Remedios contra encantamientos

Ilustración: Belén Awad-Ratib Gómez
Ilustración: Belén Awad-Ratib Gómez

Anabel intentaba repasar los acontecimientos que le habían llevado a acabar encerrándose, sofocada, sudorosa y con unas ganas enormes de vomitar, en el cuarto de baño. Al mirarse en el espejo encontró con horror su cara desencajada y con el maquillaje licuado. Su perfecto disfraz parecía ahora una caricatura, Maléfica convertida en una vulgar Quimera. Decidió que lo mejor sería lavarse la cara, ya todo daba igual.

El agua estaba tibia. Había ido a esa fiesta solo para dar buena impresión a sus jefes. Se frotó la cara suavemente, por el desagüe se fugaba un líquido teñido de verde. Al principio todo fue bien, habló con éste y aquel mostrándose segura como solo ella sabía, hasta podía decir que se divertía. Probablemente su cara ya estaba limpia, pero siguió un poco más, era tan relajante… ¿Qué pasó después? Ah, sí. Clara Vinardel tras el atuendo de la bella durmiente. Se presentó a sí misma sin mediar invitación, estaba encantada de encontrar a quien la había hechizado. Maléfica y una voluptuosa bella durmiente en la misma fiesta, qué curiosa coincidencia. ¿Voluptuosa? ¿Eso había pensado? Se incorporó. Observó de nuevo a la persona del espejo, sus mejillas habían recuperado el color y suspiró aliviada. Hablaba sin parar, como si se conocieran de toda la vida, y la miraba fijamente de una manera extraña. Se tomaba demasiadas confianzas. Le ofrecía canapés y cócteles sin esperar su aprobación. Sonreía y sonreía. No mantenía la distancia de cortesía… ¿Y qué más? ¿Qué más había hecho? Había… Había rozado sutilmente… deleitándose… el interior de su muñeca.

Maldijo en alto, volvía a sudar como un pollo.

-¿Anabel? ¿Estás ahí?

Oh, no. De nuevo esa extravagante mujer empeñada en tutearla.

-Abre la puerta, déjame ayudarte.

Anabel se sentó en el váter. ¿Se estaba mareando? ¿Sería posible que también le sucediera eso? El peor día de su vida, pensó. Ojalá no hubiera salido de casa, ojalá le hubiera atropellado un coche nada más poner un pie en la calle.

-Voy a entrar, apártate de la puerta.

No, no, no, quiso gritarle, pero las palabras se quedaron a medio camino entre su mente y su garganta. Se levantó como pudo, tenía que evitar que entrara como fuera. Apoyó todo su cuerpo para contrarrestar la primera embestida, sintió temblar la puerta, resentirse el cerrojo. Al otro lado aquella mujer hablaba con alguien como si buscara aliados para su causa. Conseguiría derribar la puerta, no importaba cuánto intentara impedirlo, ella sola no bastaría, no tenía la fuerza necesaria. Entraría. Entraría y no podría huir. La cerradura se resquebrajaba. Se le nubló la vista. ¿Era eso lo que pasaba justo antes de desmayarse?

-Anabel –le golpeaba suavemente la cara -. Anabel, abre los ojos. Vamos, eso es, incorpórate despacio.

Estaba en el suelo y le ayudaba a apoyar la espalda en la pared. La bella durmiente humedeció una toalla y se la puso en la nuca a una derrotada Maléfica.

-¿Por qué no me deja usted tranquila? ¿Qué le he hecho yo?

-Verás –Clara se acercó lentamente a Anabel -, el mejor remedio contra los miedos – cada vez estaba más cerca –, es enfrentarse a ellos –demasiado cerca.

-Señorita Vinardel…

-¿Anabel?

-Creo que me está dando un infarto.

-Shhhh…

Hubo besos cortos seguidos de largos. Sabían a mojitos y desenfado, a dejarse llevar, a perderse. Sintió que el mundo le daba vueltas, que se ponía patas arriba. Las mejillas le ardían, le  hormigueaban los dedos…

No. Aquello no podía ser un infarto.

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