Cuento para Sara y Jorge

Fotografía: Ester Valverde

Hubo una vez una princesa y, aunque su color favorito era el rosa, no era la típica princesa del típico cuento. Era fuerte y tenaz, generosa y algo celosa, a veces paciente, a veces impaciente. La clase de princesa a la que no le importaba llevar las riendas: las suyas, las tuyas, las de toda la familia… Ni le asustaba cargar con la responsabilidad: la suya, la tuya, la de toda la familia… Era un milagro que soportando todo ese peso no anduviese encorvada, aunque sí le dolía un poco la espalda.

Esta princesa amaba las palabras. Las pequeñas y las grandes. Las que vibraban en el paladar y las que se escapaban como un suspiro entre los labios. Las quería tanto que deseaba que todas fueran libres y, en cuanto acudían a su mente, las pronunciaba. A las que se convertían en risa y a las que formaban lágrimas. A las que cantaban suave al oído y a las que golpeaban fuerte en el pecho. Si estaba contenta, esas palabras eran como notas formando una melodía encadenada. Pero si encontraba algo que no le gustaba y se enfadaba, las palabras eran como gigantes que hacían que la tierra temblara, que la gente se escondiera en sus casas asegurando puertas y ventanas, y que hasta el más fiero dragón huyese con las orejas gachas.

Bueno, no era una princesa perfecta, no como esas clásicas princesas de los clásicos cuentos, ella no era una princesa cualquiera.

También había un príncipe azul, azul marino para ser precisos, y no era el típico príncipe del típico cuento. Era atento y comprensivo, educado, prudente y a veces algo terco. La clase de príncipe que, si ha de salir de viaje, antes averigua cuántos y qué tipos de carromatos le llevarían a su destino, los distintos horarios, si tardan más o tardan menos, si son más cómodos o más incómodos y reservará la mejor habitación de la mejor posada; todo al mejor precio y, a ser posible, con tres meses y medio de adelanto.

Este príncipe creía en el orden y la justicia. Y como desde la distancia de su trono le resultaba difícil saber si los habitantes de su reino se comportaban como debían, se hizo caballero. Recorrió las calles montado en su negro corcel, impidió duelos al alba, confiscó mercancía robada y vigiló de cerca al tabernero, pues sospechaba que trapicheaba con alcohol de contrabando. Al fin y al cabo él era un hombre de hechos y su mayor deseo era que las personas que le importaban viviesen tranquilas y despreocupadas. Cuando descubría que no era así se lo tomaba tan a pecho que no descansaba hasta solucionarlo. Y como no dejaba de darle vueltas y vueltas en su cabeza, no conseguía dormir, así que se pasaba todo el día malhumorado, sin apenas hablar y con la frente arrugada. Y es que se negaba a creer que, aunque a veces las personas discutieran o parecieran tristes, no significaba que no fueran felices.

Bueno, no era un príncipe perfecto, no como esos clásicos príncipes de los clásicos cuentos, él no era un príncipe cualquiera.

Una mañana a oídos del príncipe llegó una historia: la de una princesa que un día que estaba muy triste salió a caminar. Caminó y caminó y caminó, y como no llevaba un rumbo fijo, sin darse cuenta se metió en un laberinto. Y allí llevaba años perdida sin encontrar la salida. Ni duendes sin un pelo de tontos, ni pequeñas hadas voladoras de ojos verdes, habían conseguido ayudarla. Estaba condenada a vivir atrapada. Eso no puede ser posible, pensó el príncipe, y sin dudarlo un segundo, montó en su corcel y se fue dispuesto a hacer lo que hiciera falta para liberarla. Tras dos jornadas de viaje se topó con un muro de piedra tan alto que se perdía entre las nubes. Lo primero que hizo fue rodearlo en busca de una puerta de entrada, pero no halló nada. No quedaba otra, tendría que crearla él mismo. Y lo intentó, y lo intentó, de todas las formas posibles, y aunque apenas había conseguido magullar aquel muro y ya se había hecho de noche, sin perder la esperanza, siguió intentándolo e intentándolo.

No te molestes, le dijo de pronto una dulce voz al otro lado del muro, sé lo que pretendes y te lo agradezco, pero así no funciona esto. El príncipe no quería rendirse y le preguntó qué debía hacer. Nada, le respondió la princesa, pues hacía mucho tiempo que había entendido que ella era la única que tenía que hallar la salida. Tampoco se está tan mal, le dijo para tranquilizarle, aunque la verdad era que llevaba tanto tiempo allí que ya se había acostumbrado, que ya se había olvidado de cómo era la vida fuera del aquel laberinto. El príncipe siguió sin darse por vencido y le preguntó si, aun así, había algo que pudiera hacer por ella. Si no te importa hacerme compañía, le respondió la princesa, solo hasta que el sol vuelva a salir. Y así, sentados a cada lado del muro, se contaron quienes eran y de donde venían. La princesa empezó a hablarle de las palabras, de lo mucho que le gustaría llevarlas a todos los rincones del mundo para que cualquiera supiese cómo pronunciarlas. Las que tamborileaban en los dientes y las que hacían cosquillas en la garganta. Las que coloreaban mejillas y las que ceños fruncían. Y cuanto más le contaba, más quería saber de ella. Y entonces tuvo la certeza de que ya no podría hacer otra cosa que esperar a que saliera. Y cuanto más la escuchaba, más quería decirle para que no se fuera. Y entonces deseó, como nunca antes lo había hecho, salir del laberinto. Su deseo fue tan grande que el muro empezó a resquebrajarse y una a una cayeron, como si fueran un castillo de naipes, todas sus piedras.

Al principio no se veía nada pues había mucho humo, pero en cuanto la nube de polvo se disipó, el príncipe pudo fijarse en los tacones kilométricos de la princesa, en el montón de piedras que había en el suelo y en lo difícil que le resultaría caminar sobre ellas. Así que, como buen príncipe que era, le tendió su mano.

La princesa también se fijó en las piedras que se extendían frente a sus pies, pensó en los tacones de sus zapatos de princesa y en lo inoportuno que sería caerse delante de semejante príncipe, y en lo que dolería hacerse un esguince. Así que, al ver la mano que él le ofrecía, como buena princesa que era, la aceptó.

Llegados a este punto pensaréis que solo queda añadir aquello de: «y fueron felices y comieron perdices», pues ya tenemos el perfecto final para el perfecto cuento. Siento deciros que estáis equivocados, porque ni este es el final, ni os he contado el cuento. Ya que es aquí, justo aquí, en este preciso momento, donde la verdadera historia comienza.

P.D.: Enhorabuena hermanita, enhorabuena cuñado y… ¡Vivan los novios! 😀

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8 thoughts on “Cuento para Sara y Jorge

  1. Seguro que el príncipe (que no era el clásico príncipe de los cuentos clásicos) ni la princesa (que no era la clásica princesa de los cuentos clásicos) olvidarán nunca este regalo. Y, para ser sincera, yo tampoco, pues es un cuento de verdad, sin personajes perfectos, sino almas que, de imperfectas que son, son perfectas la una para la otra.
    Bravo por este cuento y, ¡VIVAN LOS NOVIOS!

  2. Eres fascinante hermanita…nunca nadie ha contado tanto de mi y de mi vida con tan bellas palabras, gracias a ti también salí de ese laberinto y fui capaz de caminar por todas esas piedras…gracias por estar a mi lado y escucharme, eres mi autentica hada madrina. Te adoro.

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