Viernes, tres de la tarde

Foto: Ester Valverde Modelo: Laura Gómez Wigley
Foto: Ester Valverde
Modelo: Laura Gómez Wigley

Para durar en este negocio hay que ser muy astuto e ir siempre medio segundo por delante. Conocer tus limitaciones, tenerlas siempre presentes. No olvidar que estás solo, que nadie es tu amigo y que, por muy poderosos que parezcan, siempre hay una manera de vencerles. «Su debilidad es tu fortaleza, querida, grábatelo a fuego y verás la luz del siguiente día». Jota oía de nuevo las palabras de su mentora mientras el señor Domínguez se reía con ganas reclinado en su cómoda silla.

—Vamos, guapa, hazte un favor y vuelve por donde has venido.

—Y lo haré en seguida señor Domínguez, en cuanto me entregue el dinero.

El señor Domínguez cambió el semblante, se enderezó en su silla y apoyó las manos en su mesa.

—Dile a tu jefe que venga él si tiene cojones en vez de enviarme a su secretaria.

El señor Domínguez era un hombre rudo, de la vieja escuela como solía decirse y, aunque ya entrado en los sesenta, aún conservaba gran parte del vigor que había tenido en sus años mozos. De ello podían dar fe todos los cobradores que habían intentado, sin éxito, reclamar el pago correspondiente por tener un negocio de transportes en el territorio equivocado. Por eso la habían enviado a ella, a pesar de que no solía ser su cometido habitual, conscientes de que un mujeriego como él no recibiría a una dama escopeta en mano.

—Descuide, se lo diré… Después de darle el dinero.

Jota se mantenía de pie, sin alterar su tono, sin olvidar su pose. «Las formas son tan importantes como el atuendo, querida». Traje ejecutivo oscuro a juego con el maletín, pelo recogido y maquillaje sencillo, el perfecto disfraz, su mentora estaría orgullosa.

—Tienes pelotas, guapa, eso hay que reconocerlo. Más que todos los atontados que han pasado antes por aquí. Por eso dejaré que te vayas tranquilamente, igual que has venido. Ya me entiendes.

—Perfectamente.

—¡Marco! —dijo el señor Domínguez golpeando el cristal que hacía las veces de pared y por el que se podía ver el resto de la nave —. ¡Ven aquí!

Marco entró en el despacho a toda prisa, como un disciplinado soldado. Jota observó que tendría unos treinta años, que era atlético aunque su manera de moverse no indicaba que fuera demasiado habilidoso y que le sacaba una cabeza.

—Dime, jefe.

—Acompáñala a su coche y asegúrate de que se va, ya sabes.

—Sí, jefe.

«Nunca dejes nada al azar, pregúntate cómo sería el peor escenario posible. Observa, observa, observa. Cada pequeño detalle, cada gesto. Tienes que aprender a analizar todo lo que te rodea y actuar en consecuencia, sin dudas, sin remordimientos. Aprovecha la ventaja que la naturaleza te ha dado, querida, a las mujeres nunca se las toman en serio».

Un mes había tardado en recopilar todos y cada uno de los horarios, de las idas y venidas, del número de empleados, si el señor Domínguez tenía alguna manía especial, cuántos y qué tipos de transportes usaba. Treinta días bastaron para saber que las tres de la tarde del viernes era el mejor momento para hacer su visita.

La nave solo tenía un punto de entrada, el portón principal. A la izquierda un par de camiones, tres furgonetas y un empleado lavando una de ellas. A su derecha un cubículo acristalado con la recepción nada más entrar y un solo despacho al fondo. El señor Domínguez se levantó sonriente en cuanto la vio entrar y salió a recibirla. Ni siquiera se molestó en preguntarle qué es lo que quería antes de acompañarla a su despacho mientras le hacía un lujurioso repaso de arriba a abajo. No era un hombre bajo aunque tampoco demasiado alto, Jota calculó que le sacaría unos cinco centímetros, y cojeaba ligeramente de su pierna izquierda, probablemente por una lesión de rodilla. Se sentó en su silla y Jota declinó hacerlo, estando de pie controlaba mejor la puerta y sus posibles movimientos. Ni rastro de armas que seguramente estuvieran guardadas en el armario de la derecha, aunque sí que había un bate apoyado a la izquierda, justo detrás de un perchero. Jota tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la compostura mientras la menospreciaban, recordándose a sí misma que eso iba en su favor. Marco entró en el despacho y ya tenía a todos justo donde quería, en el mismo minúsculo espacio.

Existen ciertos puntos básicos en la anatomía humana que golpeados con la fuerza y precisión necesarias dejan a cualquiera «KO». Jota tenía la ventaja de ser una mujer más alta que la media, de buena complexión, y aun así, la mayoría de las veces no se podía permitir el lujo de que un hombre tuviera opción a réplica. Elegir bien cuál de esos puntos atacar primero era algo que se tomaba muy en serio, algo que solo se podía decidir en el momento justo. Precipitarse era tan malo como hacerlo demasiado tarde, por eso siempre se guardaba un as en la manga para que ese momento apareciese cuando fuese necesario.

Marco la agarró del brazo izquierdo, haciendo que se girase hacia la puerta. Jota dejó caer su maletín y Marco caballeroso se agachó a recogerlo. La rodilla izquierda de Jota le rompió la nariz, su puño derecho le bloqueó el diafragma y la mano izquierda a modo de pala le golpeó a un lado de la base del cuello. Noqueado en tres golpes.

—¡Serás Zorra! —dijo el señor Domínguez mientras se dirigía al armario de la derecha.

Jota cogió su maletín especialmente reforzado para que en caso de lanzarse, pongamos contra la cabeza de alguien, le causase la suficiente conmoción para que a ella le diese tiempo a coger un bate y golpear una pierna que cojea, evitando así que cierto hombretón pudiese volver a ponerse de pie.

—Hija de puta… —creyó entender Jota, los golpes en la cabeza no suelen ser buenos para el habla.

—Señor Domínguez —dijo Jota mientras se apartaba un mechón de la cara —, el dinero, por favor.

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6 thoughts on “Viernes, tres de la tarde

  1. Ya lo leí en facebook y me encantó. Me gustan mucho estos personajes, estoy hasta dónde tú ya sabes de princesas, de niñatas enamoradas de vampiros/equis, o de mujeres que parecen fuertes pero en realidad no… Más Jotas por favor 😀

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