De relatos: La maldición. Parte catorce: Antelucano.

Fotografía: Ester Valverde.

¿Cuántos recuerdos de la infancia era capaz de conservar una persona? ¿Cuántos datos se olvidaban poco a poco a través de los años? Las caras, por ejemplo, no eran más que una masa borrosa, un puzzle con la mitad de las piezas. Y si no recordaba cómo era su familia, ¿se podía fiar de lo que creía no haber olvidado?

—La ciudad es parecida a un hormiguero —les contaba a Yosef y a Laila que la escuchaban de distintas formas. El primero, nervioso, ansioso por saber, la segunda, cauta, como si guardase algo que necesitara el momento exacto para salir—. Tiene diferentes niveles. En el más cercano al exterior están los barrios de los cazadores y los recolectores. Son los únicos que salen a la superficie.

—A esos fue a los que vi, ¿no?

—Sí.

Habían quedado en casa de Yosef que las recibió sobreexcitado. Ahora hablaban en su cocina, sentados alrededor de una mesa.

—Pero no todos hacían lo mismo —continuó Yosef—. Solo algunos se quedaban cerca de las farolas.

—Dentro de cada gremio digamos que existen distintas especialidades. Hay recolectores que se dedican a recoger lo que se usará como alimento, ya sabéis, setas, trufas, etc. Y otros que se encargan de aquello que necesita cierto proceso.

—¿Materiales?

—Sí, algo así. Madera, por ejemplo, pero también semillas y…

Encontró un punto negro en su memoria, como esos caminos olvidados que al no ser transitados se cubren de vegetación. Están tan ocultos que cuesta encontrarlos, aunque sepas que estuvieron allí.

—Vaya, no lo recuerdo, era algo de unas plantas que los… ¿cómo se llamaban? Se encargaban de la ropa y transformaban eso en hilos, creo, u… otra cosa que… maldita sea.

—Eso da igual, Raina —le apremió Yosef—. Solo tenemos que acceder a ese primer nivel, ¿no?

—Sí, y por lo que me has contado, Oren es cazador. Pero cada gremio está dividido por familias y tienen sus zonas. Y no sabemos a cuál pertenece, tendríamos que ir de barrio en barrio…

—El que creyó que era Oren me reconoció en seguida. Me llamó tostado. Y me dijo que me fuera de su coto. ¿Qué significa eso?

—Lo que te acabo de decir. La zona que te pertenece. Bueno, no te pertenece exactamente, pero al ser de la que te encargas, al final todos asumen que es propiedad de la familia que la explota.

—Ya, vale, pero lo que quiero decirte es que esa persona conocía a mi hermano. Así que puede que su zona esté cerca, ¿no?

—No.

—¿No?

—Creo que todo el gremio habrá oído hablar de tu hermano, incluso toda la ciudad. Te llamó tostado. Destacará como yo destaco aquí. Y a saber cómo habrá conseguido ser cazador. Lo que yo recuerdo de los gremios es que son muy cerrados. Yo habría acabado dedicándome a lo mismo que mis padres. Igual que mis abuelos y los padres de estos. Puede que a muchos no les gustase su intromisión.

—Más a nuestro favor. Entraremos y preguntaremos al primer cazador que veamos.

—Tu primer encuentro con uno no fue muy bien.

—Pero tú eres como ellos.

Laila se levantó de la mesa. Raina la observó salir de la cocina, dirigirse a la ventana del salón y quedarse pensativa mirando al exterior. Su expresión había cambiado en cuanto Yosef les contó lo que quería hacer, mucho más cuando la involucró a ella. No, el plan de irse a la ciudad subterránea a buscar a su hermano, así sin más, no le gustaba nada. Le preocupaba y mucho.

—Solo tenemos que esperar a que salgan a trabajar y usar una de las puertas —Yosef siguió expresando sus ideas en alto según las tenía, incapaz de analizar fríamente lo que estaba proponiendo.

—Claro, nos metemos en la casa de uno cualquiera y saludamos a su familia —le cortó las alas Raina.

—¿Y qué propones tú?

—Pues lo primero, no ir vestidos así —le contestó señalando su ropa.

—Es verdad, perdona, es que a cada minuto que pasa… saber que está allí…

—Tranquilo —le dijo Raina depositando una mano sobre las suyas, hechas un manojo nervioso e inquieto—, se nos ocurrirá algo.

—Yo no controlo esto, no sé ni por dónde empezar. Salvo por abrir un umbral en el Kir Magan y salir corriendo a ciegas.

Yosef se levantó y fue a la nevera.

—¿Quieres tomar algo más? Yo me voy a abrir otra cerveza.

—No, gracias. Voy a ver cómo está Laila.

—Vale.

Se acercó a ella despacio y acarició su espalda antes de hablar, como si ese gesto fuese una bandera blanca.

—Sé que estás preocupada, pero…

—¿Qué? ¿Vas a decirme que no os va a pasar nada? ¿Que iréis allí, encontraréis a Oren y lo traeréis de vuelta y todos felices y contentos?

—Ya sé que no es un buen plan, estamos intentando mejorarlo.

—No es solo el plan, Siv… —Casi se le escapa llamarla por su otro nombre, así que, a la preocupación, también se le añadía el enfado—. Raina, perdón.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Aunque consigáis lo que os proponéis, ¿qué creéis que ocurrirá después? ¿Qué harán?, ¿una fiesta en honor del hijo perdido? ¿Y tú qué? ¿Te quedarás allí?

No podía contestar a ninguna de esas preguntas.

—Sé que todo esto te parece una tontería.

—No, una tontería no. Entiendo por qué lo hacéis, de verdad, pero no queréis ver dónde os estáis metiendo.

—Necesito ayudarle, Laila. Ya está, así de simple.

—Pero es que no lo es. Algo que se ha sustentado tantos años, de simple no tiene nada.

Raina desvió la mirada, igual que evitaba enfrentarse a la realidad que Laila le mostraba.

—Estaré toda la noche sin dormir por tu culpa. Ya puedes volver y compensármelo. Porque si no, como diría mi madre, te saco de allí por las orejas.

A Raina le dio la risa. Intentó darle un beso a Laila pero esta la esquivó.

—Ahora no me hagas la pelota, que estoy enfadada.

—Pues aquí me quedo hasta que se te pase.

—Anda que no vas a esperar.

Encontrar a Oren en el interior de la ciudad sería más sencillo que buscarle en la superficie. Yosef ya había comprobado cómo se las gastaban algunos si te veían merodear por su zona. En Taht Alardi había lugares comunes donde sus habitantes se reunían, comerciaban o se relajaban y confraternizaban. También sería mejor ir sola, pero en ese punto Yosef no dio su brazo a torcer.

—¿De qué color es la puerta de tus padres? —preguntó de pronto Laila.

Raina sonrió, al final, la espera se le hizo corta.

—Verde. Son recolectores de alimentos.

Y la imagen de su casa surgió del fondo de su mente. La vio nítida, como si la tuviera delante. Se fue corriendo a la cocina donde Yosef bebía a morro de una botella con la mirada perdida.

—Ya sé por dónde vamos a entrar —le dijo, y él, al volver de sopetón a la realidad, casi se atraganta con la cerveza. Después, solo atinó a lanzarle la pregunta con la mirada—. Por mi casa.

—¿Recuerdas acaso cómo llegar a ella? —preguntó a su espalda Laila.

—No exactamente, pero lo anoté.

—Si tú misma has dicho que la única vez que saliste sola fue la noche que acabaste aquí.

—Sí, pero mis padres me enseñaron a orientarme por si me perdía. Me enseñaron las señales. Y lo primero que hice en cuanto pude fue apuntarlas en un cuaderno porque tenía miedo de olvidarlas. Estaba tan arrepentida de lo que había hecho que creí que así lo compensaría, que un día podría volver y, al verme, se olvidarían de todo.

—Salvo por el color —intervino Yosef cuyos pensamientos continuaban yendo por libre—, todas las puertas eran iguales.

—No lo son, cada familia marca su puerta, pero hay que saber buscarla.

Raina guardaba aquel cuaderno como un tesoro. Se lo dieron en el centro médico, donde la tuvieron los primeros días que pasó en Ir Haorot, para que dibujara mientras esperaba entre prueba y prueba. Se lo llevó a escondidas cuando sus padres adoptivos fueron a por ella. Lo miraba cada noche antes de dormir los primeros años que vivió en la ciudad de luz. Con el tiempo dejó de hacerlo, pero siempre lo guardó en el mismo lugar: un pequeño cofre de madera pintado a mano. Por suerte, aún entendía aquellos trazos de la Raina de siete años.

Lo primero que hicieron fue buscar entre las tiendas más antiguas de la ciudad, incluso en las de disfraces, ropa que se asemejara lo más posible a la que llevaban en Taht Alardi. Después, ella y Yosef concretaron qué día quedarían para traspasar el muro y por cuál de sus umbrales lo harían. Él manipularía las cámaras necesarias, encargadas de vigilar que todo el mundo estuviese dentro de los edificios antes de que cayera la noche, para que no les viesen agazapados en un soportal mientras las puertas se cerraban automáticamente. Nadie podía salir una vez lo hacían, su mecanismo estaba programado para impedirlo, y dejaba de actuar cuando salía el sol.

Yosef y Raina llegaron al bosque que delimitaba el comienzo de la ciudad subterránea y allí se cambiaron la ropa. Los padres de Raina la habían enseñado a orientarse de noche. Necesitaba a la luna y a las estrellas para encontrar la puerta de su casa, así que esperaron hasta que estas inundaron el cielo.

—¿Estás bien? —le preguntó Yosef.

—Sí. Es que creí que nunca volvería a verlas.

Yosef siguió la mirada de Raina.

—Es impresionante.

—Sí. Y precioso.

Los ojos de Raina se empañaban. Lo cual era un fastidio porque emborronaba la visión que deseaba memorizar. Quizás lo que intentaban no les serviría para nada más que contemplar la belleza de la noche una vez más. Y quería retenerla para siempre.

—Raina.

—¿Qué?

—Tenemos que seguir.

—Sí, perdona.

Avanzaron en silencio, ella concentrada en el cuaderno de sus manos y en las luces titilantes sobre sus cabezas. Yosef la escoltaba en silencio, sin quitarle ojo de encima, admirando cómo podía ser capaz de leer en el techo estrellado hacia dónde debían ir. Tenían que ser discretos y cautos. Los habitantes de la ciudad subterránea, sus cazadores y recolectores, ya habrían empezado a trabajar y no debían llamar su atención. Caminaron un buen rato, despacio, intentando en lo posible mantenerse alejados de unos y otros. Raina comprobaba y comprobaba las notas que hizo con siete años y buscaba en el cielo su correspondencia, pero no sabía si lo estaba haciendo bien. ¿Y si los estaba conduciendo en dirección contraria?

—¿Qué pasa? —le preguntó Yosef cuando Raina se detuvo.

—Creo que no vamos bien. Laila tenía razón.

—Raina —Yosef la cogió de los hombros y la obligó a mirarlo a la cara—. Puedes hacerlo.

—No lo sé, Yosef. Era demasiado pequeña cuando me fui y…

—¿Y qué? Hay cosas que no se nos olvidan nunca. ¿Qué te decían tus padres?

Raina miró al cielo.

—Cuando la luna mengua, sus picos miran al oeste. Cuando crece, señalan el este.

—¿Ves como te acuerdas? ¿Qué pone en tu cuaderno?

Los ojos de Raina regresaron a sus notas. Recorrió con los dedos las letras y los símbolos que representaban las estrellas y la luna. «La noche es tu amiga, Raina. Ella te dice cómo volver a casa».

—Por aquí.

Raina continuó la marcha, pero, a veces, cuando caminas por el bosque y no miras bajo tus pies, tropiezas.

—¿Estás bien? —le preguntó Yosef al ver que casi se caía.

—Sí, gracias.

Raina, por fortuna, tuvo buenos reflejos y consiguió evitar que su cara se llevara el golpe contra el suelo agarrándose al tronco de un árbol. Bajo la palma de la mano salvadora, notó algo extraño.

—¿Qué es esto? —dijo al examinar el tronco con las yemas de los dedos—. Es como una inscripción, pero no consigo reconocerla.

—¿De qué hablas?

—De esto.

Yosef se acercó, sacó su móvil de un bolsillo y encendió una luz en la parte trasera de este a modo de linterna. Raina le reprobó con la mirada. Eso precisamente no servía para pasar desapercibidos. Él la ignoró e iluminó el tronco.

—El mejor superhéroe de la historia —dijo Yosef emocionado y sorprendido. Raina lo miró sin entender—. Desde muy niño me han gustado los superhéroes y Oren siempre se burlaba de mí. Había uno en especial que era mi favorito. Tenía mi cuarto lleno de cosas sobre él. «Hasta en la ropa lo llevas», me decía mi hermano, «¿por qué?». Porque es…

—El mejor superhéroe de la historia —completó Raina sonriendo.

—Sí. Este es su símbolo, pero las marcas que tiene alrededor no sé qué son.

Raina le echó un vistazo al grabado con nuevos ojos, separando el símbolo que distinguía al héroe de lo demás.

—Son puntos cardinales. —Y los fue señalando uno a uno—. Norte, sur, este y oeste.

—¿Y esta marca? —preguntó Yosef señalando una línea que desentonaba.

—Creo que eso es Oren.

—¿Quieres decir que…?

—Te está diciendo cómo encontrarle.

—¿Es por ahí? —preguntó nervioso señalando con la luz.

—Sí, y apaga eso.

No le hizo ni caso y salió corriendo.

—Yosef, espera —le dijo en un grito susurrado—. Te vas a perder.

Raina recogió su cuaderno del suelo y fue tras Yosef. Cada cierta distancia encontraban otro tronco marcado. Por la cantidad, Oren quiso asegurarse de que las encontraban y, también, de que no se perdían. A Raina le dio la sensación de que no se fiaba mucho de la orientación de su hermano. Y no le extrañó, más de una vez tuvo que agarrarle del brazo para cambiar la dirección que seguía.

Las señales les llevaron a un pequeño claro en el bosque.

—¿Oren? —preguntó Yosef al aire buscando con la mirada en todas direcciones—. No hay nadie, ¿seguro que es aquí?

—Sí.

—¿Segura?

—Vaya, qué poco ha durado la confianza en mí.

—Perdona. —Yosef caminaba de un lado a otro. Las manos en jarra. Los ojos examinando más allá—. ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Esperar?

—¿Cuánto?

—¿Cómo quieres que lo sepa?

Raina se sentó, aguardando con paciencia. Yosef siguió con su deambular de un lado a otro, esperado cualquier movimiento entre los árboles que pudiese significar que su hermano aparecería ahora y no después. Pero el ahora se alargaba y se alargaba y Yosef no pudo aguantar más.

—¡Oren! —gritó Yosef desesperado.

—No grites —le pidió Raina levantándose y acercándose a él.

—¡Oren!

—Yosef, baja la voz, llamarás la atención de quien no quieres.

—Me da igual —le respondió esquivándola—. ¡Oren!

—Para, por favor. Sé que es difícil, pero tienes que tener paciencia.

Yosef la ignoró y aumentó el volumen de su voz hasta desgañitarse.

—Yosef —le dijo intentando detener con las manos su caminar errático—, así no vas a conseguir…

Raina se quedó mirando una sombra a la espada de Yosef. Una figura que permanecía quieta.

—¿Qué?

Yosef se giró y la vio.

—¿Oren?

La figura avanzó despacio, penetrando en el claro, haciéndose a cada paso más tangible.

—Yosef…

Eran la misma persona en dos versiones diferentes. Uno más delgado y fibroso por todo el trabajo físico que había realizado y la diferente alimentación. No era un sedentario como el otro que, a veces, se atiborraba de comida rápida o precocinada. El supervisor del Kir Magan iba afeitado y el cazador lucía pelos diseminados por la barbilla y el mostacho, como un posadolescente que aún no hubiera ganado consistencia en la barba. Sin embargo, el peinado de Oren era corto y uniforme, y el de Yosef estaba descuidado, clamando por un arreglo que llevaba retrasado varias citas en la peluquería. Yosef conservaba su color de piel, moreno y brillante, pero Oren había perdido tonos a cada lustro que había pasado bajo tierra.

—Joder… —dijo Oren—. Estás aquí.

—Sí —le respondió Yosef con la voz temblorosa—, y tú también.

Oren soltó la caza que llevaba en las manos y se fue hacia su hermano. A Yosef le temblaron las piernas y calló de rodillas en el suelo. Lo había encontrado. Era real, no lo estaba soñando. Sintió los brazos de su hermano rodeándole, su cabeza en el hombro, y rompió a llorar.

—Tranquilo, Yosef.

—Lo siento tanto… —dijo su hermano entre sollozos—. Te dejé solo.

—Estoy bien, Yosef, estoy bien.

—Te dejé solo… perdóname.

Oren apretó más fuerte a Yosef. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Se sentía feliz y aliviado. ¿Cuánto había sufrido su hermano por su culpa, por su chiquillada? El peso debió de ser insoportable.

—No tengo… —Oren tomó aire y se sorbió la nariz—. No tengo nada que perdonarte, nada.

—Te abandoné…

—No. —Se limpió con una mano las lágrimas de la cara y volvió a enterrarla en el hombro de su hermano para decirle al oído—: Me has encontrado.

A Raina le invadió la nostalgia y la envidia. ¿Viviría ella algún día un momento como ese? ¿Se abrazaría así a su familia llorando de felicidad y de rodillas en la tierra?

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