De literatura con “L” mayúscula

Fotografía: Ester Valverde.

Para este veintiuno de febrero os traigo tres recomendaciones literarias. Tres recomendaciones que tienen en común que una chica ama a otra. Hoy os voy a hablar de literatura lésbica y lo primero que debéis saber es que la literatura lésbica no existe. «¡Hala!¡Pero qué dices loca!». Lo que lees, que, en mi opinión, porque todo lo que escribo en mi blog es mi opinión, no existe, no es un género, como tampoco lo es la literatura para mujeres ni qué se yo, para osos polares. El adjetivo “lésbico”, en cambio, es una etiqueta muy útil para buscar algo específico: que por una vez en esa novela histórica con toques de mitología y magia ancestral, la protagonista se enamore de otra protagonista, o simplemente tenga escarceos con algunas secundarias, lo mismo da. El caso es salirse un poco de la “heteronorma”, o mucho no nos vamos a poner quisquillosas.

Ya he mencionado anteriormente que soy muy crítica con la literatura marcada por esta etiqueta, básicamente porque creía que su calidad y su variedad en géneros e historias (y personajes) dejaba mucho que desear. Mi opinión ha ido cambiando y aunque pienso que aún queda mucho camino por recorrer, sobre todo en cuanto a géneros e historias, sí que estos se han ampliado. O quizás es que ciertos géneros como el terror, la ciencia ficción o la fantasía, gracias al auge de las nuevas editoriales independientes, han empezado a mirar más allá de lo de siempre, diversificando en todos los aspectos sus tramas, sus personajes, sus universos.

Siempre he creído que la aspiración de cualquier historia es llegar al mayor número de lectores, no a todos, evidentemente, pero si a más que al reducido número de su lector tipo. En los tres casos que os traigo, por ejemplo, alguien diría que solo son para mujeres lesbianas o bisexuales. La literatura es universal, toda ella, lo único que debería distinguirla es que esta o aquella historia te guste más que otra, no que pienses que está escrita para alguien con tu identidad u orientación sexual, por ejemplo, y que de ahí no te puedas salir.

Es normal que uno quiera sentirse identificado con los personajes de la novela que está leyendo en mayor o menor medida, pero eso limita tanto y hace que te pierdas tantas cosas. Yo he leído desde la novela “heterosexual” más rosa que te puedas echar a terror con toques eróticos, (muy heterosexuales y muy explícitos). Desde Danielle Steal y su “Remembranza”, pasando por “El cuaderno de Noah”, hasta Anne Rice y su inquietante “Las brujas de Mayfair”. He vivido “Las tres bodas de Manolita” y recorrido “El mundodisco”, y he prometido que empezaría a leer “la saga vanir”, aunque de primeras me tira “pa’trás”, porque a mi amiga Nuria le fascina y habla de ella con tanta pasión que me ha entrado curiosidad. Si yo no me encasillo en mi etiqueta, ¿por qué lo haces tú? Sí, ya lo sé, tienes tanto donde elegir que para qué molestarse, además, ¿dónde dices que encuentro eso lésbico? ¿Y por cuál empiezo?

Tranquilos, tranquilas, podéis comenzar por aquí:

“Elisa frente al mar” de Clara Asunción García.

Empezamos por el drama, así sin anestesia. Clara Asunción García es conocida principalmente por su serie de novelas sobre la detective privada Cate Maynes. Encontré una de ellas en la biblioteca, empecé a leerla y… y la dejé. Lo siento, Cate me cayó fatal, lo que viene a ser me importa un bledo lo que te pase. No es nada personal, me sucede con todas las historias con detectives, del sexo que sea, con un pasado que les atormenta y… y ya me aburrí. Mi prejuicio otra vez, no lo pude evitar. ¿Cómo acabé leyendo “Elisa frente al mar”? Fue todo culpa de una antología de la web “Hay una lesbiana en mi sopa”, “Cada día me gustas más”, allí leí un relato de Clara que me encantó porque era divertido, dinámico y tierno. Y de allí me fui a su web, donde encontré otro, y de ese a una antología que acababa de publicar,  “Y abrazarte”, que también recomiendo. Y de allí a “Elisa frente al mar”.

Clara Asunción García tiene un estilo muy directo, de frases cortas que golpean con fuerza, como una metralleta, pam, pam, pam. Es irónica a veces, ácida otras. Es difícil de explicar, al menos a mí me cuesta, porque también es tierna cuando toca, o pasional. La mayor parte del tiempo es un torbellino, para qué detenerse a descansar.

“Elisa frente al mar”, a mi entender, es una lectura necesaria para todo aquel que no sepa lo que es vivir en una sociedad que desde la infancia te dice que tu forma de sentir es antinatural, que es un pecado. Crecer con esa dicotomía emponzoña tu espíritu y destruye cualquier posibilidad de vivir en plenitud algo tan bonito como tu primer amor. Porque no dejar que cada cual viva su vida como la siente, lo único que hace es robarle a esa persona parte de esa vida, no que deje de ser como es.

“Elisa frente al mar” está narrada desde el presente mirando al pasado y es la historia de lo que pudo ser de otra forma pero no fue. Nuria, Nur para los amigos, se reencuentra con ese pasado, Elisa, en el mismo lugar donde creyó decirle adiós. ¿Podrá cerrar así sus heridas? ¿Podrá perdonar? “Elisa frente al mar” es una novela sobre el amor, la pérdida y el dolor, y contiene entre sus páginas la primera vez más bonita que yo haya leído nunca.

“Es lo primero que aprendí. A esconderlo en un puño cerrado tras la espalda, mientras los demás lo mostraban en su palma abierta. A no pronunciar determinadas palabras, sentimientos, anhelos. Aprendes que callar es la mejor opción, porque el silencio es la norma. Una norma que debería estar en el banquillo de los acusados, trabada por cien cadenas. Por delito de desamparo sentimental. Por condenarnos a vivir en voz baja, a una vida amputada. ¿Qué campo de miseria sembró en nosotros semejante cosecha de negación? ¿A quién hemos de señalar con el dedo?” 

“Elisa frente al mar”, Clara Asunción García.

 

“Los dulces años del fútbol” de Marta Català Vila.

Después del drama, la comedia. Una historia tierna y divertida de esas que te dejan una sonrisa y calentito el corazón. Esta novela estaría encuadrada en lo que los americanos denominan como “a coming of age story”, lo que viene a significar que narra el despertar a la adultez de su protagonista, ese momento de la adolescencia donde comienzas a experimentar las relaciones afectivas de una forma más consciente, la amistad, los lazos familiares o el primer amor.

La mayor virtud que tiene este libro, para mí, son sus personajes, desde la protagonista, Ana, a su pandilla de amigas, pasando por la relación con su tío, su madre y, por supuesto, el objeto de su deseo, Zárate. Es muy difícil no cogerles cariño de inmediato, con sus virtudes y sus defectos, porque los sientes muy reales, muy cercanos. Ana es un personaje maravilloso, dulce, inteligente, decidida, que ve la vida con esa inocencia del que tiene buen corazón y esa bondad le sale por los poros, una bondad tan contagiosa como su entusiasmo. Te dan ganas de achucharla todo el rato, como se suele decir, es un amor.

Marta Català es un exponente claro de una nueva ola de escritoras que tiene como meta que las historias con personajes LGTB+ amplíen su número de lectores. Como ella misma dice: “Historias LGTBI con vocación de universalidad”. Porque el amor, el afecto, es solo eso, no importa a quién esté dirigido.

Marta Catalá, a mi entender, tiene un estilo de escritura que se amolda al tipo de historia, en este caso funciona como un espejo de la personalidad de su protagonista, no en vano está contado en primera persona, aunque desde el recuerdo de una Ana de veinti bastantes años, creo recordar que veintisiete, pero no me hagáis mucho caso. Yo recomiendo mucho este libro porque es un soplo de aire fresco y por su “cuchipandi” femenina, mira que he leído y no recuerdo haber encontrado otra en ningún libro. ¿Recuerdas el mejor verano de tu vida? Pues así es este libro, como un verano inolvidable.

Ambientado en Valencia, tierra natal de la escritora, en los años noventa, “Los dulces años del fútbol” cuenta la historia de Ana, quien con once años se enamora de una chica, Zárate, a la que ve jugando al fútbol en el patio de un colegio público, ella pertenece al típico colegio de monjas. Cinco años después, guiada por el recuerdo de aquella chica y con la esperanza de reencontrarla, convence a sus amigas para apuntarse a un equipo de fútbol y disputar la liga local, amigas que nunca han tocado un balón.

“Entonces la vi. Estaba entre los muchachos y se disputaba el balón con ellos. Era la primera vez que veía a una chica jugar al fútbol. Era alta, un poco flaca, con el pelo largo y fino recogido en una desordenada coleta. Su piel tostada y sus oscuros ojos de cervatillo contrastaban conmigo: rubia, redondita, y siempre pálida hasta en verano. Quedé admirada al instante con aquella extraordinaria niña que corría más que ninguno de sus compañeros y pegaba al balón con más fuerza”.

“Los dulces años del fútbol”, Marta Catalá Vila.

 

“La vendedora de tornillos” de Pilar Bellver.

Esta mujer escribe muy bien, punto. Ya solo por eso deberías leerla, aunque también soy consciente de que su forma de escribir no es para todo el mundo y que esta recomendación es la más arriesgada de las tres. Hay escritores que tienen un don con la palabra, con todas las palabras, que saben moldearlas y usarlas a su antojo, y que éstas les obedecen como un perro adiestrado a su dueño. A mí me maravillan porque yo no creo que llegue a ese nivel nunca. Algunos de estos escritores, genios de la composición escrita, nos embelesan con su prosa, pero si les prestamos atención y miramos más allá de la belleza de sus palabras, no encontramos nada. Belleza sin profundidad, un laberinto de frases embriagadoras que aturden pero que al final no dejan nada, ni resaca. Este no es el caso, claro, sino no tendría sentido que yo hablara de ella. Pilar Bellver, a sus pies.

“La vendedora de tornillos” llevaba como diez años en mi casa, fue un libro que mi mujer, cuando nos fuimos a vivir juntas, aportó a la biblioteca común, abarrotada, por cierto. Estuvo diez años en una estantería sin que yo hiciese amago de leerla porque creía, oh mi prejuicio, que me iba a encontrar con la típica historia de chica busca chica, todas están buenísimas y bla, bla, bla. Mi señora esposa apenas había leído un capítulo del libro así que su opinión, cuando yo le preguntaba por él, era un encogimiento de hombros, mala señal. Pero un día, aburrida, con la necesidad imperiosa de leer que una chica se fijaba en otra y bla, bla, bla, decidí darle una oportunidad, total, siempre podía devolverlo a la estantería y si te he visto no me acuerdo. Y, para mi sorpresa y regocijo, encontré un tesoro.

“La vendedora de tornillos” cuenta la historia de una mujer que en su treintena decide dejar su trabajo, empezar de nuevo. Y no es un trabajo cualquiera, es uno por el que cualquiera mataría, de esos que poca gente ve, de éxito y sueldazo. Lo hace porque no es feliz, porque nota que le falta algo y está decidida a encontrarlo. En medio de esa búsqueda y por casualidad conocerá a una mujer particular, mayor que ella, con una madurez y forma de ver la vida que cala, que enamora. Es comercial y se dedica, claro está, a vender tornillos.

“La vendedora de tornillos” habla de algo que pocas veces se cuenta, sobre todo desde la perspectiva de una mujer que va camino de su madurez, o está ya en ella, que nunca es tarde para encontrarse a una misma, que no importa la edad y que nuestros objetivos, sueños o deseos, pueden cambiar con el tiempo y lo que creías que te haría sentir plena, al final se ha convertido en un pesado lastre. También habla del amor, por supuesto, pero no del típico amor, sino de las distintas formas de amar con las que nos podemos encontrar a lo largo de nuestra vida. A veces el amor se acaba, a veces no es suficiente, a veces solo es una noche que evocas el resto de tu vida, a veces está descompensado, a veces, simplemente, cada cual lo vive a su manera, y no hay nada de malo en ello.

“Tengo treinta y tres años y ahora, junto a ese número, aparece ya, esta vez sí, una opresión en el pecho cuando toso desde mis adentros; una opresión-aprensión. Un peso en el esternón. Un contener la respiración sin quererlo, que es miedo puro. No sé si voy a salir bien de ésta. No hay fonendo que capte los pitos y soplidos que me oigo yo por dentro”.

“La vendedora de tornillos”, Pilar Bellver.

 

P.D.: Estoy abierta a todo tipo de sugerencias literarias, si os apetece, podéis dejarlas en los comentarios. Gracias. 😉

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7 comentarios en “De literatura con “L” mayúscula

  1. Pero bueno, qué sorpresa me he llevado! qué post más interesante y no por que me hayas escogido (muchas gracias!) sino por tus reflexiones, con las que me siento identificada, desde la visión de la literatura como algo para tod@s, hasta los prejuicios hacia la literatura “nuestra”(desmontados con excelentes lecturas). Como dices, autoras como Clara y Pilar dan garantías y son una apuesta segura. Toda mi admiración.
    y jaja sí, yo escribí el libro desde la ternura y el amor a aquellos tiempos. La amistad adolescente, con su inocencia y vitalidad, sus dudas y su particular humor y camaradería.., es algo -diría yo- que irrepetible…

    1. ¡Hola!
      Esta entrada la tenía pendiente desde hace meses. Me agobiaba un poco porque me cuesta muchísimo reseñar, por llamarlo de alguna manera, siempre pienso que estoy escribiendo estupideces que no hacen justicia a los libros o series o películas de las que hablo.
      Si escribiste “Los dulces años del fútbol” con esa intención, la conseguiste con creces. Es cierto, esos años, esas vivencias, son irrepetibles. Además, yo jugué en un equipo de fútbol, incluso ascendimos a nacional, así que disfruté del libro por partida doble.
      Un abrazo y gracias por comentar.

      1. entiendo lo que dices. reseñar es complicado, pero, como es una visión personal, nunca puede estar mal. A mí me ha parecido que se te da muy bien!!
        ya me contarás ese ascenso 🙂

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