22 de julio, otra vez

Con mamá años ochenta_02

Recuerdo el crepitar del carbón al arder y calentar mis manos hasta que se ponían tan rojas como la chapa de la cocina. En esa misma chapa mi madre hacía castañas asadas, las removía con el atizador para que se hicieran bien. Esa cocina de carbón era lo único que calentaba en invierno, no teníamos calefacción, y cuando me iba a dormir tenía que frotar con los pies las sábanas porque estaban heladas. Recuerdo cómo mi madre me llamaba a voz en grito, cuando ya había perdido la paciencia, para que me metiera en la bañera. Luego tenía que hacer lo mismo para que saliera de ella. Recuerdo que me enseñó a hacer tortilla de patatas y a ponerme un paño alrededor del antebrazo para que al darle la vuelta no me quemara si parte de la tortilla se desparramaba por los bordes. Recuerdo sus manos, su consistencia y su tacto, no necesito más que cerrar los ojos y me vuelvo a agarrar a ellas. Me encantaban sus manos, creo que nunca se lo dije, al menos no con palabras. Recuerdo la primera vez que me rompieron el corazón, como se suele decir. «Tú eres más importante que esa chica», me dijo mi madre, «y ahora mismo tú y yo nos vamos al cine». Y aunque por aquel entonces no entendía que a su hija mayor le gustasen las mujeres, me sacó de la cama para ir a ver una película, la que fuera, la que yo quisiera.

Recuerdo la primera vez que ella viajó en avión. Íbamos a Roma a ver a mi hermano: mi hermana, el que por entonces era su novio, mi futura señora esposa, ella y yo. Estábamos a punto de embarcar y desde las cristaleras se veía cómo metían las maletas. Mi madre al ver la cantidad de equipaje y toda la gente que esperaba subir al avión dijo que cómo iba a volar con todo ese peso. El viaje de ida lo hizo aferrada por un lado a la mano derecha de mi hermana, por el otro a mi mano izquierda. En cambio, el trayecto de vuelta fue durmiendo plácidamente. Recuerdo poder ir a cualquier sitio con ella, querer ir a cualquier sitio con ella. Bueno, yo y todos mis hermanos. Y a ella pasear toda orgullosa acompañada de sus tres hijos. Recuerdo su generosidad y su fortaleza infinitas. Que escuchaba a todo el mundo pero sobre todo a sus hijos. Recuerdo cuando se puso enferma, lo delgadita que estaba, y preguntarle cómo se encontraba. «Como un trapito, me siento como un trapito», me dijo y yo no supe qué decir ni qué hacer. Yo que siempre la abrazaba fuerte, balanceándola de un lado a otro, cuando llegaba a casa de visita y cuando me iba. Podía haber hecho eso, darle un abrazo, pero se me encogió tanto el corazón que ni eso pude. Ya ves, algo tan sencillo.

Recuerdo muchas cosas de ella y otras tantas se me habrán olvidado. Recuerdo acompañarla al cementerio la víspera de todos los santos porque ese día no habría tanta gente. Subir en autobús al principio, después llevarla yo en coche, con un cubo, un paño, creo que fairy o algo parecido y las flores, por supuesto. Quitaba las flores secas que estaban sobre la lápida de la tumba de su madre y su hermana, las dos murieron muy jóvenes, limpiaba el mármol con el jabón y el paño, ponía las flores frescas y después rezaba. Y mientras hacía todo eso, lloraba. Lloraba sin consuelo y sin llanto. Yo también lloraba. Lloraba porque la veía llorar a ella, no porque supiera exactamente cómo se sentía, no porque lo entendiera. Igual que no entendía por qué a veces le daba por llorar viendo uno de esos programas tipo «El diario de Patricia» o uno de esos dramas de tarde de sábado. «No llores mamá», le decía mi hermana, «que a esa señora no la conoces». «No llores mamá», le decía mi hermano, «que solo es una película». Todo en tono de broma para que se riera. «Es que vuestra madre es una llorona», se justificaba. «Si quieres llorar, llora, mamá, no les hagas ni caso», le respondía yo.

Por estas cosas de la vida que a veces es un poco capulla, ahora soy yo la que quita las flores secas de su tumba para poner unas frescas. No rezo, hablo mentalmente con ella. Y mientras hago todo eso lloro. Igual que ahora se me escapan las lágrimas escribiendo esto y la pantalla del portátil se emborrona sin remedio y gasto un pañuelo tras otro. Lloro sin consuelo, sin poder contenerlo, como hacía ella. Y sí, también me pasa con ciertos programas o ciertas películas. Y es que ya sé lo que se siente. Y es que, a mi pesar, hace tiempo que lo entiendo.

Algún día mi hijo tendrá la edad que yo tenía cuando la acompañaba a ella. Tal vez venga conmigo y yo sabré que si llora es porque me ve llorar a mí. Y desearé que tarde muchos, muchos, muchos años en conocer cuál es el sentimiento que fabrica este tipo de lágrimas. Aunque también desearé que cuando llegue ese lejanísimo día, sienta lo mismo que yo un 11 de junio de 2011, porque eso significará que, al menos, lo habré hecho la mitad de bien que ella.

P.D.: Feliz sesenta aniversario, señora Maricarmen. 😉

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6 thoughts on “22 de julio, otra vez

  1. Tengo una receta de callos con garbanzos que vale miles de millones y que está deseando ser utilizada… Un abrazo, grande, sentido, y con muchas lágrimas en la garganta, como aquel 11 de junio que yo tampoco olvido.

  2. Recuerdo cuando fui a Ponferrada a ver a tu hermano Diego hará ya unos cuantos años y me presentó a tu madre ,después de un rato hablando con ella la dije que aquí en el bierzo hay muy buenas lechugas, cuando terminó el fin de semana antes de irme salió tu madre a despedirme con una bolsa llena de lechugas y pimientos, tan sólo la conocía de esos dos días pero la sensación que me llevé de ella es de esas personas que hacen de lo que las rodea un lugar maravilloso y hace que las personas sean mejores, ese fin de semana no sólo me lleve una bolsa entera de lechugas si no de conocer una gran familia y una mujer maravillosa y bondadosa. Después el tiempo me dio la razón ya que tuve la suerte de poder coincidir con ella mas veces, esté donde esté ahora lo que es seguro que estará orgullosa de como ha educado a sus hij@s y los valores que los ha inculcado. un fuerte abrazo a la familia.

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