De relatos: La maldición. Parte veinte: Ocaso.

Fotografía: Ester Valverde.

Tarêq miraba y miraba la imagen de sí mismo atrapada en aquel aparato extraño. Llevaba haciéndolo minutos en silencio, sentado en una silla frente a la mesa de comer de Oren, con las manos sobre sus piernas sin atreverse a tocar el rectángulo negro. Raina estaba frente a él y Oren no dejaba de caminar de un lado a otro mirándolo preocupado.

—Pero, ¿por qué? —le decía a Raina cuando pasaba a su lado—. ¿Cómo se te ha ocurrido hacer eso?

—¿Tú qué crees? Llevamos días hablando de ello. Perdón, noches.

El pánico no era una sensación extraña para Oren. Lo sintió hace quince años, cuando un cepo atrapó su pie y acabó en un mundo ajeno, pero solo fue aquella vez y era comprensible. No, él era una persona mucho más firme; los obstáculos eran una motivación, las opiniones de los demás, algo insignificante. Lo único que importaba era lo que pensara él. Nunca se metía en nada que no deseara. Nunca. Siempre hacia adelante, nada de mirar atrás. Por eso, cómo se sentía ahora no correspondía con alguien como él. Era una contradicción. O tal vez no.

—De esto en concreto no hemos dicho ni una palabra —le recriminó a Raina.

—He seguido una corazonada.

—¿Corazonada? A ti se te ha ido, pero bien. —Oren llegó hasta la puerta y dio la vuelta—. Tu novia y tú sois tal para cual.

—Dale un poco de tiempo, lo está asimilando.

Oren continuó de un lado a otro sin quitarle ojo a Tarêq. ¿Pero qué había hecho? Esta no era la forma, no, así no quería que él se enterara. Así no, maldita sea. Ni siquiera había decidido si decirle la verdad o no. Verle así, tan callado, sin reaccionar… ¿Qué pasaría ahora? ¿Qué pensaba Tarêq? ¿Qué haría después? Todas esas preguntas eran una tortura.

La pantalla del móvil de Yosef se apagó sola. Su cristal brillante ahora era como un espejo en el que Tarêq se veía reflejado. Raina le dio un par de golpecitos y se volvió a iluminar, trazó unas líneas siguiendo un patrón y, de nuevo, regresó el retrato de Tarêq hecho a traición.

—Es una fotografía —le explicó Raina otra vez con la paciencia de una profesora de infantil—, una forma de capturar la realidad, en Ir Haorot la mayoría las usan para guardar recuerdos. —Raina deslizó la imagen para mostrarle otra y en la pantalla apareció una fotografía borrosa que con toda seguridad habría hecho sin darse cuenta al guardar el móvil en el bolsillo del pantalón—. Y está claro que Yosef no es una de esas personas.

—¿Yosef?

Oren detuvo su deambular. Era la primera palabra que Tarêq decía desde la brillante idea de Raina.

—Es el hermano de Oren.

Tarêq miró a Oren.

—¿Tienes un hermano?

—Sí.

—Gemelo, además —completó Raina.

Tarêq volvió a dirigir sus ojos al objeto del mundo de la superficie.

—Y esto es de él.

—Sí —le contestó Raina, Oren no se atrevió a decir nada más.

—Perdonadme, pero no sé qué quiere decir todo esto.

—Míranos, Tarêq. A él y a mí. Yo nací aquí y Oren en la superficie.

—No, él no…

—Me escapé cuando tenía siete años y acabé en Ir Haorot, me criaron allí al igual que a Oren le criaron aquí.

—No…

Tarêq se puso de pie y sustituyó a Oren en aquello de andar sin rumbo dentro de los límites de la casa.

—No, qué va —les dijo a ambos mientras daba dos pasos en una dirección y otros dos en la contraria negando con la cabeza—. Porque eso no puede ser. No puede ser.

Oren quería decirle algo, pero no sabía qué palabras usar, no tenía ni idea, estaba bloqueado como nunca en su vida.

—Tarêq… —salió de sus labios como un susurro.

—No.

—Tarêq, por favor.

—Por favor, ¿qué?

Tarêq se detuvo enfrentándose a los dos, a Raina que le miraba sentada y a Oren que lo hacía de pie como si estuviera anclado al suelo.

—¿Os dais cuenta de lo que me estáis diciendo?

—Sí, claro —respondió Raina—. La verdad.

—¿La verdad?

Tarêq no sabía qué hacer con sus manos, pasarlas por el pelo, apretar los puños, amagar con darle un puñetazo a un ente invisible frente a él o tal vez estrangularlo. Al final las posó en sus caderas.

—Y podemos enseñarte más —añadió Raina.

—¿Qué? —le dijo Oren atravesándola con la mirada.

 

***

 

Yosef y Laila intentaban poner sus ideas en común, pero era bastante difícil cuando ambos parecían ir por caminos diferentes.

—Insisto —dijo Yosef—, ¿qué tiene que ver eso con destruir el Kir Magan?

—No lo sé, pero no puedo quitármelo de la cabeza.

—O intentamos una cosa o la otra. Las dos no son viables, ni siquiera creo que lo sea solo una de ellas.

—Imagínalo, intenta visualizarlo.

—Eso hago, Laila, eres tú la que no entiende…

Laila se puso de pie y le dio la espalda. Llevaban como una hora discutiendo desde que se habían despertado de repente, sobresaltados por sueños que parecían reveladores y que ahora tendían más a locuras imposibles.

—Solo eliminando el muro no conseguiríamos nada —dijo Laila dándose la vuelta, apoyándose en el respaldo de una silla.

—Si eso te parece nada, creo que tu perspectiva está peor de lo que pensaba.

—Me refiero a que no serviría para nada, Yosef. ¿Qué crees que harían? ¿El muro cae y qué?

—Me lo preguntas a mí como si la idea hubiera sido mía, cuando lo único que yo te prometí fue que traería a Raina de vuelta.

Laila se sentó frente a él de nuevo apoyando los antebrazos sobre la mesa, acercándose lo más posible.

—Buscarán refugio en sus casas y no saldrán de allí hasta que el muro se repare.

—Laila…

—Pero si no pueden, si se lo impedimos, no les quedará otro remedio que afrontar la realidad.

—Entonces, ¿nos olvidamos de lo del muro?

—No.

—¿No?

—Ay, no lo sé.

Y, como si fuera un resorte que se acababa de activar, su acompañante volvió a levantarse y a pasearse por la cocina con los brazos en jarras. Yosef se vio reflejado en ella, se reconoció en esa impotencia, en esa búsqueda imposible, como la de uno de esos tesoros que enterraban los piratas, un cofre donde hallar la paz, donde dejar la culpa encerrada. Una expedición a los confines del mundo y sin mapa. Durante años, la idea de compensar la pérdida de su hermano, fue su motor, su obsesión, su búsqueda del tesoro. ¿Desde cuándo era él la persona calmada? ¿La reflexiva? Desde que le había cedido todo el peso a Laila, toda la responsabilidad. Volvía a dejarse llevar, a dejarse arrastrar. Laila ahora era su hermano Oren. Al pensarlo, le dio la risa.

—¿De qué te ríes?

—De nada —dijo justo antes de que el ataque fuese a más.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —respondió con dificultad.

—Pero… —Laila no daba crédito—, ¿estás bobo?

—¿Bobo?

En cuanto oyó esa palabra, el único insulto que le salía de niño y por el cual Oren no solo se burlaba de él, sino que también le soltaba alguna colleja que otra, estallaron las carcajadas.

—Yosef, ¿qué te has tomado?

Él ya no podía contestar, solo coger aire para seguir riéndose y limpiarse las lágrimas. Cuanto más pensaba en la situación, más se reía. Si alguien les viera conspirando en pijama antes del amanecer… Menuda ridiculez de revolución.

—¿Quieres parar de una vez? —le pidió Laila con poca convicción—. Pareces un pirado. —Y si no puedes con el enemigo…—. Un puñetero pirado.

La risa de Yosef era demasiado contagiosa y, además, traicionera. Desde que le conocía como mucho le había visto sonreír con timidez, un fiel reflejo de su persona, pero aquella forma de reírse… La verdad es que si lo pensaba un poco, hasta era de lo más lógico. Así que, al final, ambos se desternillaron como dos pirados.

El sonido de un móvil detuvo por un momento la explosión de jovialidad.

—¿Es el de Raina? —preguntó Yosef secándose las lágrimas.

—Sí.

Laila salió corriendo en busca del teléfono, lo desbloqueó y leyó el mensaje.

—¿Qué dice?

—Quiere que le lleves sus gafas y un protector solar.

—¿Raina usa gafas?

 

***

 

Raina desenterró el paquete que Yosef le había dejado. Debía darse prisa pues en breve comenzaría a atardecer y no creía que Tarêq aguantara una noche más de espera. El efecto que la fotografía había provocado en él, la estupefacción, el no saber qué creer, pero no poder evitar pensar en ello, se podía disipar en cualquier momento. La mente de Tarêq estaba haciendo malabarismos, era una balanza con los platillos subiendo y bajando sin decidir hacia qué lado inclinarse al final. Necesitaba un poco más de peso en el lugar que le interesaba y el momento era ya.

Entró en el rincón de Oren con la misma prisa con la que salió de él.

—Oh, mierda —dijo Tarêq al verla aparecer—. Por un momento me había olvidado de ti y de toda esta…

—Lo siento mucho.

—Sí, seguro.

—Bien, tienes que ponerte esto, te protegerá los ojos.

—¿Qué es eso?

—Se llaman gafas. Estas son especiales. Nuestros ojos no son como los de ellos, no están hechos para la luz de sol.

Raina se quedó mirando a sus gafas. Estas eran como las de cualquiera con problemas de vista, pero las primeras que tuvo que usar le hacían parecer un ser de otro planeta, las odió durante años. Al final, entre los fármacos que le hicieron tomar para hacer que su organismo consiguiera compensar su deficiencia de melanina y que sus ojos grises se fueron adaptando a medida que su cuerpo se desarrollaba, dejaron de ser tan imprescindibles. Si el sol no era muy intenso, podía dejarlas escondidas al fondo de su mochila.

—Tienes que ponértelas así —le dijo a Tarêq mientras se las colocaba.

Tarêq palpó las gafas, las patillas sobre sus orejas, los cristales y la montura.

—Me da miedo mirarme en el espejo, a saber qué parezco con esto puesto.

—La verdad es que te quedan muy bien.

A Tarêq no le gustó el tono de las palabras de Oren, no estaba de humor para cumplidos con intenciones que conocía de sobra. Oren desvió la mirada, había metido la pata, otra vez.

—También tienes que echarte esto —interrumpió Raina el momento tenso mostrándole a Tarêq un bote de color naranja con letras impresas de diferentes colores—, tienes que extenderla bien por la piel que no cubra la ropa. Al atardecer la luz del sol es más tenue, pero mejor no correr riesgos.

—Vale, hasta aquí he llegado. No pienso hacer nada más, estáis locos de remate.

—Tarêq, por favor —intervino Oren—. No te va a pasar nada, confía en mí.

—¿Que confíe en ti? Menudo chiste. Ya está bien. Me voy.

Raina cogió las llaves que estaban sobre la mesa y cerró la puerta de salida antes de que Tarêq pudiera acercarse siquiera.

—Dámelas, no quiero tener que quitártelas por la fuerza.

—No.

Tarêq se fue hacia Raina, pero en cuanto hizo amago de intentar arrebatarle las llaves, ella se las lanzó a Oren.

—¿Cuántos años tenéis? ¿Cinco? Oren, si te queda algo de decencia, déjame marchar.

Oren decidió que lo mejor sería afrontar lo inevitable, comportarse como el adulto que era, ir hacia adelante y cruzar los dedos para que saliera bien. Porque era la única opción que tenía de no perder a Tarêq o, al menos, de que pudiera entenderle. Y, si tenía que odiarle, que fuera al verdadero Oren.

—Sal conmigo y después decides. Es lo último que te pido.

—Como si fuese un favor cualquiera, ¿verdad, Oren? Una cosa nimia, sin importancia, que no supone ningún esfuerzo para ti, solo para los demás.

—Cree lo que quieras de mí, pero sal conmigo. —Oren le tendió su mano—. Nunca te haría daño, de verdad que no. Necesito que lo entiendas, solo eso, que sepas quién soy.

Tarêq le miró durante segundos eternos. Al final se rindió, cogió el bote de Raina y se untó la cara, el cuello y las manos con la crema de su interior. No aceptó la mano de Oren y se encaminó el primero hacia las escaleras de subida, hacia la superficie. Oren le siguió y tras él fue Raina.

Tarêq ascendió despacio, asegurando cada pie en cada peldaño como si cualquiera de ellos se fuese a hundir en las profundidades, haciéndole caer en un abismo. Se paró frente a la puerta.

—Tranquilo —dijo Oren adelantándole con cuidado para abrir la puerta, el paso era muy estrecho.

—No, espera. Espera un momento, por favor.

—De acuerdo.

Tarêq respiró hondo. Apretó los puños para que las manos dejaran de temblarle. Habría tragado saliva si no tuviera la boca seca.

—Vale, estoy listo.

Oren asintió y giró el pomo. Por el marco de la puerta que se abría despacio, con delicadeza, se coló una luz brillante. Era demasiado luminosa para los ojos de Tarêq y tuvo que cerrarlos a pesar de las gafas especiales de Raina. Sintió las manos de Oren en su cintura, ayudándole a salir. Incluso apretando los párpados, la luz le cegaba.

—No puedo, Oren, no puedo abrir los ojos.

—Tranquilo, necesitas unos segundos.

—No, Oren, quiero entrar, por favor, llévame dentro.

Las manos de Oren sostuvieron su cara y notó como apoyaba su frente contra la suya.

—Confía en mí, no te pasará nada.

Oren le dio un beso. Si lo hubiese hecho unos segundos antes le habría dado un puñetazo.

—Llevémoslo a la sombra —le oyó decir a Raina—, bajo los árboles. Las gafas no son suficientes, necesita otras con un filtro solar mayor.

—¿De qué hablas?

—No pasa nada, Tarêq, yo te guío.

La luz en sus párpados apretados fue disminuyendo, los relajó un poco y después algo más, hasta que se sorprendió a sí mismo abriendo los ojos.

—Oh… por mi padre… esto es…

Los colores fueron lo primero que le llamó la atención, pero no aquellos que pintaban el cielo a lo lejos, sino los cercanos. Los de la tierra a sus pies y los árboles a su lado. Los de la piel de sus manos y su ropa. Los de los ojos de Oren. Eran tan oscuros bajo tierra, tan uniformes, pero aquí, en la superficie, adquirían matices, como el fino aro amarillo que rodeaba sus pupilas.

—Oren…

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Una emoción nueva llenaba su pecho y ascendía por su garganta. Su mundo se expandía y se expandía. Era aterrador y bello. Embriagador y amenazante. Un sueño. Una pesadilla. Una realidad sin vuelta atrás.

 

Continuar a «Parte veintiuno: Medianoche»

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. katelynnon dice:

    ¿Es raro que lo del ataque de risa me parezca extrañamente realista? De esos momentos de crisis en los que tu cabeza busca cualquier distracción y sale por donde menos te lo esperas.
    No recordaba que solo había móviles en una de las dos zonas. Así que para eso servía lo de la foto…

    1. Pues la verdad es que no me parece raro. Confieso que llegada a esa parte fue la única forma que se me ocurrió para seguir y enlazar con la siguiente escena. Así que realista es un cuanto, me dio un ataque de risa en medio de una crisis «escritoril».
      En la ciudad subterránea no hay tecnología sino artesanía, todo lo contrario que en la de luz. Y es normal que no lo recuerdes porque actualizo de pascuas a ramos. Menos en esta recta final que será cada semana si no me da un pampurrio por el camino.
      Y sí, para eso servía la foto. 😉

      Gracias, Kate, por seguir leyendo y comentado.
      Un abrazo enorme.

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