De vidas virtuales: Mass Effect

Que la ciencia ficción es mi género favorito lo habré dicho un millón de veces, soy así de plasta, pero lo que pocas veces he mencionado es que, dentro de sus múltiples subgéneros existía uno que no me hacía especial “tilín”: la space opera. A mí el espacio me daba entre vértigo y pereza, ni “Star Trek”, ni “La guerra de las galaxias” (que ya sé que es más bien una fantasía épica), por poner ejemplos conocidos, despertaban en mí el más mínimo interés. Nada, lo mío eran los viajes temporales, las distopías, las utopías, las invasiones extraterrestres, las inteligencias artificiales, los mutantes con poderes… sí, prácticamente todo lo demás. Pero de un tiempo a esta parte… ay, de un tiempo a esta parte.

Quizá sea la madurez que ha “mejorado” mis gustos, el caso es que ya no puedo pensar en otra cosa que no sea “explorar el espacio profundo”. Puede que empezase con “Gravity”, yo que sé, o quizá la culpa fue de “Firefly”, el caso es que después llegó “Interstellar” y su desesperada búsqueda de una nueva tierra, y más tarde C.J. Cherryh con “La estación Downbelow” y sus inolvidables personajes femeninos, y esta fiebre no hizo más que empeorar… y empeorar… y que cansinas empiezan a parecer ahora esas historias de “gente con poderes” que pueblan la televisión y las pantallas de cine. Dame una nave y una tribulación, ¡ya! Y podía, no sé, parecerse a esta:

“Cuchipandi” espacial.

En pleno inicio de esta enfermedad, rebuscando en videojuegos de segunda mano, como ya comenté, encontré la segunda entrega de la saga espacial “Mass Effect”. A poco que navegues por internet descubrirás que, con todo merecimiento, se ha convertido en un título de culto. Fue entonces cuando mi nueva e incipiente pasión: el espacio, se unión a mi antigua y casi olvidada vieja pasión: las aventuras gráficas. El resultado de esa unión ha sido la aventura virtual más emocionante que haya vivido nunca. Media hora me bastó para entender que no podía empezarla por la segunda parte. Tardé varias semanas en encontrar la trilogía completa (a un precio razonable que una es pobre) y disfrutar de su épica espacial como el universo merece: desde el principio.

“Mass Effect” es lo que se denomina como un “RPG” (rol playing game), lo que significa que adoptas el rol de un personaje que tú diseñarás, más o menos, a tu gusto. En este caso te podrás en la piel de el/la comandante Shepard. “Mass Effect” es un juego de decisiones, las primeras deberás tomarlas antes de entrar en faena, como quien dice, y afectarán al pasado de tu personaje, a qué clase pertenece y, también, al sexo (masculino/femenino). Estas decisiones ya marcarán la historia porque no será lo mismo vivirla, por ejemplo, como un Shepard masculino criado en el espacio y héroe de guerra que como una Shepard femenina, huérfana, que sobrevivió callejeando en la tierra y, tras alistarse en el ejército, fue la única superviviente de una batalla sangrienta. No, no será lo mismo. Después, también tendrás la opción de diseñar tu aspecto, bueno, solo de la cara, el cuerpo es estándar. Y si te pasa como a mí, que te encanta crear personajes, te tirarás tus buenas horas para probar todas las variables posibles (que son unas cuantas) hasta dar con la que te satisface.

Una vez has creado a tu personal e intransferible Shepard, ya estás lista para comenzar tu viaje interestelar e ir descubriendo poco a poco (o por las malas) qué hace tan grande a esta saga de videojuegos: cada decisión que tomes, por nimia que parezca, irá modelando tu aventura. Porque, al igual que en la vida real, la opción A no te llevará al mismo lugar que la opción B y cada camino que tomas se bifurca en otros que difieren entre sí. Y deberás decidir aunque no quieras, aunque te den pavor las consecuencias por muy virtuales que sean, porque, como en la vida real, te obligan a hacerlo, porque, como en la vida real, a veces, no existe la opción correcta y ya estás tardando en elegir si vas a ayudar a Ash o a Kaidan. ¿Pero qué le pasará al que no le eche una mano? Qué morirá, toma ya, por tu culpa.

Vaya tontería, dirás, no son personas reales. ¡JA, que me da la risa! “Mass Effect” se las ingenia para que a esos personajes virtuales que te acompañan en tu aventura los sientas reales, para que les cojas cariño, para que cuando llegue una nueva decisión te entren sudores temiendo que alguno de ellos desaparezca para siempre. Y, cuando sucede, porque sucede sin remedio, te sientas responsable o, simplemente, llores.

Y no solo eliges caminos, estrategias en este caso, también cómo se comporta tu Shepard. Hay dos opciones fundamentales, la de la virtud y la de la rebeldía. ¿Resolverás lo conflictos por la vía diplomática o a base de tiros? ¿Serás cortante o irónica, amable o distante, una líder inflexible o inspiradora? Tu forma de ser no es baladí, hará que tengas más o menos “feeling” con unos u otros compañeros de viaje. Compañeros que se convertirán en amigos, confidentes o, si así lo deseas, amantes.

Tu objetivo principal es acabar con los segadores, una raza sintética que cada 50.000 años (creo recordar) aparece para destruir todas y cada una de las civilizaciones existentes. Ahora amenaza con acabar con los humanos, con las asari, los salarianos, los krogan, los quarianos, los turianos, los geth… El universo de “Mass Effect” no es infinito, pero casi. Y mientras descubres otras razas y otros planetas con varios soles o múltiples satélites, para salvar la galaxia deberás reunir, primero una tripulación, después todo un ejército “multiespecie”. No será fácil, algunas de esas razas espaciales se odian a muerte. Cómo lo logres dará igual, lo único que importa es que lo consigas.

“Mass Effect” tiene dos peculiaridades en especial que creo la distinguen del resto de videojuegos. La primera es que si juegas desde el principio de la saga, al comenzar la segunda y la tercera entrega, puedes importar todas las decisiones anteriores. Es decir, podrás continuar jugando con tu Shepard hasta el final, con su aspecto (aunque en la tercera cambie considerablemente y es posible que tengas que rehacerlo) y su bagaje, tú bagaje. La segunda es que respeta la individualidad de cada jugador, no solo en la elección del sexo de el/la protagonista, sino también en cómo vive su sexualidad, así, con todas la letras. Porque, ya que puedes elegir si eliminar al enemigo o aliarte con él, porque no decidir también con quién tener una noche desenfrenada o de quién enamorarte. Oh, sí, como lo lees, además de guerra, de lucha por la supervivencia, hay tiempo para esto:

Entre muerte y destrucción nunca viene mal.

No todo es perfecto en esta saga, a veces hace un poco de trampa para que ciertas tramas o subtramas encajen a pesar de tus elecciones, porque si bien tu experiencia no se parecerá a la de otro jugador (ni siquiera si eres tú mismo volviendo a jugar), al final todos tendremos que enfrentarnos a la “gran decisión final”. Y aunque la forma en la que lleguemos no sea la misma, puede que nuestro final sí (puede, solo puede, porque son varios los posibles resultados).

Como este “post” nunca ha pretendido ser un análisis sesudo sobre gráficos, “jugabilidad” y esas cosas de las que hablan los expertos, voy a intentar trasmitir cómo he vivido esta experiencia, cómo de vacía y también triste me hizo sentir al llegar al final, a mi manera: con diálogos absurdos. Venga, ahora ya te puedes reír de mí, he viajado más allá del relé Omega-4 y he regresado con vida, me importa un bledo. 😛

A partir de aquí “spoliers”, que lo sepas.

***

Hace meses, madrugada de hora indecente para ser entresemana y tener que atender a muchos hijos tras el amanecer. He llegado a la gran batalla final contra los malditos segadores. Mal herida, avanzo cojeando, he de terminar con lo empezado.

—Dios mío, dios mío, estoy hecha una mierda.

—Deja de lamentarte y presta atención.

— Ayyy, voz de mi interior, no quiero morir.

La inteligencia virtual del catalizador se acerca a mí. Ha tomado la forma de un niño al que no pude salvar, al que vi morir, será capullo.

—Calla de una vez y escucha al niño holográfico…

—Aggg, no puedo, tengo miedo.

—Shhh, silencio ya. A ver, dice que tenemos tres opciones —comenta mi voz interior con pasmosa tranquilidad mientras yo sudo y tengo palpitaciones —. Una: cargarnos a los segadores.

—Esa, a tomar por …

—Pero SID muere y todos los geth y, de paso, destruimos toda la tecnología.

—¿Qué? Yo no quiero que muera SID.

—Dos: controlar a los segadores, pero entonces morimos nosotras.

—¿Qué? Yo no quiero morir.

—Tres: fusionarnos con los sintéticos y crear una nueva raza Orgánica-Sintética, habría paz pero…

—Morimos, ¿verdad? Menuda mierda de opciones, me cago en el niño virtual y en todos los segadores.

—Yo creo que el niño este está intentando vendernos la moto.

—Pues se va a enterar.

—Espera, ¿qué haces?

—Me voy a disparar al haz de luz ese.

—¿Seguro que eso es lo que hay que hacer?

—Me cago en sus muertos, niño asqueroso de mentira —digo mientras actúo sin pensar y avanzo todo recto, todo recto, hasta que —: ¿Y ahora qué pasa? Pero, ¿qué hace mi Shepard? ¿¡Dónde vas loca!? ¡Nooo!

—Va directa a lanzarse al haz de luz.

—¡Nooo! Yo no quería eso, ¡nooo!

—Me da a mí que te has equivocado de camino.

—¿Cómo me voy a equivocar, si solo había un camino?

—Me da a mí que no.

—¿Y lo dices ahora?

—Oh, mira, estamos recordando a nuestros amigos caídos antes de…

—¡Morir! ¡Nooo!

—Ains, y de la última de la que nos acordamos es de nuestro “amore”, Liara.

—¡Qué nooo!

—Mira, mujer, si al final conseguimos salvarlos a todos. Convertidos en otra raza de ojos verdes, eso sí.

—¡Me da igual! —contesto toda cabreada para acto seguido añadir al borde del puchero —: Yo no quería morir.

—Que sí, que tú querías sobrevivir, volver con Liara y tener niños azules, pero no ves que eso no sería coherente.

—¡No me importa!

—Vamos a ver, si fuera un libro o una película y acabara con “happy ending” así como así, estarías echando pestes.

—Pero no lo es…

—¿Estás llorando?

—Sí, ¿qué pasa?

—Nada, mujer, nada. Anda, ven aquí. Ea, ea, ya pasó.

Y mi voz interior me consuela mientras enjuago lágrimas y sorbo mocos.

FIN.

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