De rescatar historias

Fotografía: Ester Valverde

En mi blog, justo debajo del título, hay tres apartados: inicio, acerca de mí y publicaciones. En el último, entre algunos artículos, se encuentran varios relatos publicados por un par de revistas literarias digitales. Revistas a las que yo, como es evidente, les tengo mucho cariño y un agradecimiento eterno por dar la oportunidad a mis humildes textos de aparecer en sus páginas. Lamentablemente esas revistas cerraron para siempre y hace unos días descubrí que una de ellas ya ni siquiera es posible descargarla.

Los cuentos, las fábulas, las leyendas, las grandes y las pequeñas historias, al final, solo tienen una finalidad, un deseo: ser leídas. Y aquel relato, el primero que conseguí publicar, ha dejado de existir en el mundo virtual, pobrecillo. No he podido evitarlo, bien abrigada y con la mochila llena de provisiones, he tenido que salir a su rescate.

Soy consciente de que esta entrada tendría que haber llegado ayer, el caso es que entre que publiqué hace una semana por eso de los meses con cinco jueves, los festivos varios y demás quehaceres, se me fue el santo al cielo. Y es que, no sé a vosotros, pero a mí el tiempo me esquiva y me vacila. Sin más dilación… Dentro relato:

TEMPUS FUGIT

La nostalgia siempre ha sido un negocio rentable, sobre todo si viene acompañada de una moral flexible. Rocío lo sabía bien, es lo que le había dado de comer durante más de dos décadas.

—Iniciando comprobación… —dijo su jovencísimo supervisor mientras tecleaba frenéticamente en el teclado holográfico—. Feria del libro antiguo… Fecha exacta, 25 de abril de 2001. Perfecto. Repasemos las…

—No entablar ningún tipo de contacto más allá de lo estrictamente necesario. Ceñirse exclusivamente a la adquisición de la mercancía. Una vez conseguida, volver inmediatamente al punto de encuentro y esperar la recogida.

—Nos encontraremos aquí en exactamente dos horas y cuarenta y cinco minutos.

Rocío mostró el antebrazo izquierdo y su supervisor lo recorrió superficialmente con el Z.Y.G.G.Y. Al instante aparecieron seis dígitos que empezaron a disminuir segundo a segundo.

—Si me permite decírselo, ha sido todo un honor trabajar con usted. Es una leyenda, no creo que nadie consiga superar su número de saltos y, menos aún, mantenerse en activo a su edad.

—Gracias, aunque me acabes de llamar vieja sutilmente.

—Oh, no, no… Yo no pretendía… Discúlpeme si…

—Relájate, tienes razón, estoy vieja. Debería retirarme. El año que viene tal vez…

—Yo… La verdad… No creo que usted…

—Sigues sin relajarte.

—Discúlpeme…

—Te veo en dos horas y cuarenta y tres minutos —dijo mirando su antebrazo—, porque ya me has hecho perder dos.

—Le ruego me perdone.

Qué poco sentido del humor tenía la juventud del 2049, pensaba mientras salía del estrecho callejón y se dirigía hacia el gentío que caminaba de caseta en caseta a unos cien metros. 

Retirarse… ¿tan rápido habían pasado todos esos años? Sonrió; no dejaba de resultar irónico en alguien que se dedicaba a burlar el tiempo. Decidió que disfrutaría de ese día, que saborearía cada segundo. Aquí todo era tan distinto…

Para empezar el sol no parecía un millón de abejas aguijoneando tu piel, calentaba dulcemente, como una suave caricia. El aire era aire, no oxígeno sintético. Y la comida… Bueno, mejor sería no pensar en ello. Se compraría un pastel si no hiciese más insoportable volver a los componentes alimenticios. Si pudiese quedarse, sería su retiro merecido y soñado.

—Hola, estaba buscando una edición bilingüe de las poesías de Rosalía de Castro —le dijo a uno de los libreros del primer stand.

—Sí, creo que tengo uno por aquí… Sí, eso es… Tenga.

—¿Cuánto es?

—Nueve cincuenta.

Uno menos, quedaban tres en la lista. Decidió sentarse un rato, aquel banco era perfecto, podría contemplar a la gente disfrutar despreocupada de una magnífica tarde de primavera.

Al principio no estaba permitido llevarse nada del pasado, bastaba con escanear todos aquellos libros perdidos tras la gran destrucción cultural. Pero, para aquellos que tenían poder y eran caprichosos, no les bastaba una copia digital, querían un original que pudiesen tocar, oler y, por encima de todo, lucir presuntuosos. Se escudaron en una teoría simple que acabaron convirtiendo en ley reguladora. El pasado no se puede cambiar, porque si así fuera nuestro presente no existiría y, al no existir, no habríamos podido alterar el pasado, con lo cual seguirá siendo el mismo y, en consecuencia, nuestro presente también. Algo que obviaba deliberadamente los pequeños cambios producidos en acontecimientos y personas poco significativas para el devenir general. Pero, ¿cómo demostrarlo si sólo quien es el origen de una paradoja temporal es consciente de ella?

Le llamó la atención una niña, de unos seis años, que le pedía insistentemente a su madre que le comprase un libro. Su madre le dijo que no, más ocupada en ir tras su hermano pequeño. La niña se quedó quieta, frente a la caseta, mirando triste el objeto de su deseo.

—¿Te gusta? —le dijo a la niña que la miró sorprendida—. Yo te lo regalo con una condición. No pongas esa cara, esto es un tesoro y no lo puede tener cualquiera.

Se puso a su altura, los ojos de la niña estaba abiertos de par en par, fijos en el libro que sostenía en las manos.

—Debes cuidarlo y protegerlo, y nunca, nunca perderlo. ¿Lo has entendido? Es muy importante.

La niña dijo que sí con un efusivo movimiento de cabeza.

—Prométeme que siempre lo llevarás contigo.

—Lo prometo.

Le entregó el libro y la niña salió corriendo en dirección a su madre, mostrando orgullosa su botín. ¿Cómo podía estar segura de que aquel libro no acabaría de cualquier manera y a saber donde? Muy simple, porque lo había prometido, y ella siempre cumplía sus promesas.

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4 respuestas a “De rescatar historias

  1. Lo bien que escribes cf, y noir ya puestos, y lo poco que te prodigas en esos géneros (sin desmerecer a la fantasía, eh).

    Un saludo,

    J.A.

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