De morirse de miedo (III)

Hoy me gustaría hacerte una pregunta: ¿quieres vivir para siempre? Vaya, ¿no sabes qué contestar? ¿Dudas? ¿Por qué? En realidad te gustaría decir que sí, admítelo, pero tienes miedo. A ti, que dices que esto del terror no te gusta, al pensar en la inmortalidad te ha dado un pequeño escalofrío. Bueno, quizás eso de no morir no es lo que te asusta, sino el precio que tendrías que pagar por ello. Algo así como tu alma, ¿no?

Intentar vencer a la muerte debería ser un género en sí mismo, ¿cuántas historias giran en torno a este tema? Cientos, miles. Y como todo lo miramos desde nuestro prisma de ser con fecha de caducidad, la gran mayoría de esas historias nos dicen que alcanzar la inmortalidad nunca trae nada bueno. Vivir mientras los demás mueren. Permanecer y contemplar cómo todo cambia menos nosotros. ¿Cómo íbamos a ser capaces de soportar eso eternamente? Al parecer, al final, cuando todos aquellos que conocimos y quisimos se vayan una y otra vez, una y otra vez, acabaremos añorando nuestra antigua mortalidad. Pero, ¿por qué alguien a quien la visita de la Parca le es ajena iba a preocuparse por la muerte de los demás? ¿Acaso no nos miraría como seres insignificantes e inferiores o, como mucho, como un tierno y jugoso tentempié?

Hijos de la noche, chupasangres, vampiros. Una de las criaturas más fascinantes y temibles nos la ha dado el género de terror, el gótico y romántico para ser precisos. Ay, angelito, que tú te creías que romanticismo era que tu pareja te regalara flores o bombones y no, es algo mucho más oscuro y perturbador.

Aunque el mito del vampiro ha estado presente en muchas culturas y civilizaciones antiguas, en algunos casos representados como una deidad o un demonio, la versión más popular es la de origen eslavo. Y de entre todos los vampiros el más famoso es, sin duda alguna, Drácula y Nosferatu de F. W. Murnau, grande entre los grandes del cine, la versión cinematográfica más fiel del clásico de Bram Stoker. Esta película anterior a la llegada del sonido nos mostró un vampiro bastante espeluznante, no solo por aquello de ser nuestro mayor depredador, sino por su aspecto, más cercano a un monstruo que a una reencarnación maligna de Eros. Aun así es un vampiro seductor, hipnótico, a cuyo deseo nos resulta muy difícil resistirnos. Y ese binomio deseo-terror (u horror) es parte indisoluble de estos ángeles de la noche.

Asociar nuestros instintos más primitivos a algo oscuro y que proviene del mismísimo Satán es algo que está muy arraigado en nuestra cultura, la religión lleva encargándose de ello siglos. El sexo es pecado y la tentación, que tiene múltiples formas, siempre arrastra a los más débiles de espíritu. Y es que hay vampiros demasiado guapetones y al verlos aparecer como si nada en un concierto cualquiera, tus ojos les siguen sin remedio entre la multitud y se te queda cara de panoli.

Jóvenes ocultos llegó al cine mucho antes de que las sagas literarias juveniles o Young Adult sobre vampiros se popularizaran. Lo curioso es que la idea de los guionistas fue hacer una versión terrorífica del clásico Peter Pan y por eso el título original es The Lost boys como la pandilla de niños de Nunca Jamás. Al final llegó Joel Schumacher y les añadió más sensualidad y un look de jóvenes gamberros para alejarlos de la imagen del Drácula elegante y sofisticado que interpretó, por ejemplo, Béla Lugosi. Lo que al final fue un acierto porque Jóvenes ocultos tiene personalidad propia en un universo tan superpoblado como es el de los chupasangres. A dos mil veintiuno he de decir que ha envejecido bastante bien y que su banda sonora es de diez. Y no solo eso, también es una excelente guía sobre cómo enfrentarte a uno de estos seres si, por casualidad, no quisieras que te mordieran el cuello.

Veo que sigues insistiendo en negar la evidencia. Dices que el terror no te interesa, pero los vampiros te encantan, no mientas, por eso sabes tantas cosas sobre ellos. Como que no pueden ver la luz del sol y duermen de día. Que tienen la piel pálida y su corazón ya no late. Su aspecto nunca cambia y la mayoría son eternamente jóvenes. Algunos son alérgicos al ajo y a otros les dan urticaria los símbolos religiosos como las cruces. Una estaca en el corazón acaba con ellos, pero también que les corten la cabeza o les quemen (mira, como a las brujas). Beber su sangre te convierte en uno de ellos y, a veces, acabar con el vampiro jefe te devuelve la humanidad. Y nunca, nunca, pueden entrar si no les invitas.

Déjame entrar, la versión sueca, es una de mis películas favoritas. Los paisajes nevados, las calles casi vacías, la oscuridad de un invierno con pocas horas de luz componen el lugar de caza perfecto para un vampiro. Esta cinta basada en el libro homónimo de John Ajvide Lindqvist, le dio un aire nuevo al mito del chupasangre manteniendo las reglas básicas de los vampiros, como que el sol les quema o que no pueden entrar en tu casa si no les invitas. Lo consiguió contando una historia muy sencilla: la relación entre un niño que sufre bullying y una vampira a la que su eterno aspecto infantil condiciona en un mundo adulto. Dos personas cuyas circunstancias les hacen ser solitarias y que encuentran en el otro algo más que un amigo. Déjame entrar bajó al mundo terrenal a un ser al que le habíamos otorgado un estatus de semidiós, ajeno y opuesto a nosotros, y lo mostró tan vulnerable como fuerte, necesitado de afecto al mismo tiempo que letal, aunque nunca cruel. Esta película tiene una factura exquisita y lo que más me gusta de ella es que sabe cuándo usar el fuera de cámara para que el espectador complete lo que sucede y cuándo mostrarlo en toda su ferocidad.

Al principio de la cinta a la niña vampiro de Déjame entrar le acompaña un adulto y esto me recuerda que existen dos personajes arquetípicos que forman parte del imaginario vampírico. Por un lado tenemos al sirviente, encargado, entre otras cosas, de velar el sueño de su señor y por el otro nos encontramos con su gran antagonista.

Lo siento, tenía que nombrarla. No se puede hablar de vampiros sin mencionar a la más grande de todos los cazavampiros: Buffy Summers. Y gracias a esta revisión de mis miedos favoritos me estoy dando cuenta de una cosa: muchas de mis heroínas de cabecera existen gracias al terror. Qué tiene de especial Buffy, algo tan sencillo y a la vez tan difícil de encontrar como que la rubia “tonta”, la animadora pija destinada a ser popular y novia del capitán de fútbol del instituto, la primera víctima del asesino en serie del enésimo slasher sea la heroína. Una heroína imperfecta que comete errores y que muchas veces desearía huir, harta de lidiar no solo con monstruos y demonios varios, sino también con el infierno del instituto. Buffy, cazavampiros fue un gran éxito y necesitaría más de una entrada para hacerle justicia a todo lo que aportó, no solo al género, sino a las series para adolescentes y a la diversidad en una época bastante complicada para hacerlo. Es una serie de culto objeto de estudio y análisis de académicos y antropólogos, ahí es nada, que toca temas tan espinosos como las relaciones abusivas o las adicciones.  Buffy, cazavampiros me mantuvo fiel y pendiente de cada nuevo capítulo durante sus siete temporadas,me acompañó al comienzo de mi proceso de autoaceptación y me regaló a Tara y a Willow, dos brujas “in love” (sí, bueno, no me he olvidado de lo que le pasó a Tara, pero prefiero obviarlo). Siempre tendrá un hueco en mi corazoncito y otro en mi estantería. 😛

Y hablando de series sobre vampiros…

Hay quien dice que los vampiros son en realidad otro tipo de especie. ¿Quién lo dice? Yo qué sé, alguien. Si no me equivoco en una de nuestras maravillosas tertulias mensuales de mi querida asociación friki (ACLFCT, Cylcon para los amigos), tuvimos un debate al respecto. Creo que fue en esta. El caso es que una aproximación muy válida y no demasiado sobada sería que los vampiros fueran otra especie que conviviera con la humana. ¿Y qué sucede cuando dos especies comparten espacio si una de ellas se caracteriza por no llevar demasiado bien eso de la diversidad cultural? Conflictos y más conflictos, puedes llamarlo “vampirofobia”. Vale, sí, tal vez esta fobia esté un pelín justificada. Al fin y al cabo a los vampiros les gusta la sangre, nuestra sangre. Y hasta tienen preferencias con el grupo sanguíneo.  Bueno, para resolver este pequeño escollo de convivencia, ¿qué te parecería fabricar sangre sintética de distintos tipos? Cero negativo, A positivo, etc. Podríamos embotellarla y venderla en supermercados, restaurantes y bares. El negocio del futuro. Yo lo veo, hasta tengo el nombre perfecto: TruBlood.

True Blood fue un despiporre de sangre, vísceras y sexo, una serie de terror cargada de humor negro y desenfrenada. Los vampiros ya no se esconden, todos saben que existen y esto provocará reacciones enfrentadas. Los amarás o los odiarás. Si es lo primero, te prestarás voluntario para que prueben tu sangre y lo que surja. Si es lo segundo, te unirás a aquellos que los creen un peligro que debemos controlar o erradicar. Los vampiros no son seres de luz, no, son los reyes de la noche, pero los humanos, ay, los humanos… En esta serie ambientada en la américa profunda hasta tendremos traficantes de sangre de vampiro, la droga más potente que existe. Y claro, si cazas a uno de estos seres para desangrarlo como a un cerdo, es posible que una noche cualquiera desaparezcas de repente. True Blood no solo contiene vampiros, también hombres lobo, metamórficos, brujas, diosas, hadas, vudú… todo lo sobrenatural tiene cabida en esta serie que yo disfruté hasta que se descontroló tanto que ya no sabía por dónde cogerla. Siete temporadas de una serie inclasificable y única con aires de película de serie b y repleta de gente sexy para todos los gustos como nunca antes nos encontramos, ni encontraremos. Así cualquiera se deja morder y convertir y lo que sea menester.

Como curiosidad te diré que yo tuve el placer de ver una de esas botellas de TruBlood en persona. Lástima que solo fueran de muestra y no estuvieran a la venta. Lástima.

Es imposible hablar sobre vampiros y no mencionar la que probablemente sea la saga literaria más icónica de este subgénero terrorífico: Crónicas vampíricas de Anne Rice. Y que a mí me viene de perlas para cerrar esta tercera entrega y retomar la pregunta que te hice al principio. ¿Realmente querrías vivir eternamente? En Entrevista con el vampiro conoceremos a Lestat y a Louis, dos vampiros que llevarán su naturaleza de no muerto de maneras diferentes. Pero no es en ellos donde se encuentra la respuesta a mi pregunta, no está en sus visiones contrapuestas sobre cómo ser un vampiro, sino en Armand, el personaje que interpretó Antonio Banderas en la versión cinematográfica de Neil Jordan. Armand busca en Louis alguien que le ayude a adaptarse al nuevo mundo, a no quedarse atrás, anclado en el pasado, en una época que ya no volverá. Y lo necesita porque en su interior agoniza, porque no quiere desvanecerse como todo aquello en lo que creía, sus antiguos valores, su forma de vivir, su cultura. La inmortalidad implica reinventarse una y otra vez, de alguna manera morir y renacer. Y por las luchas generacionales que a menudo aparecen en redes sociales me da que pocas personas lo conseguirían con éxito. Imagínate a alguien que se pase siglos reivindicando los dibujos animados de su infancia. Sí, exacto.

Si tu respuesta es que sí, que vivirías para siempre. Dime, ¿qué clase de vampiro serías? Abrazarías tu nueva naturaleza sin remordimientos como Lestat o te aferrarías con garras y colmillos a lo poco que te quede de tu antigua humanidad como Louis. Yo tengo claro que de ser una vampira sería una muy escrupulosa, existen personas en este mundo a las que no les chuparía la sangre ni aunque me pagaran. Solo de pensarlo… Me acaba de dar una arcada.

Espera, espera, que te veo venir. Ya te estás quejando porque me he dejado un montón de ángeles de la noche sin mencionar. Ni un guiño a la versión de Coppola, oye, qué vergüenza. Ni al tropo de la vampira lesbiana. Que por cierto, antes de Drácula existió Carmilla de Sheridan Le Fanu. Ni a las versiones protagonizadas por Christopher Lee. Ni te has metido con los vampiros «brilli-brilli». Ni… Vaya, vaya. ¿No decías que no te gustaba el terror? Mira, para calmar un poco tu vena hinchada de indignación, te dejo un ejercicio que tuve que hacer en una clase de montaje. Que lo disfrutes. No te olvides de protegerte el cuello. Por los resfriados, ya sabes. 😛

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s