El amuleto

Foto: Ester Valverde
Foto: Ester Valverde

Decidió visitar a la bruja, una idea que sus padres no aprobarían pero, ¿cuándo volvería a presentarse una oportunidad semejante? Las hojas que el otoño había marchitado se arrastraban por el suelo junto a sus pies. Empezaba a refrescar y subió la cremallera de su anorak rojo.

Clara miraba fijamente al otro lado de la calle, la tienda de la bruja tenía toda clase de objetos extraños y símbolos desconocidos en el escaparate. Apenas llevaba un par de días abierta pero los adultos ya contaban toda clase de historias escalofriantes sobre ella, así que no era de extrañar que ninguno de los niños de su barrio se atreviera siquiera a pasar por delante. Sin embargo allí estaba ella, dispuesta a correr el riesgo. ¿Y por qué? Porque le había tocado vivir una época donde a las niñas no les repartían cromos de coches al salir del colegio. Porque aunque fuese capaz de ganarle las canicas a los demás niños o hacer bailar la peonza en su mano durante más tiempo, cuando la miraban no veían a una más, sólo veían a una niña, y las niñas eran una cosa distinta. Llevaban falda y saltaban a la comba, no vivían aventuras, esperaban pacientemente ser rescatadas, y en carnaval no se disfrazaban de vaquero, menos aún de pirata. El tiempo tampoco corría a su favor, en un par de años le saldrían tetas como a sus primas mayores y el pelo corto ya no conseguiría ocultar sus diferencias. Pero si lograba su propósito nada de eso importaría. Sería única, la más valiente, la mejor. Los demás sólo verían en ella un talismán brillante que ahora descansaba tras un cristal.

El cielo gris anunciaba nuevas lluvias, suerte que llevaba sus botas de agua bien caladas sobre sus pantalones de pana. La bruja desapareció tras el mostrador y Clara comenzó a cruzar la calle decidida a robarle. Su plan se tambaleó nada más cruzar el umbral, una campanilla sobre la puerta anunció escandalosamente su presencia. Cerró los ojos maldiciendo para sus adentros.

—Al final te has decidido a entrar.

Se puso rígida, tragó saliva y abrió los ojos despacio. Miró a un lado y a otro pero no vio a nadie.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Eh… Pues… Yo… —dijo mientras avanzaba lentamente intentando saber de dónde provenía la voz.

—Detrás de ti.

Clara dio un respingo y se giró. Sí, allí estaba la bruja, y le pareció demasiado alta, demasiado delgada, demasiado pálida…

—¿Y bien?

—Esto… quería… —la bruja frunció el ceño y Clara empezó a tener demasiado calor bajo las tres capas de ropa que llevaba.

—Sé muy bien lo que quieres, has estado media hora mirándolo desde el otro lado de la calle —Clara agachó la cabeza avergonzada —. Rara vez lo que uno quiere es lo que realmente necesita. Espérame aquí, vuelvo enseguida.

Ahora o nunca, pensó, si era lo bastante rápida podría coger el objeto y salir pitando.

—Vamos, puedes hacerlo… puedes hacerlo —se dijo a sí misma y, tras unos pasos inseguros, aceleró el ritmo hasta llegar al escaparate, alargó la mano y…

—Aquí tienes, justo lo que necesitas.

A un palmo de su cara, pendiendo de una cuerda de cuero, balanceándose ligeramente de izquierda a derecha, había un extraño colgante de madera. Clara miró de reojo a la bruja, cómo era posible que estuviera allí, a su derecha, ni siquiera la había oído.

—Es un amuleto muy antiguo –dijo mientras se lo ponía alrededor del cuello —. Simboliza el principio y el fin, y aquel que lo lleva es capaz de cambiar el mundo.

Clara miró aquel amuleto sin poder articular palabra. Tenía razón, era exactamente lo que necesitaba, aunque no tenía dinero para pagarlo.

—Tranquila, es un regalo especial por ser mi primera clienta.

—Vaya… gracias…

—No hay de qué, Clara.

—¿Cómo sabes…?

—Ah, y puedes decir que lo has robado, será nuestro pequeño secreto —le dijo la bruja guiñándole un ojo —. Será mejor que te vayas, va a empezar a llover.

La campanilla volvió a sonar y Clara regresó corriendo a su casa mientras una fina lluvia mojaba la satisfacción que se dibujada en su cara.

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