De relatos: La maldición. Parte veinticuatro: Terminador

Fotografía: Ester Valverde.

Laila no dejaba de repetir lo mismo una y otra vez, «la luz, Yosef, la luz», mientras buscaba en su portátil, en toda la información sobre el Kir Magan que contenía.

—Laila, no te entiendo.

—Lo he visto por aquí, estoy segura.

La observó abrir archivos, desplazarse de arriba abajo a toda velocidad por los documentos que se desplegaban en la pantalla, cerrar unos y probar con otros.

—Si me dices lo que buscas, podré ayudarte a encontrarlo.

Laila se detuvo y le miró. Pero se quedó callada, como si necesitara darle sentido a lo que bullía en su mente antes de pronunciar la primera palabra.

—Venga, tú dímelo como te salga.

—A ver… —Laila tomó aire—. El Kir Magan se adapta al exterior, ¿verdad?

—Sí, algo así. Es maleable, por decirlo de una forma sencilla, para evitar que los impactos le dañen y…

—No, no, no me refiero a cómo actúa si, por ejemplo, un animal se estrella contra él.

—¿Y entonces a qué?

—A que se adapta a las condiciones del exterior.

Yosef la miraba confuso, como si le estuviese contando algo que se había inventado o como si se hubieran intercambiado los papeles y ella fuera la experta en el muro.

—Pero si me lo dijiste tú, no me mires así. ¿Recuerdas tu sueño, el de la nieve?

—Sí, claro, y nuestro “debate” posterior.

—¿Dónde está eso de que se amolda a las condiciones climáticas? —le dijo Laila colocando su portátil frente a él.

—A ver…

Yosef tomó el relevo, pero como él sí sabía dónde buscar, en seguida encontró el anexo del fichero al que se refería Laila.

—Aquí lo tienes.

—Se autorregulará según la temperatura —leyó Laila por encima—, heladas, lluvia, vientos fuertes… No, no es esto a lo que me refiero.

—¿Ah, no?

—No, no… —Laila se llevó las manos a la cabeza y apoyó los codos sobre la mesa—. Si lo he visto esta mañana, ¿cómo es posible que no me acuerde?

—¿Y no me dijiste nada?

—Estabas muy entretenido, no quería romper tu concentración y tampoco quería oír uno de tus chistes malos en plan “¿vas a contagiarle la gripe al Kir Magan?”…

—Vaya, cuánto resquemor.

—Calla.

Yosef intentó replicar, pero ella le tapó la boca con una mano.

—Ssshhh… Estoy a punto de acordarme.

Yosef no movió ni un músculo y esperó estoico a que el cerebro de Laila encontrara la ruta de pensamiento correcta.

—Catástrofes —dijo de pronto—. Protocolo de evacuación.

Yosef apartó la mano que tapaba su boca.

—¿Qué?

—Hay un protocolo de evacuación.

—Pues claro, como en todas las empresas en caso de incendio.

—Me refiero a la ciudad.

—¿Perdona?

—En caso de catástrofe, hay un protocolo para salir de Ir Haorot abriendo vías de salida masivas en el Kir Magan.

—¿Cómo?

—Como en tu sueño, Yosef.

—Vale, creo que ya sé a lo que te refieres y…

—Ay, no, no lo digas.

—Uy, sí, sí lo voy a decir. ¿Cómo era eso? Ah, sí, me lo has dejado en bandeja.

—No, Yosef, nooo…

Laila quiso volver a taparle la boca, pero esta vez él estaba preparado para esquivar sus manos.

—¿Vas a provocar un terremoto?

—¡Yosef!

—¿Saltando muy fuerte y muchas veces?

—¿Ves? Por esto no te dije nada.

Yosef se reía entre dientes y Laila le dio con el dorso de la mano en el hombro.

—Creo que deberíamos empezar ya —dijo Yosef poniéndose de pie—. Vamos, Laila, salta conmigo.

—Pero qué idiota eres.

—Venga, Laila.

Yosef saltaba y Laila le miraba con la cara de aquel que no le ve la gracia al chiste.

—Uf, esto…

—¿Cansa?

—No…

—Eso te pasa por atiborrarte y no hacer una mierda de ejercicio.

Yosef tuvo que parar. Laila le observó llevarse una mano a las costillas.

—¿Te ha dado flato?

Yosef, con el orgullo magullado, negó con la cabeza. Necesitó unos segundos para recuperar el aliento y poder contestarle.

—Un momento… —dijo entre bocanada y bocanada—. ¿Qué tiene que ver todo esto… —Aire—…con lo de “la luz, Yosef, la luz”?

—Que esa será la catástrofe.

Yosef tuvo que sentarse.

—Tu forma de relacionar conceptos y expresarlos se escapa a mi entendimiento.

—Le diremos al Kir Magan que, cuando se vaya la luz, active el protocolo de emergencia.

****

Se extendió rápido, mucho más de lo que esperaron. Quizás habían subestimado el poder del descontento silencioso, el que se aloja en lo más profundo de cada uno y no se puede acallar del todo ni enterrar bajo capas y capas de tierra, porque en cuanto se cuela una brizna de aire fresco o un hilo de luz, escarba y escarba, y asciende hasta la superficie. En el gremio de los tuneladores el hastío era mucho mayor que el miedo y este último se podía espantar con las palabras adecuadas pronunciadas por la voz idónea. A Farah era difícil que los suyos la cuestionaran. Rashîd era un compañero leal que jamás mentiría con algo tan serio. ¿Y qué podía ganar Tarêq? Él era un privilegiado que estaba poniendo en riesgo todo su estatus. ¿Cómo iban a dudar de ellos? Además, si alguno lo hacía, exigiendo pruebas tangibles, lo llevaban al exterior. Al final, los escépticos que veían la luz, conseguían que los demás se volvieran más devotos.

Taht Alardi estaba llena de personas a las que no les había quedado otra que aceptar su papel en el mundo bajo la superficie. Porque más allá de él no se podía ir. Porque las cosas eran así y nunca serían de otra manera. Pero la resignación tiene un antídoto: la esperanza. Y esta era capaz de brillar más que cualquier estrella.

—Yo puedo hablar con Abla —dijo Farah.

—¿Quién? —preguntó Oren.

—Es del gremio de los curtidores —respondió Tarêq—. Maestra raspadora en la práctica aunque no en el título. Es la mano derecha de Slimam, el verdadero maestro, pero lleva un tiempo delicado de salud.

—Como todos en ese gremio más pronto que tarde —puntualizó Farah—. Sus condiciones no son mejores que las nuestras.

—Nosotros respiramos polvo y ellos gases asquerosos —dijo Rashîd.

Se habían reunido en casa de Oren, el único lugar donde podrían hablar. Lo hacían cuando los demás dormían, tras el amanecer, a salvo de ojos indeseados a los que les resultaría muy sospechoso que hicieran tantas visitas al nivel superior, sobre todo si no eran en la zona comercial o la de ocio.

—¿Crees que te escuchará? —preguntó Oren.

—Depende de lo que le diga —respondió Farah.

—No te veo muy segura.

—Yo la traeré aquí, vosotros preocuparos del resto —contestó lanzando una mirada a las escaleras que llevaban a la superficie.

—De acuerdo —contestaron todos menos Raina.

La reunión se deshizo. Oren cerró la puerta y miró a Raina que seguía algo ausente.

—¿En qué piensas? —le preguntó.

—Curtidores.

Al principio, Oren no entendió su respuesta, pero leyó en sus ojos lo que significaba.

—Ya, tu hermana.

Raina asintió y se dejó caer en una silla. Oren la observó unos segundos y se acercó para sentarse frente a ella.

—¿Qué te preocupa exactamente?

—No sé… Me pregunto cómo reaccionará cuando se lo digan. Si se lo dicen…

—¿Por qué no iban a hacerlo?

Raina suspiró y encogió los hombros. ¿Qué sabía ella? No podía anticipar cómo actuaría Abla en primer lugar, ni a quién elegiría después y, sobre todo, lo que haría su hermana si el mensaje llegaba a ella. La primera vez, escogió irse, regresar corriendo a Taht Alardi. Ella vio cómo la luz la envolvía, que no sucedía nada más que eso y, aun así, creyó lo que le habían enseñado a creer.

—¿Quieres hablar tú con ella? —le preguntó Oren.

—¿Yo?

—Sí, ¿quién mejor que tú llegado el caso?

Raina recordó la mano extendida de su hermana pidiéndole que volviera a casa con ella.

—No.

Antes de que amaneciera. Antes de que fuera tarde. Pero ella no la escuchó y dejó que el sol la iluminara.

—Yo no.

—¿Por qué no?

«Ahora eres como ellos», eso le dijo antes de irse dejándola sola.

—Porque no.

Oren posó una mano sobre las suyas. Quiso agradecerle el gesto, pero no pudo, no quería consuelo.

—Vamos a dormir —le dijo a Oren poniéndose de pie—, necesitamos descansar un poco.

—Claro.

***

Yosef quería que Laila entendiera que lo que proponía era una teoría muy difícil de llevar a la práctica, pero ella era cabezona, cuando una idea prendía en su interior era imposible conseguir que se deshiciera de ella por muy válidos que fueran los argumentos que ponía sobre la mesa.

—Pero es que no sería algo tan complejo como tú estás diciendo —argumentó Laila.

—¿Cómo que no? ¿Sabes acaso la reprogramación que conllevaría siquiera? Meses, Laila, meses de trabajo y de más de una persona.

—No si utilizas el que ya está ahí —replicó ella señalando la pantalla del portátil.

—¿El que está ahí?

—¡Sí!

Yosef se llevó las manos a la cabeza, no daba crédito.

—Sé que lo he visto.

—¿El qué Laila, el qué?

—Lo de la luz…

—Ya estamos otra vez.

Yosef quiso decir algo más, pero ella volvió a taparle la boca con una mano.

—Tú sigue con el virus. —Intentó replicar y Laila le regañó como hacían las madres: levantando el dedo índice de la mano que tenía libre—. No, no, ni una palabra más.

Yosef pensó que sería mejor dejarla, no perder más tiempo y continuar con lo que estaba haciendo. En algún momento se daría cuenta de que él tenía razón. Así que regresó al código que era manejable, el del virus, al que debería darle un nombre menos genérico en algún momento.

Le costó bastante concentrarse en la tarea, en las modificaciones que debía hacerle al programa que había usado a pequeña escala y que serían necesarias para que funcionara en el escenario real: toda la ciudad de Ir Haorot o, al menos, una gran parte, no podía evitar mirar a Laila de reojo. Estaba tan concentrada y la vio tan segura de que encontraría lo que buscaba, tan convencida, que le dio un poco de pena. Al cabo de un rato, de forma automática, dejó de prestarle atención, su cerebro requería toda su capacidad dirigida a una sola cosa. Tras varios minutos necesitó un descanso y aprovechó para iniciar una purga automática del código en busca de algún error. Bostezó y estiró la espada y los brazos. Y, entonces, se dio cuenta de que Laila le miraba. Ella no dijo ni una palabra. Sonrió y giró el portátil para mostrarle la pantalla.

—¿Qué?

—La luz, Yosef, la luz —le contestó Laila en tono burlón.

La casualidad quiso que justo en ese momento, cuando estaba empezando a sentirse como un imbécil de tomo y lomo, las lamas de las persianas comenzaran a cerrarse. Era muy irónico si lo pensaba, porque a eso se refería lo que estaba leyendo, a lo que sucedía en el Kir Magan cuando oscurecía, cuando el sol desaparecía tras el horizonte. Recordó todas las veces que lo había inspeccionado de día y las que lo había cruzado de noche para ir hacia la ciudad subterránea en busca de Oren. Siempre había estado ahí, pero ni se había dado cuenta. Cuando la luz bañaba el Kir Magan, este dejaba de ser totalmente trasparente. A lo largo del muro se dibujaban líneas ondulantes que se movían como si fueran peces o como las anguilas. Así se mostraba el muro a los habitantes de Ir Haorot para que supieran dónde estaba exactamente el límite. Y, por eso, los pájaros solo se estrellaban de noche. Porque cuando la luz se iba, los trazos serpenteantes desaparecían.

—¿Cómo es posible? —se dijo Yosef a sí mismo.

—No solemos fijarnos en las cosas que damos por sentadas, a las que ya estamos acostumbrados o a las que no nos parecen importantes.

—¿Y cómo no me pareció esto importante?

—¿Y por qué iba a hacerlo? Yo me acabo de dar cuenta hace un momento.

—Madre mía… —dijo Yosef aún en estado de shock—. Madre mía.

—¿Crees que podrías usar ambas cosas? ¿Relacionarlas para que cuando oscurezca por completo el Kir Magan crea que hay un gran peligro y active el protocolo?

Yosef solo consiguió mirarla y asentir. Se dejó caer en el respaldo de la silla, entrelazó las manos y las puso tras la cabeza.

—Madre mía…

—Yosef, ya está, no pasa nada.

—¿Cómo que no?

—Tú mismo lo dijiste, no lo mirabas con los ojos adecuados.

—Ni con los adecuados ni con ninguno al parecer.

A Laila le dio la risa. Los brazos de Yosef cayeron derrotados en su regazo y ella le dio un apretón afectuoso en el hombro.

—Pues verás cuando te cuente el resto.

Yosef se puso rígido y la miró asustado.

—¿Aún hay más?

—Tenemos que hacerlo el miércoles.

***

Raina apenas pudo pegar ojo, lo único que consiguió fue quedarse dormida a intervalos y en cada uno de ellos le invadieron sueños fragmentados e inconexos que le provocaban ansiedad y agitación. Al final, decidió levantarse. Le dijo a Oren que siguiera durmiendo, que iría ella sola a su cita con Yosef y Laila. Salió al exterior y se dirigió al límite del pinar. Lunes, ya era lunes. Lo que en otras circunstancias solo significaría el comienzo de una nueva semana, en aquellas indicaba que al día siguiente se acabaría el plazo que Laila les había conseguido. Y aún no estaban preparados para afrontarlo.

Llegó al lugar de encuentro y se sentó cerca de uno de los árboles. Atardecía. Y decidió deleitarse un poco con el color del cielo, con la luz que empezaba a transformarse, a disiparse. No le dio tiempo a ser la primera en escribir el mensaje, el móvil de Yosef vibró en su mano. Tras los saludos, los “¿qué tal estás?” y la puesta al día, leyó:

RAINA
Miércoles. Eclipse a las 15:25.

Continuar a “Parte veinticinco: Eclipse”

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. katelynnon dice:

    Testigos 1 – Informáticos 0
    Parece que lo de “convertir” a la gente está dando más resultado y yendo más rápido que lo de sabotear el sistema de seguridad (o algo así, no me termina de quedar claro exactamente cómo funciona). Entiendo que intentarán aprovechar la oscuridad del eclipse para “hacer desaparecer” el muro.
    El posible reencuentro entre las dos hermanas es emocionante. Supongo que será duro y no sabrán muy bien qué decirse la una a la otra, pero precisamente eso es lo que hace que sea interesante.

    1. Jajaja. Cómo molan tus comentarios. Lo del cómo van a “sabotear el muro” a lo mejor no lo entiendes bien porque quizás me he pasado de misteriosa y de no querer explicar demasiado antes de tiempo. Lo sabré cuando llegué al final y vea el conjunto, supongo, o cuando hayan pasado meses y me ponga a revisarla, jajaja.
      Sí, lo del reencuentro entre hermanas… 😝
      Gracias por leer y comentar, Kate.

  2. Jose luis González dice:

    ¡Por dios, que desazón tengo..!¿falta mucho? Es que no me aguanto…
    Esperemos que no tardes meses en unir las piezas, darlas una cierta coherencia, muy poca, la verdad, y la empieces a mandar por ahí. ¿Cerbero? Creo que le pega bien.
    Lo mejor de todo: la facilidad con la que se lee y SE COMPRENDE. Sin tediosas descripciones de “donde nos encontramos”. A por el final.

    1. 😂
      No, no falta mucho, tranquilo. La verdad es que no falta casi nada. 😉
      Cerbero, ¿eh? No estaría mal y dicen que a la tercera va la vencida, ¿no? 😝
      Gracias por leer y comentar. Me alegro mucho de que te esté gustando y de tenerte en vilo.
      Un abrazo, J.L.

Responder a katelynnon Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s