De relatos: La maldición. Parte trece: Vela.

Fotografía: Ester Valverde.

Piel sucia. Eso le había llamado. Un insulto antiguo tan poco original que hacía años que no lo oía, o al menos nadie se lo había escupido a la cara. Pero aquel cazador, ¿cómo había dicho que se llamaba?, lo había usado a conciencia, de forma despectiva, con suficiencia, el pecho hinchado, el asco en la cara. Piel sucia. Dos palabras como dos navajas, directas a herir, a tocarte el orgullo, a hacer que te levantaras de la silla y le encararas. Pero solo si le dejabas. Y a él lo que le dijeran los demás nunca le había importado, fuera lo que fuera. Por eso llevaba media vida bajo tierra, ni a sus padres hizo caso, menos se lo haría a alguien que no conocía y que usaba un insulto que ni siquiera fue creado para él.

Piel sucia existía mucho antes de que Oren apareciera en la ciudad subterránea. Incluso mucho antes de que hubiera nacido. Los piel sucia, los topos, los escarbadores, solo eran calificativos que usaban otros gremios para menospreciar al de los tuneladores. Cada gremio tenía los suyos propios. Las rivalidades eran inevitables, los celos y las luchas de poder también. Todos guardaban sus secretos profesionales mientras intercambiaban mercancías. Si nacías en un gremio lo más probable es que murieras en él. Había formas de cambiar del natal a otro, todas muy complicadas, muy costosas, la mayoría negociadas en la oscuridad, salvo la del matrimonio. No era habitual que dos personas de distintos gremios acabaran casadas, cierto, y la mayoría de las veces no se sabía si era por deseo de los contrayentes o por intereses comerciales, pero aun así sucedía con más frecuencia de la deseada entre los consejos de maestros. ¿Cómo lo había conseguido Oren? Tras quince años de duro trabajo y gracias a Tarêq. Los favores se pagaban, de una forma u otra, todo tenía un precio y si le caías bien a la persona adecuada y esta, a su vez, tenía especial interés en perjudicar a otra, solo había que armarse de paciencia hasta que los hilos se movieran unos a otros. Y Oren tenía una cosa a favor que pocos poseían: no pertenecer a ninguna familia.

Fue el niño desarraigado, el despreciado de cuna, por el que nadie se peleó. El muchacho tostado, el oscuro, que los maestros de casi todos los gremios despreciaron. Porque era raro y además estaba un poco loco, ¿no decía que quería volver a casa y que su casa estaba en la superficie donde los otros? El niño tiznado solo podía encajar en un sitio, solo un gremio le quiso para sí, porque parecía fuerte y obstinado y, además, ya le llamaban piel sucia.

—Vaya, tostado —dijo una voz en alguna parte de la taberna—, últimamente te veo más que a mi señora.

Varias carcajadas cacarearon a su alrededor. Su pandilla sabía bien cómo contentar al líder.

—Creo que se refiere a ti —le dijo Tarêq sonriendo por encima de su jarra.

—¿No me digas?

—Sí. Y ahora viene hacia aquí. No sabía que estuvieras tan solicitado, bribón.

—¿Bribón?

A Tarêq le dio la risa y parte de su trago le salió por la nariz.

—¿Al final encontraste tu coto? —dijo el hombrecillo sentándose a su lado—. ¿O tuviste que ir a casa primero a cambiarte los pantalones?

Otra vez las gallinas del corral siguiéndole el rollo al gallo. Oren bebió, ignorándole. Nadie iba a amargarle la noche de descanso porque necesitara darle emoción a su aburrida vida.

—¿Sabe tu amiguito lo que te pones por las noches?

—Me ha llamado amiguito, qué considerado —intervino Tarêq.

—No estoy hablando contigo.

—¿Qué quieres? —le dijo Oren mirándole por primera vez a los ojos.

—Que no vuelvas a pisar mi territorio de caza, eso quiero.

—Yo no he pisado nada, ni siquiera sé cuál es tu coto.

—Pues llegarías de casualidad o te perdiste, me da igual, pero no vuelvas.

—Te lo repito, porque veo que de entendederas vas un poco justo, yo no he ido al coto de nadie.

Y era cierto, al menos de noche, porque de día caminaba libremente sin importarle de quién era la parcela que descubría, que contemplaba, que disfrutaba.

—Te vi con mis propios ojos, chaval. Llevabas una ropa ridícula y saliste corriendo en cuanto nos pusimos un poco serios.

—Me da que me confundes con otro, la vista también te falla —le contestó volviendo a lo suyo, a la jarra que tenía en la mano. No quería que se le enfriara.

Al veterano no le sentó bien que un novato que acababa de llegar y que no era un cazador de sangre le despreciara de esa manera. Golpeó la mesa con un puño. Y, después, le agarró del cuello de la camisa, obligándole a mirarle a la cara.

—Mira, tostado, no me toques los cojones, porque a mi edad pocas tonterías aguanto. Al menos sé un hombre y admítelo. Y no me tomes por un idiota.

Los sonidos de varias sillas arrastrando sus patas por el suelo desviaron la mirada del cazador. Oren siguió con la suya fija en él. Habían estado observando en la distancia, desde el rincón que siempre ocupaban, sus antiguos compañeros. Y aunque les hubiera abandonado deslumbrado por la promesa del exterior, en el fondo siempre sería uno de los suyos. Ningún cazador se sentaba a su lado, salvo su mentor muy de vez en cuando porque a la taberna ya no le gustaba ir. Oren bebía solo y dejaban que fuera así porque así debía ser, pero no iban a permitir que nadie le tocara.

Las sillas siguieron su camino junto a las mesas hasta que llegaron a su destino al lado de Oren.

—¿Te importa que nos pongamos aquí? —le preguntó Rashîd, con el que compartió tantas cosas durante tantos años—. La luz es mejor para jugar al nard.

—No, adelante —le contestó Oren sonriendo, orgulloso y agradecido.

—Tarêq —saludó mientras tomaba asiento.

—Hola, Rashîd.

El cazador reculó y su espalda regresó al respaldo de la silla.

—Un hombre nunca deja de ser lo que es —dijo el cazador—, siempre lo he dicho, por mucho que intente parecer otra cosa. Aquí está la prueba. Eres un piel sucia y siempre lo serás.

Ahí estaba el mítico sobrenombre, qué poco original. Así acababan después de horas y horas horadando la tierra, creando caminos que darían paso a nuevos barrios, recogiendo y seleccionando los minerales que encontraban. Todo aquello se adhería a la piel, manchándola, mientras el sudor dejaba surcos. Piel sucia. Oren sonrió y levantó la jarra saludando a sus excompañeros, ellos le correspondieron de la misma forma. Y todos bebieron.

—Venga, tómate una —intervino Tarêq para apaciguar las cosas—. Yo invito.

—¡Eh! —protestaron los demás—. Menudo tacaño.

—Está bien, una ronda para todos a mi cuenta.

Los tuneladores vitorearon y chocaron sus jarras. El cazador y Oren se miraban.

—Yo no bebo con un mentiroso.

El cazador se levantó enérgico, casi derriba la silla.

—Yo no miento —le dijo Oren mientras este le daba la espalda y regresaba con los suyos—, no he pisado tu maldito coto.

—Claro que no —respondió sin darse la vuelta—, fue tu hermano gemelo.

Las gallinas rieron de nuevo, pero no las escuchó. El clic, el chasquido que sintió en su cabeza casi le para el corazón.

—Oren, ¿estás bien? —le preguntó Tarêq.

Se puso en pie y se fue directo hacia el cazador.

—¿Cómo iba vestido?

—Mira, chaval, déjame en paz.

—Hace un rato le preguntaste a mi amigo si sabía qué me ponía por las noches.

—¿Y? ¿Te he ofendido? Perdona si me importa un moruno.

—¿Qué me pongo?

El cazador le desafió, con el cuerpo y con la mirada, y su grupo hizo lo mismo tras él. Oren no se achantó. Sacarle una cabeza a casi todo el mundo tenía sus ventajas.

—¿Qué llevaba puesto? Descríbemelo.

—Oren —le dijo Tarêq cogiéndole del brazo—. Vamos, déjalo estar.

—Eso, haz caso a tu… «amiguito».

Tarêq tuvo que insistir para que él diese media vuelta y regresara a su mesa. Sus antiguos compañeros no le quitaron ojo hasta que se sentó de nuevo. Miró al interior de su jarra en silencio.

—¿A qué ha venido eso? —le dijo Tarêq.

—No lo sé, pregúntaselo a él.

—Me refiero a lo último. ¿Por qué te has encarado cuando ya se había ido?

—Porque sí.

—Nunca te habías comportado así. Tú no eres tan estúpido como para dejar…

—No lo sabes todo sobre mí.

Interrumpió a Tarêq y le miró a los ojos, lanzándole una advertencia silenciosa para que no siguiera por ahí. Porque si seguía, acabaría contándoselo pero por el motivo equivocado y de la forma equivocada. Él no tardó en desviar la mirada, dolido, y no dijo nada más.

—Me voy —sentenció Oren—. Necesito despejarme.

Tarêq ni hizo amago de intentar seguirle y él se fue sin mirar a nadie mientras sus antiguos compañeros lo hacían de reojo. No podía dejarlo estar, no podía, y solo conocía a alguien con los conocimientos suficientes para ayudarle.

—Hola, muchacho, ¿te ocurre algo?

—¿Puedo pasar?

Su mentor le cedió el paso al interior de su morada. Estaba solo desde que su mujer falleció y sus hijos se fueron, uno por uno, a sus propios hogares. Ninguno de ellos vivía muy lejos, cada gremio tenía sus barrios, pero las obligaciones no les dejaban mucho tiempo para visitas.

—Siéntate —le dijo Hassan indicándole un lugar en un banco de madera frente a una mesa, también de madera—. No tengo nada que ofrecerte, lo siento.

—No importa, gracias.

Su mentor se sentó frente a él, en una silla, y esperó a que hablara.

—Necesito saber una cosa y creo que usted puede resolver mi duda.

—Dime.

—Otro cazador acaba de acusarme…

—De ir a su coto.

Oren le miró sorprendido.

—¿Ya lo sabía?

—Y mucho antes que tú. Aquí las familias no se andan con tonterías. A veces parece que no somos del mismo gremio. A la mínima intentan sacar ventaja, hay cosas que nunca cambian. Pero como tú técnicamente no perteneces a ninguna familia, me han venido a mí con el cuento.

—¿Y?

—Y nada, porque estabas donde debías estar y has entregado tu caza donde debías entregarla. Tendrías que haber sido más rápido que el fuego para ir de una zona a otra y terminar tu parte a tiempo.

Oren se quedó en silencio, digiriendo las palabras de su mentor. Así que de su coto al del otro había una distancia considerable. Necesitaba saber cuánta exactamente.

—Sé lo que estás pensando, muchacho, y no es buena idea.

—Maestro, yo…

—Será mejor que te des un largo paseo, el suficiente para que dejes de pensar en ir al coto de los Azmoun. —Su mentor le invitó a levantarse y le acompañó a la salida—. Menudos patanes, siempre han creído que tienen la mejor zona porque está cerca del riachuelo. Si ves ese hilo de agua intermitente te da la risa. Los de la luna menguante les llamábamos. Y no nos referíamos a la luna.

Su mentor se rió hacia dentro, hacia la nostalgia y los recuerdos de juventud.

—Venga, muchacho, aún te queda mucha noche libre —le miró y le puso una mano en el hombro—. Aprovéchala.

—Sí, maestro —le contestó Oren sonriendo, entendiendo a la perfección el doble sentido, el mensaje subliminal.

Se fue a su casa, cogió víveres como si fuese a trabajar y salió al exterior. Los picos de la luna menguante siempre indicaban el oeste. El hilo de agua al que se refería su maestro era un enjuto río que comenzaba en un monte, que desaparecía a mitad de su desarrollo y volvía a aparecer para morir en el lago. Hacia el suroeste, donde el agua se hundía en la tierra o donde volvía a resurgir como una serpiente. Hacía allí debía ir.

Las puertas de los gremios de cazadores y recolectores siempre estaban dentro de su zona o muy cerca de ella. Color sangre para grandes animales, tierra para pequeños.

—Bien, tiene que ser por aquí —se dijo cuando creyó llegar al lugar adecuado—. Llegaste hasta esta zona, buscando qué.

Puertas rojas y marrones. Rojas y marrones. Marrón era la puerta por la que entró, por eso se propuso llegar a ser cazador, para que el día que saliera de la oscuridad lo hiciera por una igual a esa.

—Me estabas buscando.

Miró al este, hacia el nacimiento del sol, hacia Ir Haorot. Caminó y caminó hasta llegar al límite del pinar. Frente a él la ciudad donde nació, enorme y brillante incluso de noche, con sus edificios alargados como si quisieran alcanzar el cielo. Se sentó en el suelo y la contempló. No quería volver a acercarse y sentir de nuevo el rechazo. Tampoco podía esperar y esperar, pero algo debía hacer. De alguna forma su hermano había atravesado el muro y había salido a buscarlo. No sabía cómo ni por qué sucedía ahora, pero que fuera semanas después de que él intentara regresar no podía ser casualidad, ¿verdad? Por si acaso, debería dejarle alguna señal, visible y que entendiera, para decirle que seguía allí y guiarle hacia el lugar correcto donde pudiera encontrarle.

—Vuelve a intentarlo, Yosef —le dijo como si pudiera oírle—, no te rindas esta vez.

 

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2 comentarios sobre “De relatos: La maldición. Parte trece: Vela.

  1. ¡Qué emocionante! Por fin todo se va revelando poco a poco.
    Lo de piel sucia me ha recordado a la expresión “sangre sucia” en Harry Potter, no puedo evitarlo, jajajaja. Me hace gracia cómo hay insultos y prejuicios en este mundo que nos recuerdan al nuestro, pero distintos al mismo tiempo.

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