Noctis Ambulāre

Boceto Noctambulos

 

Sabía que estaba ahí, la suave brisa veraniega, porque movía su pelo y levantaba su vestido. Era capaz de imaginarla templando el aire, amparando la noche, aunque hacía mucho tiempo que ya no erizaba su piel. No como podría hacerlo en las pocas personas que había en aquella cafetería. Llevaba un rato observándolas al otro lado de la calle, a través de la enorme cristalera, cobijada en la penumbra de una farola que no iluminaba. Estaba acostumbrada a hacerlo cada noche en soledad, por eso la reconfortó tanto que esa fuera distinta.

—Siento haber interrumpido tu boceto —le dijo al hombre que estaba a su espalda —. No te había reconocido.

Sostenía un pequeño cuaderno en su mano derecha, la levantó para observar la página por la que estaba abierto. Trazos de lápiz, que por separado no eran nada, se unían para recrear la escena que tenía frente a ella.

—Hubo un tiempo en que también pintaba. Si me concentro lo suficiente recuerdo con total claridad el olor de los óleos, el sonido que hacía el pincel al acariciar el lienzo, lo difícil que resultaba cada pincelada, la satisfacción con cada pequeña parte acabada… —recorrió por encima con la yema del dedo corazón, sin llegar a tocarlas, las líneas del dibujo inacabado —. Ahora todo es un lienzo en blanco.

Se volvió, el hombre de mediana edad la miraba como hipnotizado.

—De verdad que lo siento, no quería hacerte daño. Afortunadamente me detuve a tiempo… Sí, lo sé, al menos te debo una explicación. Estoy tratando de encontrar las palabras, hace tanto que no hablo con…

Se acercó a él con la cabeza agachada como si se avergonzara y eso la hizo sonreír. Sabía que no era posible, que tan solo era el reflejo de un recuerdo, así solía sentirse con quince años cuando casi todo la abrumaba. Se dejó envolver en esa fantasía aunque no consiguiera hacerle olvidar del todo quien era en realidad.

—¿Alguna vez has tomado una decisión de la que te arrepientas? —levantó la vista y se topo con sus ojos, serenos, amables y un poco cansados —. Seguro que sí, a todo el mundo le ocurre alguna vez. Se pasarán cuánto, diez, veinte, treinta años lamentándose por lo estúpidos que fueron. Qué afortunados…

Llevó su mano al cuello del hombre, hacia dos pequeñas marcas rosáceas, las examinó como haría un médico con su paciente.

—Están cicatrizando bien, en unos minutos serán imperceptibles.

Oyó el canto de unos pájaros a lo lejos, anunciaban que el tiempo se acababa.

—Verás… No es por la sangre, es por la vida. Mientras se mantiene caliente en mi cuerpo puedo sentirla de nuevo. Todos los matices que me rodean, todas esas sensaciones. Olores, sabores, si hace frío o calor, si es áspero el tacto de la ropa en mi piel. Mientras sigue caliente creo que mi corazón late de nuevo, la tristeza y la felicidad me invaden al mismo tiempo, y esa necesidad… La misma que hizo que no pudieras evitar pararte, sacar un lápiz y llenar una página en blanco; me llena de nuevo…—una pequeña ráfaga volvió a agitar su pelo y el vuelo de su vestido. Cerró los ojos —. Se enfría tan rápido… Por eso no puedes dejar de alimentarte. Es tan efímero que hace que lo desees más y más rápido —abrió los ojos —. Tu sangre es diferente, ¿sabes? Cuando uno de nosotros se alimenta de alguien como tú, siente lo que tú sientes, ve el mundo a través de tus ojos. Es como una droga, la más intensa que puedas imaginar. A mí me resulta insoportable.

Miró al horizonte, hacía la leve luz que empezaba a asomarse.

—Es curioso, seré yo quien viva eternamente pero tú quien alcance la verdadera inmortalidad. Esta parte de ti –dijo mostrándole el boceto -, no morirá nunca.

Cogió delicadamente una de sus manos y depositó en ella el cuaderno.

—Ha sido un placer conocerte, es una pena que no vayas a recordarlo —posó sus ojos en los de él, sus pupilas se dilataron —. Terminarás el boceto y te irás a casa. Dormirás plácidamente y al despertar te sentirás lleno de energía.

Por último le ofreció una sonrisa, la más dulce que alguien como ella, que entregó su alma por no morir, pudo conceder.

-Adiós, Edward. Por cierto, no te olvides de pintar a la mujer del vestido rojo, está sentada justo aquí.

 

Noctámbulos de Edward Hopper
Noctámbulos de Edward Hopper
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