De relatos: La maldición. Parte veintiuno: Medianoche.

Fotografía: Ester Valverde.

La luz se fue y Tarêq permaneció de pie en silencio, intentando contener todas las emociones, tomando aire por la boca poco a poco, limpiándose las lágrimas que descendían por sus mejillas y sorbiendo las que se le iban por la nariz. No sabía si lloraba de alegría o de pena, no sabía qué sentía exactamente. Perdido e insignificante y también excitado como un explorador a punto de adentrarse en un nuevo mundo. Su cuerpo sintió un escalofrío y se agitó, hacía fresco. En ese momento entendió que noviembre en la superficie era más frío que bajo ella y no iba abrigado de la forma adecuada. Volvió a estremecerse. Oren comenzó a frotar su cuerpo con las manos.

—Será mejor que entremos, hace demasiado frío para ir así —dijo Oren—. Con toda la tensión del momento no me he dado cuenta, perdona.

—No —le respondió Tarêq.

—¿No?

—Quiero quedarme un poco más.

Raina se ofreció a buscar algo de abrigo en casa de Oren. Regresó con un capote grueso con mangas y capucha hecho de pieles, el único que poseía Oren, una chaqueta fina de lino y una manta.

—Ten —le dijo a Oren, Tarêq seguía mirando al frente sin inmutarse—, es lo que he encontrado entre tus cosas.

—Gracias.

—Os dejaré solos.

Oren le puso a Tarêq su capote mientras que él usó la chaqueta y se envolvió con la manta. Se quedó a su lado sin decir nada, esperaría todo el tiempo que Tarêq necesitara.

—Me gustaría ver el lugar donde naciste —le dijo de pronto con la voz entrecortada.

—¿Quieres que te enseñe Ir Haorot?

—Sí.

Caminaron sin decirse nada. Oren le indica con gestos hacia dónde debían ir. Se detuvieron en el límite del pinar, cuando la ciudad de luz ya era visible. Tarêq la contempló, entre impresionado y escéptico, como si lo que había frente a él fuera una ilusión creada para engañarle y, sin darse cuenta, comenzó a avanzar hacia ella. Oren le detuvo.

—Es mejor que no te acerques.

—¿Por qué?

—Siéntate y te lo cuento todo.

Frente a Ir Haorot Tarêq conoció la historia de un niño de doce años y su hermano gemelo. Las consecuencias que tuvieron para ellos una pequeña travesura. Cómo acabaron separados, cada uno viviendo en un lugar diferente, el que era un minuto mayor en la ciudad subterránea, el otro en la de luz. Cada uno intentando enmendar su error a su manera, Oren buscando la forma de salir a la superficie y Yosef esforzándose  al máximo para contrarrestar la culpa.

—Quise regresar la primera noche que fui oficialmente un cazador —explicaba Oren—. Aunque no puedas distinguirlo desde aquí, hay un muro que rodea la ciudad. No pude entrar.

—Te ibas a ir sin decirme nada… —Las palabras de Tarêq no eran una pregunta, ni siquiera una afirmación, solo un lamento—. Desaparecerías y no sabría por qué.

Oren agachó la cabeza. ¿Qué podía contestarle a eso?

—Lo siento, no sabía cómo. Durante años nadie me creyó, entendí que era mejor callarme.

—¿Dudaste en algún momento?

Tarêq le miró y, al notarlo, no pudo evitar hacer lo mismo.

—¿Me preguntas si me planteé quedarme?

—Sabes bien qué te pregunto.

Sí, lo sabía, y por eso no fue capaz de sostener más la mirada de Tarêq.

—¿Si pensé en ti? Claro. Eres muy importante para mí, mucho, créeme, pero, entiéndelo —Oren se arropó más con la manta que le envolvía y no porque tuviera frío. De pronto se sintió como un niño que necesitaba resguardarse bajo el abrazo materno—. Necesitaba volver a casa. Decirles a todos que estaba vivo. Y que me perdonaran. Sobre todo mi hermano, sobre todo él. No te imaginas lo que ha sufrido todos estos años.

Tarêq dirigió sus ojos a la otra ciudad. Edificios alargados y brillantes, como si quisieran alcanzar la cúpula celeste y separarse de la tierra. Alejarse del suelo al igual que ellos lo hacían del cielo. Alejarse los unos de los otros yendo en direcciones contrarias. ¿Y para qué?

—Oren, dime. —El azul ártico de la mirada de Tarêq se encontró con el marrón chocolate de la de Oren. Por primera vez ambos estaban serenos—. ¿Y ahora qué quieres?

***

Raina esperaba a que Tarêq y Oren regresaran con la intranquilidad propia de quien teme el resultado de un examen que le cambiará la vida. Se tumbaba en la cama. Se levantaba y saqueaba parte de la comida de Oren. La comía sentada sin dejar de mirar a las escaleras y, cuando se le acababa, salía al exterior. Y, después, vuelta a empezar. De la cama a rebuscar algo que llevarse a la boca para entretener al tiempo y de ahí escaleras arriba para escudriñar en la noche en busca de cualquier señal de que volvían ya. Miró al móvil de Yosef que permanecía en la mesa y deseó poder llamar a Laila y oír su voz. Desde que estaba en Taht Alardi lo único que sabía de ella era a través de mensajes de texto, los únicos que conseguían ir de un lado a otro del muro. Empezaba a pesar la ausencia, la necesidad de refugiarse en su regazo. Su lugar de paz estaba en la ciudad de luz.

Se fue hacia el móvil y lo cogió. Lo miró unos segundos. Volvería a utilizar la cámara, pero esta vez para otra cosa. Se puso cómoda y activó la grabación de vídeo.

—Hola, Laila… Si eres Yosef, por favor, pásale mi móvil a Laila. Esto es privado, no seas cotilla.

El mensaje fue escueto, no se podía permitir algo más largo porque, cuando la luz iluminara el camino y se acercara lo suficiente a Ir Haorot, tendría que permanecer allí hasta que el vídeo llegara a su destino. Y bien podrían ser horas. ¿Quién se lo iba a decir? Que llegaría a desear atravesar el muro en sentido contrario.

—¡Bu!

—¡Ostras! —gritó Raina pegando un respingo. Se había quedado ensimismada y no se había dado cuenta de que Oren y Tarêq ya estaban allí. El móvil, que seguía entre sus manos, salió volando, por fortuna cayó en su regazo—. Tú… ¿tú eres tonto o qué te pasa?

Oren se reía con ganas.

—Menuda cara has puesto —dijo entre carcajadas—. ¿Qué estabas haciendo?

—Nada, idiota.

Raina miró a Tarêq. Se mantenía en un discreto segundo plano sin reírle la gracia a Oren. Estaba serio y pensativo, todo lo contrario que el inoportuno bromista.

—Veo que vienes de buen humor —le dijo a Oren y señaló a Tarèq con un gesto de cabeza—, ¿significa que ha ido bien la cosa?

Oren respiró hondo y dejó de reírse.

—Bueno, que te lo cuente él.

Ambos miraron a Tarêq que al darse cuenta de que era el centro de atención regresó al presente alejándose de sus pensamientos.

—¿Qué?

—Aquí la tienes, la cabecilla de la revolución, toda tuya.

—¿Cabecilla?

Raina les miró alternativamente sin entender muy bien. Otra broma de Oren, seguro, aunque la expresión seria de Tarêq, como si intentara buscar las palabras correctas para que lo que fuera a decir no le pareciese una completa locura, le hicieron pensar que no era solo eso. Tarêq tomó aire, mientras que Oren se apoyó en una de las paredes con los brazos cruzados como si de repente fuera un mero espectador en toda aquella historia.

—A ver cómo digo esto —comenzó Tarêq— sin que me den ganas de salir corriendo por esa puerta y no volver a dirigiros la palabra en mi vida. Además de fingir que ni os conozco ni existís.

Raina casi contuvo el aliento sin darse cuenta, temía que cualquier palabra que saliera de su boca provocase que su incipiente aliado saliera despavorido, así que intentó controlar sus nervios y darle tiempo a Tarêq para expresarse.

—Mierda, esto es…

Lo primero que Tarêq necesitó fue sentarse. Lo segundo beberse un vaso de agua del tirón.

—Vale, cuanto antes lo suelte mejor —se dijo a sí mismo. Raina y Oren permanecieron de pie a cierta distancia de él—. Necesitáis a más. Vosotros dos solos no…

Tarêq se calló de pronto, el gesto de su cara, la duda hicieron que Raina reaccionara. Recordó la imagen de su sueño, el hombre que se iluminaba, que llevaba la luz a otros solo con tocarlos. No podía dejar que se apagara, sin él, los demás continuarían a oscuras. Y ella… ella no podría regresar.

—Sí, a muchos más —dijo con rapidez—. En realidad, deberían saberlo todos, pero no creo que eso sea buena idea. Hay que elegir bien a quién le abrimos los ojos, cómo y cuándo. Tienen que ser capaces de mantener el secreto y, a la vez, atraer a otros.

—¿Sabes lo difícil que es eso? —intervino Oren—. Llegará un momento en el que alguien tenga un descuido y sin querer nos delate.

—Exacto. Y cuando suceda, tendremos que ser los suficientes como para que ya no importe.

—¿Cómo no va importar? ¿Qué crees que hará el resto? ¿Aceptarlo sin más?

—No.

—¿Cómo es posible que me des la razón y aun así…?

—Porque dará igual —Raina interrumpió a Oren—. Unos lo negarán y otros se lo cuestionarán. Y para estos últimos estaremos nosotros.

—Si no nos encierran antes o algo peor.

—Seremos demasiados, no sabrán cómo actuar.

—Muy optimista te veo, Raina.

—Y yo a ti, de pronto, algo acojonado.

Ahora no eran Raina y Oren los que discutían, sino sus miedos.

—No es eso —Oren se enfrentó a Raina—, pero una cosa es hacer algo que solo te afecta a ti o a unos pocos, y otra provocar tal caos que arrases con todo.

—¿Y lo dices ahora?

Tarêq les observó intercambiando argumentos, creyendo de verdad que sabían lo que era mejor para los habitantes de Taht Alardi e Ir Haorot, pero ambos olvidándose de lo más importante: esos ciudadanos.

—¡Yo solo quería volver a casa, maldita sea! —gritó Oren cuando se quedó sin argumentos—. Si llego a saber la que armaría…

—¡Yo no tengo casa! —le respondió Raina aumentando su volumen de voz. Al igual que él, había perdido el rumbo de lo que quería decir—, ¿no lo entiendes? Ni aquí ni allí. No pertenezco a ningún sitio.

—¿Y qué culpa tienen los demás de eso?

—Ninguna, ¿pero de qué otra forma vamos a poder volver?

Los miedos son egoístas. El de Raina se llamaba Laila y el de Oren, Tarêq.

—¿Y qué más da si no volvemos?

—¿Perdona?

—Sí, ya está, asúmelo, te toca vivir aquí.

—¿Contigo?

—¡Con quién te dé la gana!

—Claro, ahora que tu hermano ya no se martiriza por haberte dejado morir y, además, te estás reconciliado con él —dijo Raina señalando a Tarêq—, a los demás que les den.

—Mira, sí. Lo mismo que tú. No finjas que no lo haces para volver a los brazos de tu novia.

—Se llama Laila y tú te estás pasando de la raya.

Tarêq empezaba a cansarse. Aquello ya no tenía que ver con ellos y no se daban cuenta. Ya no era la historia de dos niños que se fueron de casa y no pudieron regresar. De dos pequeñas porciones de mundos distintos que se intercambiaron. Ya no. Tarêq golpeó la mesa y se puso en pie.

—¡Silencio! —Oren y Raina enmudecieron y le miraron—. Deberían decidir por ellos mismos. Tienen derecho a elegir qué quieren creer y qué no. Y eso es imposible si no conocen toda la verdad.

—Pero Tarêq…

—No, estás actuando como un niño que se arrepiente de su travesura después de que le pillen. Y tú… —Señaló a Raina con el dedo—. A ti te conozco de dos noches y ya has tenido tiempo de volverme loco y destruir mi vida por completo.

—Lo siento, actué sin más.

—Sí, ya, sin pensar, como la niña de siete años que salió a vivir una aventura.

Todo quedó en silencio. Tarêq daba vueltas con los brazos en jarras, a pasitos cortos y lentos, sopesando, barajando, buscando un nuevo camino. Oren y Raina le miraban con timidez, arrepentidos, como esos niños cuando ven la decepción en los ojos de sus padres o madres, cansados de que no les escuchen ni les obedezcan.

—Empezaremos por abajo —dijo Tarêq sin dejar de caminar y sin mirarles—, por los gremios menores, los menos privilegiados. Y de ahí, si tenemos oportunidad, hacia arriba.

Raina y Oren no sabían qué decir. La determinación y claridad de Tarêq les dejó mudos y les hizo sentir inmaduros y egoístas. En una noche él había asimilado lo que ellos llevaban varias sin resolver.

—Primero los nuestros, los tuneladores —Tarêq se dirigió a Oren—. Alguien leal, de confianza y respetado por todos.

—Rashîd.

 

Continuar a “Parte veintidós: Madrugada”

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. katelynnon dice:

    Así que el plan es decirle a otra gente que los del otro lado son gente normal y que no les va a pasar nada a unos por salir a la superficie ni a los otros por vivir bajo tierra, ¿no? Me imagino a estos tres repartiendo panfletos tipo testigos de Jehová xD

    1. Vale, me acaba de dar un ataque de risa, ahora no puedo dejar de imaginarles con panfletos, vestidos igual y yendo puerta por puerta. Jijiji.

      ¿Qué te puedo decir sin hacer mucho spoiler? Que casi, pero no. Que templado tirando a caliente. Que… mejor me callo ya.

      Besos, Kate. 🙂

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