De relatos: La maldición. Parte veinticinco: Eclipse

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El tiempo se movía pesado en los niveles más bajos de la ciudad subterránea. En los hogares de los tuneladores y los curtidores esperaban en silencio a que llegara el momento. Todo estaba en pausa, hasta el aire que respiraban, hasta la luz en las farolas. La señal llegaría y, entonces, se pondrían en marcha. El tiempo cambiaría. El mundo cambiaría.

—Necesitaremos muchas cosas —dijo Oren moviéndose nervioso cuando Raina le trajo las nuevas noticias—. Y no tenemos tiempo suficiente.

—Pues habrá que hacerlo como podamos —concluyó Raina.

Todos sabían lo que debían hacer. Coger el ungüento que les habían llevado, que habían guardado en tarros de barro y repartirlo por la piel que quedase expuesta.

—¿Cuánto protector solar crees que podrá traernos Yosef? —preguntó Oren.

—No lo sé —le respondió Raina.

—¿Y gafas?

—No lo sé.

—Tenemos que hablar con los demás ya.

—Sí.

Algunos debían ponerse sobre los ojos, cuando salieran al exterior y solo en el exterior, una cosa extraña que decían les protegería de la luz. Las habían repartido al azar porque no había para todos. Los demás tendrían capotes con capucha para cubrirse la cabeza y ocultar el rostro. Cómo habían conseguido que los tejedores se las hicieran y a cambio de qué era un misterio para la mayoría.

—Hay otro problema más —indicó Farah.

—¿Cuál? —preguntó Rashid.

—¿Cómo vamos a salir todos por aquí? No te ofendas, Oren, pero tu casa es minúscula y nosotros somos cientos.

—Tranquila, no me ofendo.

—Quizás… —se atrevió a decir Tarêq, aunque no muy convencido—, quizás podamos implicar a algún recolector o cazador.

—Seguro —dijo Farah sin ocultar su sarcasmo y su incredulidad—. Y hasta nos prepararan un aperitivo y todo.

—Con los tejedores funcionó —se defendió Tarêq.

—Bueno —intervino Oren—, quizás sí exista un cazador que nos ayude.

—Necesitaremos a más de uno —apuntó Farah.

—Uno es mejor que ninguno —dijo Raina mientras intercambiaba una mirada cómplice con Oren.

 

En la ciudad de luz los segundos se les escapaban de las manos. Los minutos parecían huir y solo eran dos para atraparlos.

—Vale —dijo Yosef—, repasemos el plan.

—Lo primero será comprar el mayor número de gafas de sol y protector que podamos. En esta tarea nos podemos dividir. —Laila le pasó un papel con un listado—. Tú te encargas de estas tiendas, yo del resto.

—De acuerdo. Después yo les llevaré todo.

—Tendrá que ser antes de que comience el eclipse, antes del toque de queda, porque si no, no podrás salir.

—Lo sé.

—Y antes de eso…

—Me ocuparé de reprogramar el Kir Magan.

—Exacto —Laila le miraba con cierta tristeza—. Al final, te vas a encargar tú de la mayor parte.

—No importa. Además, me tocaba por meteros en este lío.

—Tú no tienes la culpa de este lío.

—Bueno…

—No, no la tienes.

Laila cogió su móvil y se lo mostró a Yosef.

—Una última mentira.

Laila tocó la pantalla y se llevó el teléfono al oído. Después de tres tonos contestaron.

—Hola, papá… Sí, sí, todo fenomenal… De hecho por eso te llamaba, estamos tan bien que hemos decidido quedarnos un par de días más… Que sí, que no me he olvidado… Solo serán dos días más, no te preocupes, después me pondré las pilas como tú dices… Que sí, ya lo verás, encontraré el trabajo de mi vida.

 

Oren llamó a la puerta de Hassan, tres golpes suaves con los nudillos. Le sudaban las manos, así que las frotó en su pantalón, no quería darle un apretón húmedo a su mentor. Respiró hondo y se enderezó mientras esperaba a que abrieran, ante todo, quería parecer seguro, aunque en el fondo estuviera como un flan.

—Hola, muchacho —le dijo Hassan al otro lado del umbral—. Al final has venido, me alegro.

—¿Maestro?

—No te sorprendas tanto, muchacho. Soy muy observador. Anda, pasa. Cuéntamelo todo.

 

Raina no pudo evitarlo. Ir hasta el gremio de curtidores y observar en la distancia a su hermana. Mirarla trabajar, coger pieles y meterlas en barriles llenos de una solución a base de orines y heces para que se ablandaran. Secarse el sudor con el codo y apretar el nudo del pañuelo que llevaba atado y le tapaba la nariz y la boca para soportar mejor el hedor. Quería decirle que estaba allí, que era ella, antes de que todo se pusiera en marcha, porque quizás, entonces, ya no tendría tiempo. Pero tampoco pudo evitar quedarse callada y paralizada cuando Kamra se dio cuenta de que llevaba de pie sin quitarle ojo de encima un buen rato y se acercó a ella.

—¿Quieres algo? —le preguntó después de bajarse el pañuelo para que la escuchara mejor, pero ella no pudo contestarle nada, solo mirarla—. ¿Estás bien?

«Soy Raina. Me llamo Raina», se repetía en su cabeza mientras Kamra intentaba que le dijera algo.

—¿Te has perdido?

«Soy Raina. Soy Raina».

—¿Qué necesitas?

«Me llamo Raina. Me llamo Raina».

—Si te han expulsado —le dijo susurrando—, yo puedo ayudarte.

—¡Kamra! —gritó a su espalda un hombre enjuto—. ¿Qué puñetas crees que estás haciendo? ¡Vuelve al trabajo!

—¡Ya voy!

Cuando Kamra quiso dirigirse de nuevo a Raina, ella ya se había ido.

 

La primera pieza del dominó debía caer en la ciudad de luz. Lo curioso es que había sido la última en colocarse. Yosef tuvo que infiltrarse, de forma virtual, en el corazón del Kir Magan. Abrió una puerta trasera para penetrar hasta el centro del código y llegar a un lugar solo accesible a altos cargos. Mientras buscaba pensó que, al final, aunque hubiera sido de casualidad, habían elegido el mejor momento para hacer aquello. A causa del eclipse era un día de excepción y en su trabajo solo estaba el personal mínimo necesario. Por lo que apenas se había encontrado con dos compañeros.

­—Aquí está —se dijo a sí mismo—. Protocolo de evacuación. Perfecto. Y ahora…

En su monitor había desplegado un fondo grisáceo lleno de nodos rectangulares y blancos unidos entre sí por líneas. No pudo evitar sonreír, aquel diagrama lleno de figuras y trazos le recordó al estrambótico sueño de Laila. Creó un nodo más.

—Veamos… —dijo mientras trazaba una línea desde el rectángulo nuevo hasta el del protocolo de evacuación—. Y ahora el toque final.

Separó otro de los nodos blancos, uno que estaba arriba a la izquierda y que estaba nombrado como “Día/Noche”, y lo desplazó, acercándolo a los otros dos. Y lo unió al que había creado.

—Sí, con eso debería bastar.

Yosef se reclinó en el asiento observando aquellas tres figuras rectangulares y las líneas que los conectaban. Miró su reloj.

—Hora de irse.

 

Tras la primera pieza, llegó la segunda. Laila paseaba por la calle, paralela al muro.

—¿Cómo sabré que lo has conseguido? —le había preguntado a Yosef antes de que se fuera.

—El Kir Magan se volverá totalmente trasparente. Desaparecerán las líneas ondulantes.

Las observó mientras daba un paso tras otro. Nunca se había fijado así en ellas, sí que parecían como morenas moviéndose en un acuario. Animales marinos de mentira, como lo que significaba aquel muro.

Desaparecieron de repente, como si se hubieran evaporado. Laila se detuvo, igual que otros transeúntes, y se quedó unos segundos mirando el nuevo aspecto del Kir Magan.

—Muy bien, Yosef —dijo sacando el móvil del bolsillo de su abrigo—. Mi turno.

Laila desbloqueó la pantalla. Abrió el programa que Yosef había creado; lo había llamado “Prodigiosa Laila”. Le dio la risa.

—Pero qué bobo eres.

Activó el programa y esperó. Segundos después pudo ver cómo parte de la gente a su alrededor recibía el mismo mensaje, cómo algunos despotricaban ante la enésima advertencia gubernamental sobre el eclipse y otros leían sin más, cómo lo aceptaban o lo rechazaban. Y, en cuanto lo hacían, el mismo mensaje le llegaba a otros, a muchos más.

 

Yosef caminaba por los pasillos del edificio donde trabajaba en dirección a la salida. Otro compañero le cortó el paso.

—Yosef.

—Sí, dime.

—Ha saltado un aviso. Nada alarmante, pero algo le pasa al muro.

—Ya, lo sé. Ahora iba a mirarlo.

—Ah, genial.

Yosef continuó su camino sin darle más explicaciones.

—¡Oye! —Escuchó a su espalda—, si ves que no te va a dar tiempo, déjalo. Manda narices que tenga que pasar precisamente hoy.

—No te preocupes, lo haré —le respondió sin detenerse y sin mirarle.

Yosef salió a toda prisa y se dirigió a su coche en el aparcamiento. Cogió un abrigo y una mochila enorme que había comprado para la ocasión. Estaba llena de gafas de sol y crema protectora. Se fue hasta el Kir Magan y abrió un umbral en él. Antes de cruzarla miró a las cámaras. Era la primera vez que haría eso sin desconectarlas, probablemente también la última. Se despidió con la mano de quien estuviera mirando al otro lado y se fue hacia el pinar, hacia el descampado donde siempre quedaba con su hermano.

 

Raina esperaba a que Oren apareciera con Yosef en la lejanía. Era la única que había decidido hacerlo en el exterior. Quería estar un momento a solas y alejar de su mente el fracaso del encuentro con su hermana. Los demás estaban dentro, en casa de Oren, al resguardo de la luz. Escuchó pasos apresurados y después les vio.

—Hola, Raina —le dijo un sofocado Yosef—. Siento mucho…

Ni le dejó acabar la frase, se abalanzo hacia él y le abrazó.

—Vamos, chicos —les dijo Oren—. No tenemos mucho tiempo.

Tras las presentaciones, tras el “así que tú eres Tarêq”, empezaron a repartirse lo que Yosef había traído.

—Abla se encarga de los curtidores —dijo Oren entregándole botes y gafas que ella guardaba en una bolsa de cuero—. Tarêq te ayudará.

—Rashîd y yo de los tuneladores —apuntó Farah.

—Exacto —continuó Oren—. Laila y Yosef se quedarán aquí para procurar que la salida sea ordenada. Yo les llevaré su parte a los tejedores que nos han ayudado y a mi mentor. Me quedaré con él. Nos encontraremos en el punto reunión. ¿De acuerdo?

Todos asintieron.

—¿Alguna duda?

—No —respondieron a la vez.

 

El tiempo contaba sus últimos minutos en los hogares de los tuneladores, curtidores y algún que otro tejedor. Los segundos iban hacia atrás en la pequeña morada de Oren mientras Raina y Yosef contenían el aliento con la mirada fija en la puerta. Mientras Laila esperaba en la calle, observando a los demás haciendo con calma sus últimas compras o dando un paseo relajado hacia sus casas. Mientras el viejo Hassan recibía instrucciones de su pupilo sintiéndose extraño al haber intercambiado los papeles.

—¿Y dices que esto me lo tengo que poner en la cara? —preguntó atónito sosteniendo entre sus manos aquel objeto extraño.

—Sobre las orejas, la nariz —le contestó Oren ayudando a su mentor a colocarse las gafas— y frente a los ojos.

—Por la luna, muchacho, no veo nada.

Oren no pudo evitar sonreír, las gafas de sol que Laila y Yosef habían conseguido tenían los cristales oscuros y allí, bajo la iluminación tenue de Taht Alardi, lo volvían todo negro.

—No se preocupe, maestro, en el exterior verá mejor. Ahora quíteselas.

—De acuerdo.

—Todavía puede echarse atrás si quiere.

—No, muchacho, esto yo no me lo pierdo.

 

Laila fue la primera en saber que el tiempo había llegado a su fin. En cuanto se cerraron las puertas y las persianas de las ventanas. A su alrededor la primera reacción fue de desconcierto. A algunos les había pillado en la calle, pero a otros dentro de los edificios o los locales comerciales. Los del exterior se acercaron a las puertas en un acto reflejo para comprobar que estaba cerradas de verdad, como si no pudiesen creer lo que sus ojos veían. Desde el interior se empezaron a oír golpes de personas llamando a puñetazos. Los que se habían quedado fuera hablaron con los que estaban dentro, intentando tranquilizarse los unos a los otros. Seguro que era un error, un simple fallo de cálculo, aún quedaba una hora para el toque de queda y algo más para el comienzo del eclipse. En seguida lo solucionarían, en seguida.

 

Un golpe seguido de dos en cada puerta. La señal esperada para salir y dirigirse al nivel superior. En silencio y en orden. Rashîd y Farah dirigirían a los tuneladores hacia la casa de Oren. Abla y Tarêq a los curtidores hacia la de Hassan. Oren iría a buscar a los tejedores que se habían unido en el último momento y les habían proporcionado los capotes y otras prendas de abrigo para afrontar las condiciones del exterior. Ninguno de ellos llevaría más que lo puesto, salvo algunos tuneladores, aquellos que tuvieran picos.

 

El momento del eclipse se acercaba y las puertas permanecían cerradas. El nerviosismo en Ir Haorot se fue transformando en temor y varias personas intentaron abrirlas a la fuerza. Se oían sirenas a lo lejos de los coches de policía y de bomberos a los que el incidente les había pillado fuera de sus cuarteles. No sabían muy bien hacia dónde ir ni qué hacer, nada tenía sentido. Los primeros dieron vueltas por la ciudad para comprobar si sucedía lo mismo en todas partes. Los segundos se unieron en la tarea de intentar abrir las puertas o las ventanas. El sistema de seguridad que cerraba a cal y canto todos los edificios de la ciudad cuando se acercaba la noche, resistió sin esfuerzo, era un mecanismo demasiado robusto para ser vencido así como así.

 

En rigurosa fila de a uno fueron saliendo los tuneladores por la casa de Oren. Yosef les iba dando paso al principio de las escaleras y Raina, ya en el exterior, les recordaba a quienes tuvieran gafas que debía ponérselas y a los que no cómo tenían que colocarse la capucha para protegerse los ojos. Después les indicaba que esperasen resguardados bajo las sombras de los árboles. Lo mismo sucedía en el hogar de Hassan, pero sus escaleras eran más anchas y permitían el ascenso de dos a la vez. Los curtidores y tejedores salían a más velocidad y quién les esperaba en la superficie era Oren. A algunos les costaba salir por la puerta impactados por la luz. A otros les daba la risa nerviosa, incapaces de asimilar tantas emociones. Cada cual reaccionaba como podía ante lo que veía y sentía, y a su manera lo compartía con el de al lado.

 

Los gritos de desesperación comenzaron cuando la primera porción de sombra apareció sobre el sol. Hubo gente que se metió en sus coches, cerrándolos para que no entrara nadie más en ellos. Nadie de aquellos que los aporreaban desde el exterior. Familias enteras, parejas o amigos se acurrucaron unos junto a otros bajo soportales o las puertas de las tiendas, como cuando buscas refugio contra la lluvia que arrecia. Laila caminaba despacio mientras el caos y el pánico controlaban a los demás. Un paseo para hacer tiempo hasta que el eclipse fuera completo. Oía sus llantos, su desesperación aumentar a media que la luz se iba, que la luna tapaba al sol.

 

Ambos grupos, el que guiaba Oren y el que conducían Yosef y Laila, se dirigieron al punto de encuentro. Un último lugar de espera cerca del límite del pinar, cuando aún no se podía divisar Ir Haorot con claridad.

—Bien, escuchadme —dijo Oren en voz alta—. Los tuneladores que llevan los picos irán en primera fila.

En cuanto terminó la frase todos los aludidos ocuparon su lugar en la vanguardia.

—Yo os indicaré cuándo continuamos. Tened paciencia.

Raina sabía que no debía moverse de donde estaba, que tenía que ser, junto a Oren y Yosef, quienes encabezaran la marcha. Pero necesitaba comprobar algo antes de nada.

—¿A dónde vas? —le preguntó Yosef.

—Quiero saber si mi hermana está aquí.

Yosef asintió y la dejó ir. Raina se mezcló en el grupo, caminó entre ellos buscando con la mirada el rostro de Kamra. Escuchó a una mujer recriminando a otra persona que se hubiera llevado a su hijo.

—No tenía con quién dejarlo. ¿Qué habrías hecho tú?

Creyó reconocer la voz de su hermana y se volvió hacia ella.

—Quedarme en casa, por ejemplo —siguió increpándola la mujer, una afortunada a la que le habían tocado gafas.

—No podía hacer eso.

—¿Cómo que no?

El niño que le acompañaba se ocultó detrás de sus piernas. Naim, así se llamaba su sobrino, seguro que era él.

—Tú no lo entiendes, yo… —continuó explicándose Kamra.

—¿Ocurre algo? —Abla interrumpió la discusión, parecía haber salido de la nada.

—No —le respondió la otra mujer agachando la cabeza.

—Ya me parecía a mí.

Raina observó a Abla alejarse y recuperar su posición al frente del grupo. Después volvió a mirar hacia su hermana. El corazón le dio un vuelvo cuando vio que Kamra también lo hacía bajo la capucha de su capa. Ahora estaba segura de que era ella.

No fue consciente de cuánto estuvieron así, mirándose sin decirse nada, hasta que oyó a Oren a lo lejos dar la orden de avanzar. Miró al cielo con sus ojos protegidos por las gafas que tanto odiaba para comprobar que al eclipse le faltaba poco. Todos empezaron a caminar menos ella. Observó a su hermana pasar a su lado cogiendo a su hijo en brazos. Había dejado escapar otra vez la oportunidad de decirle algo. Agachó la cabeza y cerró los ojos, no pudo evitar pensar que quizás no tuviera más. Cuando los volvió a abrir para seguir al resto, vio a su hermana parada frente a ella.

—¿Vienes? —le preguntó Kamra.

Raina se quedó mirándola, recordando a la niña que fue, a la que se negó a ir con ella y la pena, en forma de lágrimas, comenzó a inundar sus ojos.

—Vamos, ven, no tengas miedo.

Como no pudo contestarle con palabras, comenzó a andar. Caminaría a su lado, aunque esta vez no se dirigieran a casa.

 

La oscuridad invadía poco a poco Ir Haorot y todos en la ciudad quedaron en silencio. Ante el final, ¿de qué servía gritar? Laila se maravilló ante la visión de su ciudad quedándose sin luz. Un murmullo creció a su alrededor, entre las personas que se habían resguardado y la miraban sin comprender por qué permanecía en medio de la calle tan tranquila.

—Vaya… —dijo Laila al ver el vaho que salía de su boca.

Qué curioso le resultó que hasta el aliento adquiría un aspecto nuevo. Laila tomó aire de nuevo y lo exhaló poco a poco. Quiso tocar la niebla que salía de su boca, pero esquivaba sus manos y se deshacía en el aire. Todos la observaban, pero ella no era consciente. Y empezó a caminar para encontrarse con los demás, con los que vendrían desde Taht Alardi.

 

El corazón de Oren latía desbocado en su pecho. La visión de su ciudad natal le provocaba sentimientos encontrados. Volver a acercarse a ella, al muro que la protegía y que le había impedido regresar, le hacía sentir, sobre todo, rabia y decepción. Se detuvo a medio metro de él y los demás hicieron lo mismo. No parecía que hubiera cambiado, seguía teniendo el mismo aspecto que la noche que le rechazó.

Sintió una mano posándose en su hombro, dándole un ligero apretón. Era la de Tarêq. Le sonrió.

—¿Tú no tenías que estar ayudando a Abla?

—Es posible, pero ahora estamos parados, no creo que las ovejas se me descarríen.

A Oren le dio la risa.

—Vamos —le dijo Tarêq señalando con la mirada al muro—. Destrózalo.

Oren se acercó más al Kir Magan, lo justo para poder extender la mano y ser capaz de tocarlo. Al presionarlo con los dedos lo sintió flexible, las yemas se hundían en él.

—¡Yosef! —llamó a su hermano.

Yosef se acercó corriendo.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

—Mira —le contestó mientras volvía a tocar el Kir Magan para mostrarle el resultado—. Creo que no ha funcionado.

—El eclipse todavía no es completo.

—¿Seguro que es por eso?

—Sí, ya lo verás.

La luna, por fin, tapó en su totalidad al sol. Yosef contuvo el aliento y no apartó la vista del muro. Estaba tardando más de lo que él esperaba. A su espalda notaba la inquietud de los demás.

—Vamos —se dijo a sí mismo—. Vamos, vamos.

El cambio fue sutil a los ojos, sobre todo para aquellos que no sabían lo que había que ver. Para los de Yosef fue evidente. Una especie de pátina avanzaba por él, no llegaba a ser igual que en su sueño, pero ahí estaba, como si otra textura lo invadiera poco a poco. Al mirar al frente, se vio a sí mismo, un reflejo difuso como el que te devuelve el cristal de una ventana. Lo tocó con el dedo índice. Estaba rígido. Le dio unos golpecitos. Sí, sonaba igual que el cristal.

Rashîd se acercó a Oren y le ofreció su pico. Él agradeció el gesto. Lo agarró fuerte por el mango con ambas manos. Miró al Kir Magan. Quince años. Eso es lo que veía en él. Respiró hondo. Quince años. Y con toda su ira lo golpeó. La punta del pico se clavó haciendo un pequeño agujero rodeado de grietas. Oren sonrió triunfal. Y volvió a la carga. Una y otra vez, descargando toda la rabia en él, devolviéndole cada uno de los días que su hermano vivió creyendo que le había dejado morir. El resto de tuneladores se colocaron a su lado para unirse a la tarea. Abrirían una brecha en el muro, un boquete enorme por el que todos pudieran pasar.

 

Laila avanzaba en dirección contraria al resto, a los que corrían en desbandada. «¡Los otros!», gritaban, «¡los otros están rompiendo el Kir Magan!». Seguro que todo aquello era cosa suya. Venían a acabar con ellos. Laila les vio al otro lado del muro, cientos de personas esperando pacientes mientras una decena de ellos no dejaban de atacar con picos el muro. Buscó a Raina con la mirada, pero no la encontró. Divisó a Yosef y aceleró el paso para llegar a hasta él.

—¡Laila! —le gritó él al otro lado—. Ten cuidado, no te acerques mucho.

Se alejó un par de pasos.

—¿Dónde está Raina?

—Ahora te lo explico.

—¿Qué? ¿Ya estamos otra vez?

—Tranquila, está aquí —le contestó y añadió señalando con las manos a su alrededor—. Por algún sitio de aquí.

Laila negó con la cabeza. Y Yosef se encogió de hombros.

—Este es mi hermano, por cierto.

Una parte del muro cayó hacia delante. Laila se alejó un poco más. Siguieron golpeando y golpeando hasta que el agujero fue lo suficientemente grande para que pudieran pasar con holgura. Les observó entrar temerosos siguiendo las indicaciones del hermano de Yosef. Pasaban por su lado mirándola de arriba abajo. Ella también lo hacía con ellos. Cabellos y ojos claros, como Raina. Una vez la superaban, su atención se iba a los edificios, a los coches abandonados, a las señales de tráfico o las papeleras.

—¡Laila! —escuchó a Yosef llamarla—. Lo conseguimos, ¿no es increíble?

Yosef la abrazó y la levantó en volandas.

—Ya te digo que lo es —le dijo abrazándole también.

Una vez la devolvió al suelo, hizo las presentaciones.

—Este es Oren.

—Hola, encantado—le dijo Oren tendiéndole la mano—, famosa Laila.

—¿Famosa? —le dijo estrechándola.

—Oh, sí, reina de la revolución.

—Sí que os parecéis vosotros dos.

—Somos gemelos —respondió Oren con orgullo—. Bueno, ¿y ahora qué? ¿Cuál es el siguiente paso?

—No sé, ¿esperar a que pase el eclipse y vuelva la luz?

 

Raina avanzaba en silencio junto a su hermana y su sobrino. Estaban al final de la cola, serían de los últimos en entrar.

—Se ha quedado dormido —le dijo a su hermana.

Naim tenía la cabeza apoyada en el hombro de su madre y los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, rendido al sueño.

—Sí, a estas horas lo normal es que ya llevara tiempo en la cama.

—¿Por qué te has arriesgado a venir con él? —se atrevió a preguntarle.

—Tengo una buena razón, créeme.

—¿Cuál? —le dijo Raina intuyendo la respuesta, deseando que esa fuera la respuesta, con el corazón acelerado retumbando en su pecho.

—No me creerías si te lo contara.

—Me parece que hoy es un día para creerse cualquier cosa.

—Tienes razón… —Kamra sonrió para sí misma—. He venido a buscar a alguien.

—¿A quién?

Raina la miraba sintiendo que si escuchaba su nombre de labios de su hermana se derrumbaría allí mismo y también si no lo hacía, pero Kamra no contestó. Estaban a punto de entrar en la ciudad de luz y su visión la hizo detenerse.

—Oh, por la luna… —exclamó su hermana. De cerca los edificios parecían más altos, como si de verdad tocasen el cielo.

Raina dio un paso y cruzó la línea que antes delimitaba el Kir Magan. Se volvió hacia Kamra y sonrió al ver que la historia se repetía. Estaban en el mismo punto que aquella vez y tuvo la certeza de que, ahora sí, era su última oportunidad.

—Tranquila, no pasará nada. —Raina extendió una mano hacia su hermana y repitió algo que le dijo aquella vez—. No duele, Kamra, no duele.

La sorpresa se dibujó en la cara de su hermana y en sus ojos vio cómo, poco a poco, se despejaba la duda.

—¿Tú?

—Me llamo Raina —le contestó—. Soy Raina.

 

La luna continuó su camino. Y el sol entró en fase creciente. La luz regresaba a Ir Haorot como una caricia, como la marea que sube despacio lamiendo la orilla. Los centenares de habitantes de la ciudad subterránea recorrían sus calles despacio y muy juntos mirando hacia todos lados mientras que los de la de luz huían o permanecían agazapados dentro de los coches o bajo los soportales pegándose a las puertas de metal. El pánico no les dejaba darse cuenta de que seguían allí a pesar de la oscuridad, de que la penumbra se disipaba y no pasaba nada, de que a los otros, los claros, los del allí y el abajo, el sol les tocaba y ni se inmutaban, solo caminaban y caminaban.

Oren se paró y les miró, enfrentándose a su miedo. Uno de ellos rodeado de los otros, junto a uno de los otros, cogiéndole la mano, besándole.

Yosef siguió andando sin darse cuenta de que dejaba a su hermano atrás. Su cuerpo avanzaba guiado por la inercia del grupo, pero, en realidad, él hacía tiempo que se había detenido. Aquel era el final de un viaje largo y agotador y, por fin, podía descansar.

Laila vio a Raina cruzar el umbral llevando de la mano a otra mujer con un niño en brazos. Se quedó observándola lo suficientemente cerca para que Raina se diera cuenta de que estaba allí. Nunca se había visto así, como se verían si estuvieran en el mundo de Raina, donde no existía el sol. La penumbra se disipaba y solo se miraban. Y a medida que se iba, que la luna se retiraba, que los colores cambiaban, una sonrisa crecía en su rostro. No había diferencia, con luz o sin ella, no había diferencia. Laila era Laila. Y Raina, tan solo Raina.

Cuando el eclipse terminó, las puertas se abrieron, las lamas de las persianas se retiraron. Los otros salieron de los edificios y se encontraron con los otros. Estaban bajo la luz. ¿Cómo era posible? Buscaron a los suyos, los que se habían quedado fuera, creyendo que habían perecido. Pero allí seguían, sin entender qué había pasado, qué estaba pasando. La marcha de la ciudad subterránea se detuvo. Los que se agazapaban dejaron de hacerlo. Y ambas ciudades estuvieron frente a frente. Ojos claros mirando oscuros. Piel pálida. Cabellos negros. Todos en el mismo lugar y en el mismo momento. Sin aquí ni allí. Ni arriba ni abajo. Ni cuando sale el sol o cuando se oculta. Sin saber qué hacer, ni qué decirse. La antigua realidad se hacía añicos. ¿Qué sería de sus mundos ahora? Cuando algo se derrumba, solo queda decidir qué se construirá sobre él.

 

Continuar a “Epílogo: Plenilunio”

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. katelynnon dice:

    ¡Qué emocionante y emotivo! Aunque ahora me preocupa que aparezca la policía de la ciudad de la luz y les dé pa’l pelo a los que se han cargado el muro…
    Creo que mi parte favorita ha sido la de Raina y Kamra. Tenía muchas ganas de presenciar ese reencuentro y me encanta que haya varios intentos fallidos, pero que Kamra sea tan amable con su hermana cuando no sabe quién es… y que quiera buscarla después de todos estos años. No sé por qué, es de esas cosas que me derriten.

    1. Cuánto me alegro de que te haya parecido emocionante. La policía están aluciando tanto que no sé yo si les reaccionaran las neuronas, jajaja.
      Te confieso que la parte de Raina y Kamra la rehíce un par de veces, no conseguía contarla como creía que debía ser para que resultase realista y acorde a su forma de ser. Por lo que me emociona mucho que esa sea tu parte favorita y te haya puesto blandito el corazón. 🙂
      Gracias, Kate, por leer y por tus comentarios molones.
      Un abrazo.

  2. mesdie dice:

    Impresionante!!! Me ha ENCANTADO!!! Espectacular, genial, fantástico… mira que me “tenía enganchada” desde el primer capítulo pero el final… no tengo palabras!! Mi más sincera ENHORABUENA!!! Lo has hecho bárbaro! Felicidades!🎊🍾

    1. ¡Muchas gracias! Ay, qué ilusión. De verdad, me hace mucha ilusión que te haya encantado y que lo hayas disfrutado así desde el principio. 😊😄
      Un abrazo enorme, María. 😘

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