De relatos: La maldición. Parte quince: Dilúculo.

Fotografía: Ester Valverde.

Antes de que la noche languideciera, debían regresar. Era algo que tenían presente, pero al mismo tiempo lo esquivaban. Cinco minutos más, solo cinco minutos, se decían. Y mientras los minutos se acumulaban, ellos permanecían donde ya no deberían estar.

—Dios mío, Yosef, ¿pero a quién te has comido? —se burló Oren.

—¿De qué hablas?

—De esto —respondió Oren pellizcando a Yosef en la barriga.

—Quita, pesado, es por la postura.

—¿Qué postura? ¿La de señor orondo?

—Vete a…

A Yosef le dio la risa, no podía enfadarse, demasiada felicidad como para que hubiera sitio para nada más. Su hermano le tomaba el pelo, igual que antaño. Bueno, igual no, porque cuando eran niños la burla era más despectiva, más hiriente, le hacía sentir inferior. El tono del Oren adulto era dulce y amable, el del hermano que te añora y te quiere.

—¿Qué tal están nuestros padres? —preguntó Oren.

—Bien. Ellos lo llevaron mejor que yo.

Oren agachó la cabeza, arrepentido, culpable.

—Yosef, yo…

—Lo sé.

Al principio, tras el primer contacto, tras el reencuentro, les había costado hablar. Se miraron con los ojos empañados sosteniéndose la cara entre las manos. Se tocaron los hombros, los brazos, los apretaron con fuerza queriendo comprobar que aquel que tenían enfrente era real, que no se evaporaría, que no era una alucinación. Rieron entre lágrimas, la locura del éxtasis. Olvidaron que alguien los contemplaba sintiéndose ajena, igual que una intrusa.

—¿Quién es? —preguntó Oren cuando volvió a ser consciente de que no estaban solos.

—Vaya, perdona —dijo Yosef poniéndose de pie—. Esta es Raina, una amiga, me ha ayudado a… a encontrarte.

—¿Una amiga? —dijo Oren mirándolo y sonriendo, dando a entender que seguro que esas dos palabras escondían algo más.

—Sí, una amiga.

—¿Seguro? —volvió a la carga aguantando la risa.

—Sí, y cállate ya.

—Encantada —interrumpió Raina extendiendo una mano hacia Oren.

Y fue ahí cuando correspondió su gesto el momento en que la miró de verdad.

—Tú…

Se quedó con la frase a medio empezar. Cambió su expresión de sorpresa por una sonrisa, la del camarada, y así, con esa complicidad, apretó un poco más la mano que sostenía con la suya. Dos iguales reconociéndose.

—Raina nació en la ciudad subterránea —Yosef comenzó a explicar lo que él ya había entendido sin palabras—, pero siendo niña acabó en nuestra ciudad. Igual que tú, pero al revés. Si no es por ella, aún creería que estabas muerto.

—Y se habría perdido en el bosque —completó Raina.

—Sí, bueno, eso también.

Y se rieron los tres. Y se sentaron en círculo. Y consumieron los minutos. Los hermanos se pusieron al día, Raina les escuchó, les observó interactuar, imaginando que algún día a ella también le pasaría lo mismo.

—O sea que ese tal Tarêq es tu… —dijo Yosef.

—Amigo —dijo Oren con tono burlón.

A Oren le dio la risa mientras Yosef mantuvo su expresión de desconcierto porque estaba buceando en su mente en busca de un dato que, a su parecer, contradecía lo que su hermano quería darle a entender.

—Entonces…

—¿Qué?

—¿Nuestra vecina?

—¿Qué le pasa?

—Yo creí que estabas colado por ella.

—Igual que tú.

—Pero…

—Que yo sepa, no son autoexcluyentes.

Y ahí se cayó del guindo. Quizás unos segundos después.

—Ahhh, vale.

Raina aguantó el ataque de risa.

—Sí, qué pasa, soy un pardillo —dijo Yosef.

—No, hombre —le consoló Oren—, solo deberías levantar la cabeza de los comics, salir de casa, relacionarte, esas cosas.

—Ja, ja.

Pronto la noche comenzaría su camino hacía la extinción, hacia el relevo de su complementario, el día. Y ellos debían decidir qué sucedería a partir de ahora, qué significaba aquello, en qué se convertiría su reencuentro.

—¿Podemos vernos otro día? —preguntó Yosef con su timidez habitual, con su temor a decir algo estúpido, fuera de lugar.

—Querrás decir noche —puntualizó Oren con su habitual forma de esquivar los asuntos importantes, los que requieren decidir sobre lo que no se quiere ni plantear.

—¿Y después qué? —se atrevió a poner sobre la mesa invisible Raina— ¿Otra noche más? ¿Y tras esa otra? Y así hasta que nos pillen. ¿Cuántas anomalías en las cámaras crees que pasarán por alto? Oren lo tiene más fácil, mientras haga su trabajo, nadie hace preguntas. A no ser que vuestro amigo el cazador quiera tomarse cierta… justicia.

—Procuraré que no sea así, tranquila.

—Y te creo, de verdad que sí, pero esto —dijo señalándoles con las manos— no se puede sostener en el tiempo.

—Hablas como Laila —le dijo Yosef, volcando toda su frustración sobre ella, porque sabía que tenía razón, pero no quería que la tuviera.

—¿Quién es Laila? —preguntó Oren.

—Su novia.

—¿Cuántas personas más saben esto?

—Nadie más —respondió Raina— y es de confianza.

Oren respiró hondo y soltó el aire mirando al cielo.

—Está bien —dijo levantándose—, por hoy lo dejaremos así, tenéis que volver ya si queréis que haya otra noche.

—Tienes razón —dijo Yosef poniéndose en pie también.

—Antes debemos pensar bien lo que vamos a hacer y tomar una decisión, aunque nos cueste —les recordó Raina.

—Lo hablaremos la próxima noche, ¿de acuerdo? —Raina asintió y miró a Yosef—. ¿De acuerdo?

—Sí.

Y lo que había sido júbilo y felicidad se tiñó de tristeza, de despedida. Qué difícil era dejar marchar a quien acababas de encontrar.

—Tranquilo, Yosef.

Oren abrazó a su hermano al verle luchar con las lágrimas que asomaban en sus ojos. Yosef no pudo decir nada, rodeó a su hermano con fuerza, como si así consiguiera retenerlo o llevárselo consigo.

—Nos veremos pronto.

—¿Cuándo? —preguntó Raina.

Los hermanos se separaron.

—Deberíamos esperar mínimo un mes —respondió Yosef secándose las lágrimas que habían conseguido escapar.

—¿En la próxima luna nueva? —dijo Oren mirando al satélite, a la reina de la noche al principio de su fase creciente.

—Eso es menos de un mes —dijo Raina.

—Vale —cortó por lo sano Yosef—. En la próxima luna nueva.

Después de despedirse, al comenzar el viaje de retorno, Raina dudó. Yosef se iba por un lado y Oren por el contrario y se sintió en medio de dos deseos. Volver. Regresar. ¿Pero a dónde?

—¿Raina? —la llamó Yosef.

Oren detuvo sus pasos y se giró. Sus miradas se encontraron. Podía ir con él, entrar por su puerta.

—Raina, vamos.

Miró a Yosef. Debía seguir sus pasos. Meditar hasta la próxima luna nueva.

—Dame un momento.

Se acercó a Oren que seguía mirándola con curiosidad y con una interrogante dibujada en su ceño.

—¿Me harías un favor?

—Claro, dime.

—¿Podrías buscar a mi familia y averiguar cómo está? —Oren sonrió y asintió—. Mâlik y Ghada Al-Sharif. Son mis padres. Son recolectores. Y mi hermana se llama Kamra.

—Mâlik, Ghada y Kamra, entendido.

—Al-Sharif.

—Al-Sharif.

—Gracias.

Oren desapareció entre las sombras y Raina y Yosef regresaron en silencio. Se cambiaron de ropa, de vuelta a un estilo más propio de la ciudad de luz. Atravesaron el Kir Magan por el umbral que habían usado para salir y volvieron a refugiarse en el mismo soportal. Esperaron a que la luz inundara poco a poco la ciudad mirando al frente, donde la oscuridad resistiría hasta el final, hasta que el sol dominara todo.

—Podías haberte quedado —le dijo de pronto Yosef.

—¿Y arriesgarme a que Laila me sacara por las orejas? —le respondió medio en broma, forzando una sonrisa. La mirada de Yosef estaba llena de compasión—. Sería injusta con ella si lo hiciera así, sin hablarlo primero, sin decirle nada… sin despedirme siquiera.

—Ya.

—Y tampoco sé si eso es lo que quiero. Vivir allí. Es muy diferente a esto, ¿sabes? De pequeña no me gustaba nada. Siempre estaba enfadada. Todo eran normas, deberes, prohibiciones…

—Bueno, esto tampoco es maravilloso. Lo pretende, pero tras las superficies brillantes, por mucha luz que haya, siempre encuentras oscuridad.

Otra vez silencio. Al fondo ya no quedaba nada del cielo negro y las puertas de Ir Haorot comenzaron a abrirse; y las lamas en las ventanas se replegaron.

—Deberíamos volarlo todo —dijo Yosef.

—¿Qué?

—Destruirlo.

—No te entiendo. ¿Te vas a volver un terrorista? Porque no te pega nada.

Yosef sonrió. Tenía razón, a él no le pegaba nada revelarse así. Al antiguo Yosef no, estaba claro, pero al que manipulaba cámaras y traspasaba muros tras el anochecer, a él tal vez sí.

—Nos vemos, Raina.

—Sí.

Yosef salió primero; Raina después. Y las cámaras cercanas recuperaron su actividad normal.

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

6 comentarios sobre “De relatos: La maldición. Parte quince: Dilúculo.

  1. Así que este es el último capítulo que hay hasta la fecha… ¡mierda! Es como cuando te pones al día con una serie y la siguiente temporada no sale hasta dentro de tres meses o hasta el año que viene.
    Podría ponerme a soltar teorías locas de qué pasará ahora, pero tengo la sensación de que una brújula como tú tampoco lo sabe, así que no tiene sentido. Lo único que puedo hacer es esperar y ve cómo evoluciona todo.

    1. Quiero conocer esas teorías, pero ya, jajaja. Soy un poco brújula, sí, o esta historia lo es, aún así, sé muy bien hacia dónde va y cómo va a acabar. Solo me falta completar algunas partes del camino. Espero que tengas paciencia porque soy de escritura lenta.
      Muchas gracias por todos tus comentarios. Besos. 🙂

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