De redacciones sobre el otoño y de brujas y princesas

Así parece que escribo mucho.
Así parece que escribo mucho.

“Apuró el paso al escuchar las doce campanadas”. Con esta sencilla frase había que escribir un relato de un máximo de 750 palabras en el reto número catorce del Taller de escritura de la web Literautas. Era el primer día del año 2014 y teníamos quince para desarrollar una historia con su inicio, su nudo y su desenlace. Apuró el paso al escuchar las doce campanadas, apuró el paso, alguien corriendo, unos pies a la carrera, un reloj dando las doce. Automáticamente pensé en Cenicienta, lo sé, no fui muy original, pero y si… una bruja… sí, de repente una bruja. No, espera, de repente una explosión, una nube de humo y de entre esa polvareda, entonces sí, una bruja. Y si Cenicienta conociera a esa bruja, y si, y si, y si. Y, al final, entre tanto “y si”, se formó un cuento alternativo a ese de sobra conocido en cualquier parte del mundo. Después se lo envié a mi amiga Sus para que con su sapiencia y su implacable boli rojo señalase sus fallos ortográficos y, sobre todo, de puntuación, porque como ella solía decir: “¿Tú qué? Coges un puñado de comas, las lanzas al texto y donde caigan, ¿no?”. Culpable. Pero gracias a ella (y a su implacable boli rojo), ya no las dejo caer al tuntún, aunque puede que alguna se me escurra sin querer y no me dé cuenta. Nadie es perfecto. Entonces, mi querida amiga Sus, después de meterse con mi manera de colocar las comas, añadió que por qué no hacía lo mismo con otros cuentos. Pues no sería mala idea, pensé. Y en eso se quedó durante bastante tiempo, en una idea que el subconsciente guardó sin que yo me enterase, como si hubiera dicho: “Como te conozco y sé que te dispersas en miles de ideas, esta la voy a meter aquí, en mi archivo de posibilidades, para que vaya madurando mientras duermes o escuchas esa canción o ves esa serie o friegas los cacharros o vas de compras. Y cuando menos te lo esperes, sí, cuando creas que estás pensando en otra cosa, surgirá de nuevo y ya no podrás abandonarla. Y por mucho tiempo que te lleve conseguirlo, tendrás que darle un principio, un nudo y, sobre todo, un desenlace. Sí, sobre todo eso último, que ya nos conocemos tú y yo”.

Y así también.

Principios de los noventa, muy principios, vamos, el inicio de la década. En séptimo o puede que fuera octavo de EGB, nos pidieron a todos los de la clase que hiciéramos una redacción sobre el otoño. Recuerdo que escribí sobre lo diferente que se vive esa estación en una ciudad, en un pueblo o en un bosque. De entre todas esas redacciones, los profesores elegirían la que según su criterio fuera la mejor y días después entregarían a su autor o autora un premio. Así que allí estaba yo, sentada en mi pupitre con los brazos cruzados sobre la mesa, esperando que dijeran el nombre de Fulanita, la más lista de la clase. Porque seguro que ganaba ella, era tan lista y tan guay y… y bueno, es posible que me gustase un poco. Imaginaros mi sorpresa cuando la profesora de Lengua, Doña Adela, dice mi nombre. ¿Quién? ¿Yo? Mirada al resto de la clase. El resto de la clase me mira a mí. Y me sonríen. Pues va a ser que sí. Me levanto a recoger mi premio, envuelto en papel de regalo, mientras la profesora aplaude, mientras mis compañeros aplauden, mientras la más lista y guay de la clase aplaude y me sonríe. Me siento de nuevo en mi silla, dejo mi premio envuelto en papel de regalo sobre la mesa y lo miro incrédula. Yo, a quien se le dan bien las matemáticas y la gimnasia pero no tanto la lengua y las ciencias sociales. Porque al parecer soy más de lógica, de acción reacción, que de memorizar y desarrollar ideas. Yo, a quien algunas niñas llaman “machopirolo” porque juega al fútbol con los niños, con esos niños que a ellas les gustan. Yo, que soy callada y tímida y no destaco mucho, salvo en gimnasia, claro. Esa yo, acaba de ganar un premio por una redacción sobre el otoño, por escribir, por dejar que mis fantasías por una vez bajen al mundo real.

El susodicho premio. Lo sé, mola mogollón. Cómo no iba a conservarlo “forever”.

Menuda emoción, menudas ganas de que acabaran las clases y salir corriendo dirección a casa y contárselo a mamá. Enseñarle mi premio. MI PREMIO. Y llorar sentada en el sofá con ella dándome un abrazo. Mis hermanos pequeños no entendían por qué lloraba pero ella sí, porque, hija, eres como yo y te emocionas igual. Y así podría haber sido la gran historia del comienzo de una escritora que desde ese instante se dedicó a escribir sin parar y en secreto en su cuarto; pero no. Porque entre este momento de principios, muy principios, de los noventa, al anterior del uno de enero de 2014, pasó que cuando fui al instituto elegí ciencias puras porque se me daban mejor las matemáticas que eso de memorizar. Paso que después hice un grado superior en desarrollo de aplicaciones informáticas, porque se me daban bien los ordenadores, las matemáticas, la lógica. Y pasó que cuando por fin tenía al alcance de mi mano hacer algo que sí deseaba de verdad, desde que era muy niña, desde que vi a Superman en pantalla gigante: estudiar en una escuela de cine; en vez de escoger Guión como especialidad, escogí Postproducción, porque también me gustaba y no se me daba mal y tenía más salidas que ser guionista. Porque una es así y tiende a sopesarlo todo mucho antes de tomar una decisión porque, ay madre, lo que le cuesta tomar decisiones. Que eso de arriesgarse así como así y tirarse a la piscina sin comprobar que tiene mucha agua, lo hacen los insensatos, y una es muchas cosas pero esa no. Porque y si me equivoco, y si me sale mal, y si fracaso, y si, y si, y si.

La próxima víctima del boli rojo de Sus.
La próxima víctima del boli rojo de Sus.

Veinticinco de enero de 2017. Es de noche, todos duermen: Lope, Óliver, Carmen y mi señora esposa. Me ha costado, vaya que sí, pero ahí está: mi primer borrador. 44224 palabras. Poco más de 190 páginas. No es muy largo, no importa, solo es un comienzo. Lo que importa de verdad es que esta vez sí, esta vez he llegado al final, a pesar de detenerme una y otra vez, a pesar del cansancio, de la falta de tiempo, de las pocas ganas, a pesar de mí. Cenicienta y una bruja… y otra bruja, y más princesas, y que si besos, y que si magia, y finales alternativos, y que esto y que lo otro, y que fin. ¿Y ahora qué? Pues ahora al cajón de la mesa del ordenador porque hay que dejarlo reposar, hay que distanciarse mucho, olvidarse también, como si en realidad no lo hubieses escrito tú. Porque cuando llegue el día de volver a abrir ese cajón, ay madre, a saber lo qué te encuentras. ¡A saber! Lo mismo es una chorrada como la copa de un pino, lo mismo. Pero no te preocupes, mujer, porque eso no lo has escrito tú, fue otra. Y no pasa nada, tenemos boli rojo, tenemos hasta bisturí. Tenemos una Sus que dirá que no está mal pero tú puedes hacerlo mejor y lo sabes. Tenemos una señora esposa que dirá que le gusta haciendo ese gesto con la cabeza tan suyo mientras sonríe. Si hasta tenemos un amigo virtual que te dará sin piedad porque te hará falta. Y puede que después de todo eso hasta consigamos algo decente, sí, algo digno de volver al cajón del que salió pero con la cabeza bien alta. Porque lo único que importa es que tú, sí tú, al final no has podido evitar seguir siendo una soñadora. Y los sueños, a veces, bajan del mundo de la fantasía. O tropiezan y se caen en este, vete tú a saber.

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9 thoughts on “De redacciones sobre el otoño y de brujas y princesas

  1. Pues me han dado ganas de sacar el boli rojo un par de veces mientras leía… Así que voy a tener que ser más implacable, parece ser, que tú sólo funcionas a collejas 😛

    Deseando leerlo… Ya tú sabes, mi amol. ¡Qué te voy a decir que tú no sepas!

  2. Pero… cuando ese proceso necesario acabe y obtengas algo digno (cosa que yo no dudo), no dejes que vuelva al cajón, por favor…
    ¡Un abrazo! 🙂

    1. Si me lo pides por favor… me lo pensaré un par de veces antes de decidir si regresa o no al cajón. Incluso puede que antes de que eso suceda llegue hasta la fase de lectores beta. Ahí lo dejo. 😛
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

  3. Bueno, este texto tan personal me ha emocionado. Tus palabras, tu experiencia personal con esto de las letras se me ha mostrado como un espejo de la mía propia. También se me daba bien escribir en EGB y también dejé de hacerlo hasta hace cinco años, estrenando la cuarentena. Es curioso pero ese taller que mencionas fue el primero en el que participé en Literautas, y, de hecho, causalidades, es el relato que he subido a mi blog hace poco más de dos semanas. También ando con un proyecto de novela, que de momento cuenta con cinco capítulos y casi seis mil palabras, espero terminarlo algún día.
    Lo dicho ha sido una gozada compartir tus sentimientos de tus palabras. Saludos!

    1. Gracias, David, es un placer que hayas disfrutado de ese modo de este humilde texto.
      Está claro que en la vida nunca es tarde si la dicha es buena y quizá, como ha dicho mi colega J.A., antes de ponerse a escribir, nuestra alma de cuentacuentos necesitaba aprender ciertas cosas.
      Pásame la dirección de tu blog, estoy deseando leer lo que te inspiró a ti esa frase del taller de Literautas.
      De nuevo, muchas gracias por tus palabras.
      Un saludo.

  4. Mi doble enhorabuena: por haber terminado tu primera novela, que no es moco de pavo, y por este artículo, que tiene que abrir la recopilación de ellos que acabarás publicando por petición popular.

    Puede que ni te hayas dado cuenta, pero tu alma de cuentacuentos siempre ha estado detrás de tus elecciones, por más pragmáticas que pareciesen. Con la programación (vaya, camarada de armas también en eso 🙂 aprendiste estructura, flujo. Con el montaje aprendiste ritmo, encaje. Con el paso del tiempo aprendiste a tener algo que contar cuando te pusiste a ello.

    No hay que tener miedo a lo que saldrá del cajón cuando toque retomarlo, sólo hay que tenerle miedo a no seguir metiendo en el cajón más y más sueños, hasta que rebosen y se esparzan por el mundo.

    Un saludo,

    J.A.

    1. Pues entonces mi alma de cuentacuentos es mucho más lista de lo que yo creía. 😛
      Tengo una pizarra blanca que uso para ir anotando a modo de esquema mis progresos o tareas pendientes con la novela (vamos a llamarla así), relatos, ideas para futuros posts… En esa misma pizarra tengo de manera permanente un par de citas motivadoras sobre escritura. Creo que a partir de ahora serán tres, porque con tu permiso voy a copiar tu último párrafo en mi pizarra para tenerlo bien a la vista cuando llegue el día de abrir ese cajón. Y, también, para esos momentos de flaqueza, tú ya me entiendes, para no detenerme y seguir y seguir hasta que el cajón rebose e inunde el mundo. 😉
      Muchas gracias por tan bellas palabras. Un abrazo.

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