De relatos: La maldición. Parte doce: Nona

Fotografía: Ester Valverde.

«Vamos, Yosef, corre. Date un poco de prisa, si lo hacemos rápido no se enterará nadie». El eco de las palabras de su hermano seguía allí, rebotando entre las copas de los árboles. Quince años después continuaba oyéndolas, pero ahora no soñaba ni tampoco era un recuerdo que volvía para atormentarle. Recorría el mismo camino que aquella vez. Y, del mismo modo, lo hacía porque su hermano tiraba de él.

—Ya voy, Oren, ya voy.

Siguiendo la dirección del sol, alcanzó el comienzo del pinar, el principio del lugar prohibido. Lo recordaba menos frondoso, con árboles más débiles y desnudos. Los niños tendían a agrandar las cosas en sus recuerdos por la perspectiva infantil. Cierto que él no era lo que se dice un niño. Con doce años ya había empezado a abandonar la infancia, pero aun así le sorprendió el contraste entre memoria y realidad. En quince años todo cambiaba y de qué manera.

«¡Vamos! Deja de ser tan quejica».

Se paró y se quitó la mochila. La puso en el suelo y la abrió. Antes de seguir su camino se cambiaría la ropa. Ir en traje no era el mejor atuendo para aquel trayecto. Unas botas, pantalón vaquero, camiseta de manga larga y una sudadera para cuando empezara a refrescar. Guardó la ropa de trabajo y reanudó la marcha.

«¡Venga, Yosef!».

Hasta notó cómo su hermano le agarraba de la manga y le llevaba casi a rastras.

—Ya no me queda nada, Oren. Ya casi estoy.

La luz del sol se filtraba entre las ramas y en el suelo había hojas marchitadas por el comienzo del otoño. La primera vez que rompió las reglas también era septiembre, aunque por aquel entonces disfrutaban de los últimos días del verano.

«Pero cómo puedes ser tan lento y tan llorica».

Empezaba a faltarle el aliento, demasiados años de dejadez física, concentrado solo en lo que la mente y los conocimientos le pudieran aportar, autocompadeciéndose, autoflagelándose.

—Solo un momento… —dijo deteniéndose, apoyándose en un árbol para recuperar el aliento—, nada más.

Y todo por nada. Por nada. Le habían estafado más de la mitad de su vida.

—Venga, en marcha.

Él no había perdido a su hermano, no lo había dejado morir solo. Podrían haber vuelto juntos sin más y recibir su castigo como tantas veces antes. Y ya está, vuelta a la rutina, a lo de siempre. Habrían crecido juntos. Oren el pillo y Yosef el tímido.

—Ahí está —dijo al divisar una puerta anclada en un montículo a todas luces artificial.

Se aproximó un poco a ella y entonces recordó a su hermano pisando una trampa. Se detuvo y miró al suelo, despejado. Siguió avanzando sin dejar de prestar atención a dónde ponía cada pie. Cuando decidió que se había acercado lo suficiente, se puso a cubierto detrás de uno de los pinos. Observó la puerta. ¿Sería la misma? Salió un poco de su semiescondite y se dio cuenta de que un poco más allá, siguiendo una línea diagonal, había otra. Y dirigió sus ojos hacia la izquierda. Otra más. Y también a la derecha. Y si agudizaba la vista podía intuir más al fondo. Se parecían, hechas de forma artesanal, austeras y resistentes, pero no eran del mismo color, no todas.

«¿Qué pasará si llamo? ¿Crees que abrirá alguien?».

Yosef se sentó en el suelo, apoyando la espalda en un árbol. Las piernas encogidas, los codos sobre las rodillas y la frente sobre las manos.

—Piensa, piensa, ¿de qué color era la puerta?

«Oh, Yosef, ¿y si abre alguien?».

—Tengo que recordarlo, maldita sea.

Cerró los ojos y se apretó las sienes con los dedos índice y corazón, intentando mejorar su concentración, despejar la bruma que enturbiaba los recuerdos.

«Le dará el sol… ».

—Estaba vieja y tenía la pintura… agrietada y… y…—Se golpeó la frente con los puños—. Sé que estás ahí, dentro de esta cabeza inútil.

«¿Qué le pasará si le da el sol? ¿Arderá?».

—Marrón —dijo levantando la cabeza y abriendo los ojos—. Era marrón. Un marrón sucio y desgastado.

El sol se iba tras las puertas de colores. Avanzó a través de las verdes y amarillas y llegó hasta las rojas y marrones.

—¿Pero cuántas hay? —se preguntó desesperado.

De niños solo habían visto una, se detuvieron ante la primera que encontraron, ni se fijaron en más. Qué bobos. ¿Cómo iba a encontrar la correcta?

—Oren, lo siento —se lamentó cabizbajo.

La luz se iba.

«¿Qué haces?».

Mirar cómo el día se apagaba en la palma de sus manos.

«¿De qué hablas? Todavía hay luz, todavía puedes…».

—No sé qué hacer.

La oscuridad se acercaba. Debería tener miedo, ¿verdad? Siempre lo había tenido, ¿por qué no ahora? Respiró profundo. Soltó el aire con tranquilidad.

«¡No! ¡No te vayas! ¡No me dejes aquí!».

Hoy haría lo que debió hacer entonces. Quedarse hasta que la luz se extinguiera.

—No voy a irme. Esta vez no.

Miró más allá, donde moriría todo lo que conocía. Quince años. Quince años. También ellos se irían tras el horizonte.

—Adiós, Yosef —le dijo a las últimas briznas de luz, líneas que se difuminaban poco a poco hasta desaparecer, como todo lo que había sido él, lo que le hicieron ser.

La noche le abrazó, envolviéndole por completo. La notó algo fría. Se colocó la capucha de su sudadera y estiró las mangas para tapar las manos a modo de guantes. No era como se la habían contado, no mordía, no atacaba, no se te metía dentro y te devoraba. En realidad era apacible y tenía sus propios sonidos. En las ramas de los árboles, sobre la tierra, bajo ella y en las puertas que se abrían.

Se agazapó de nuevo tras el tronco de uno de los pinos y observó a la gente de aquel mundo salir al exterior. Algunos llevaban farolas de mano, pero otros no. Se fue moviendo entre los árboles con cuidado y descubrió que colgaban las farolas de los troncos creando un camino anaranjado. Otros desaparecían, adentrándose en la oscuridad. Los que no se alejaban demasiado de la luz de las llamas, recolectaban lo que le parecieron setas o comprobaban trampas y se llevaban los animales atrapados en ellas. Ninguno de ellos eran Oren. Solo veía copias y variantes de Raina. Cabello claro, piel pálida. Se preguntó qué harían los que se iban más allá, donde la precaria iluminación no llegaba.

—Eh, tú, ¿quién eres?

Un tipo bajito, menudo y tan blanco como los demás, le agarró de la manga y le dio la vuelta. Al mirarle a los ojos algo le contrarió.

—Eres ese del que hablan, el tostado. ¿Qué haces por aquí? ¿No te enseñó tu mentor cuál era tu zona de caza?

—¿El tostado? ¿Oren?

—¿Me preguntas a mí cómo te llamas? ¿No estarás borracho?

Se acercó para olerle y pareció decepcionarle no encontrar lo que esperaba.

—Lárgate ahora mismo de aquí, chaval. Vete a tu coto ya. A no ser que quieras que te lleve yo a golpes.

Le soltó con desprecio y se fue.

—¡Espera! —le gritó Yosef, era su única posibilidad de encontrar a su hermano.

—¡Qué cojones quieres!

Tenía que pensar rápido, antes de que aquel hombre pequeño y con poca paciencia le soltara un puñetazo.

—¿Podrías decirme hacia dónde ir para llegar a mi…?

Había olvidado la palabra.

—¿Coto?

—Sí.

—No, búscate la vida, como los demás. No voy a perder el tiempo contigo, tostado, bastante tengo con lo mío. ¿Y qué porquería llevas puesta?

Yosef se miró la ropa, tan diferente a la que él llevaba. Y volvía a largarse.

—Espera —le pidió con temor—, por favor.

—¡Eh, chicos! —gritó el hombre a la oscuridad—. ¡Aquí hay uno que quiere juerga!

Esta vez los sonidos que captaba en la noche no tenían pinta de inofensivos. Pisadas que se acercaban, más y más. Hizo lo que mejor sabía hacer: salir corriendo.

«¡No! ¡No te vayas! ¡No me dejes aquí!».

—No me voy —dijo entre jadeos—. Necesito un plan, Oren, solo eso.

 

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

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