las escuchara. «Nací en Taht Alardi, la ciudad subterránea, hace veintidós años». No podían recorrerlo mientras estuviera ocupado por la angustia y el llanto.

—Siván, tranquila —le decía Laila intentando contenerla entre sus brazos.

«Me llamo Raina. Me llamo Raina. Y no pertenezco a este lugar».

—Tranquila, tranquila. No hace falta que me lo digas ahora.

—Sí… —consiguió decir.

—¿Sí qué?

—Sí hace falta.

—Vale, pero cuando puedas, ¿de acuerdo? —Ella asintió—. Yo espero todo lo que necesites.

Raina, en un arrebato, se giró y besó a Laila con fuerza. Un segundo de intensidad para después separar los labios y juntar las frentes. Inspiró profundo y contuvo el aliento otra vez, queriendo frenar las lágrimas de nuevo. Lo único que consiguió fue que el aire entrara atropellado medio instante después, en varias bocanadas, como los niños cuando empiezan a hipar, porque era imposible dejar de llorar. Abrazó a Laila y enterró la cabeza en su cuello. Y allí, en el refugio que era su cuerpo, su abrazo, lo dejó salir todo al fin.

—Tranquila, tranquila —le decía Laila acariciándole el pelo—. No pasa nada, Siván, no pasa nada.

Cuando empezó a calmarse, a recuperar poco a poco el tempo de la respiración, se separó un poco de Laila. No era capaz de levantar la cabeza y mirarla a los ojos, pero vio cómo sus manos cogían las suyas.

—Me llamo Raina —dijo en voz alta—. Soy hija de Mâlik y Ghaada, hermana de Kamra. —El mantra que se recitaba cada mañana—. Nací en Taht Alardi, la ciudad subterránea, hace veintidós años.

Las manos de Laila se alejaban poco a poco de las suyas.

—Me llamo Raina —repitió cerrando los ojos, apretando los párpados. Las manos de Laila ya no sostenían las suyas—. Soy hija de Mâlik y Ghaada, hermana de Kamra. —La mano de Laila bajo su barbilla, elevándola para que dejara de tener la cabeza gacha—. Nací en…

—Abre los ojos.

Lo hizo despacio, le daba pavor lo que pudiera encontrar. Solo era Laila mirándola. Cogiendo su cara con una mano, acariciándola con el dedo pulgar. Laila dándole un beso tierno y pausado.

Volvió a tener ganas de llorar, aunque el sentimiento era bien distinto. Enterró la cara en sus manos y Laila la rodeó con sus brazos.

—Desahógate… —comenzó a decir Laila, pero se detuvo, como si dudara—. ¿Ya no te puedo llamar Siván? Con lo bonito que es.

Raina levantó la cabeza y la miró confundida.

—Es broma. Raina también es muy bonito.

Le dio la risa. Risa mezclada con ojos llorosos y nariz moqueando.

—Te traeré pañuelos. Cuando te suenes, si no te importa, me lo explicas mejor.

—Me parece bien.

Observó a Laila salir de su cuarto, todavía desnuda de cintura para arriba. Vaya, con todo aquel numerito, no había terminado de extenderle la crema.

Laila regresó justo en el mismo momento en el que el móvil de Raina empezó a sonar y a vibrar. Laila fue a por él, lo había dejado sobre la mesa de su escritorio, y miró la pantalla extrañada.

—¿Quién es Yosef? —le preguntó.

 

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

2 comentarios sobre “De relatos: La maldición. Parte once: Sexta

  1. Me encanta el punto amistoso que tienen en su relación, con esas bromas entre ellas. Estoy segura de que Laila va a ser muy comprensiva y la va a ayudar, pero me imagino el susto al ver que la está llamando un tal Yosef.

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