Del árbol del bien y del mal

Hace unos días hablando con una amiga de los disfraces que se podrían nuestros pequeños en el carnaval del colegio, nos contó una, vamos a llamarla anécdota, de su hijo. Resulta que la temática de este año fue “Valladolid ciudad cultural” y ella le hizo a su hijo uno sobre la iglesia de Santa María de La Antigua de Valladolid, “La Antigua” para los vallisoletanos. Dentro imagen:

Nuestra pregunta fue que cómo había hecho el disfraz, nosotras somos unas inútiles redomadas así que año tras año lo compramos y listo. Fácil, diseñó un sombrero de cartón con la imagen de la famosa iglesia y al atuendo le añadió una capa y un tutú verdes con flores para simular los jardines. Se lo mostró para que su hijo viera cómo quedaba y él alucinó. Quiso probárselo en seguida pero cuando se miró ya disfrazado en el espejo la expresión de su cara cambio. Pasó de la emoción a la tristeza. Y así, con pena, le dijo a su madre:

—Pero mamá, no puedo llevar esto al cole.

—¿Por qué? —le preguntó su madre, nos preguntamos nosotras.

—Porque es de niña y se van a reír de mí.

A este niño que es un terremoto, a veces, indomable, desde siempre, siempre, ha sentido una pasión desbordada por las princesas, o reinas, porque una de sus favoritas es Elsa de “Frozen” (y de quién no). A mí, al oír aquello, me entraron ganas de ir al colegio y repartir collejas, pero claro, los niños no tienen la culpa, las collejas quienes de verdad se las merecen son los adultos. Y la frase que su madre compartió después con nosotras, muy a su pesar, no puede escenificarlo de forma más clara:

—Al final, la sociedad va a poder con él.

Fotografía: Ester Valverde

Yo aguanté en mi infancia y adolescencia que se metieran conmigo porque no jugaba a “cosas de chicas”, porque jugaba a “cosas de chicos”. “Machopirolo” era el insulto estrella. Y no solo eso, también comentarios sobre mi “feminidad” que adultos compartían con mi madre creyendo que yo, no solo debía ser sorda, sino además idiota. Durante un tiempo dejé de jugar al fútbol, dejé de ir con los niños de mi barrio cuando me llamaban para jugar una pachanga con la excusa de que aún seguía doliéndome una rodilla. Fue solo durante un tiempo, puede que largo, hasta que otro adulto, una prima de mi madre que vivía en Estados Unidos, cuando se enteró de que había abandonado algo que me apasionaba, me dijo:

—Es una pena porque jugabas muy bien.

Ahora me gusta pensar que sus palabras iban con una intención muy concreta: rescatarme. Y lo consiguió, porque mi verdadero yo solo necesitaba un pequeño empujón, una mano extendida invitándolo a levantarse.

Fotografía: Ester Valverde

Una de las parábolas más conocidos que contiene la biblia es la de Adán y Eva. Sobre ella he reflexionado varias en mi vida, en especial de la parte en la que la serpiente les ofrece la manzana del árbol prohibido, del árbol del bien y del mal. Después de probarla sienten vergüenza, están desnudos. Dios se enfada y los expulsa del paraíso. Pues bien, tengo mi propia interpretación de esa escena. Adán y Eva somos nosotros al nacer, no sabemos nada del mundo, todo lo que encontramos en él nos parece normal, el mundo es maravilloso y alucinante.

Adán y Eva antes de la manzana son los niños que éramos. Adán y Eva después de la manzana son los niños que dejamos de ser en el primer instante que un adulto nos dijo qué estaba bien y qué no. Y no me refiero a pegar a tu hermano o romper un vaso. Para mí el árbol representa a nuestra sociedad, llena de manzanas que te muestran cómo debes comportarte según tu género. El paraíso está lleno de árboles, pero ese es el único que una vez lo pruebes te hará avergonzarte de lo que antes sentiste como normal, como natural.

Y si el árbol es la sociedad, la serpiente son (redoble de tambores) los adultos empeñados en proteger a ese árbol y perpetuar sus reglas, sin importarles que sus frutos arrebaten la felicidad a los ingenuos Adán y Eva, que los expulsen del paraíso. Así que los tientan y los tientan y, al final, ganan, porque si ellos lo dicen que son tan sabios y no dejan de repetirlo y repetirlo y repetirlo… Los Adán y Eva del mundo no tienen ninguna posibilidad de resistirse porque acaban de llegar, porque aún están aprendiendo.

Fotografía: Ester Valverde

Yo soy feminista, así os lo digo. Creo en la sororidad y el empoderamiento femenino. Creo que la sociedad está coja si menosprecia a una de sus mitades. Me cabrean los anuncios sexistas, los programas sexistas, los comentarios, las películas, las series, los libros… Ya no pierdo mi dinero ni mi tiempo con ninguno de ellos. Es que soy libra y no sé cuánto tiempo me queda para nivelar mi balanza, el platillo con historias y relatos machistas está rebosante. Crecí en los ochenta y noventa, las heroínas a las que tuve acceso se cuentan con los dedos de una mano.

Por eso comparto todo aquello que rompa con los estereotipos, todo. Mujeres científicas, mujeres que lucharon en todas las guerras, mujeres inventoras, artistas, filósofas, mujeres del día a día, madres y no madres, superheroínas reales y ficticias. Comparto todo aquello que les diga a los adultos, a los niños y a las niñas, que las mujeres pueden ser quienes quieran ser, que no son el sexo débil, que somos igual de importantes que ellos. Y en ese afán por compartir me he dado cuenta de que falta alguien: la otra mitad.

Porque si creo en el empoderamiento femenino, también creo que el machismo, que nuestra sociedad “heteropatriarcal”, no solo nos afecta a nosotras, también les afecta a ellos, en menor medida diréis, es cierto. Aunque creo que el hijo de mi amiga no verá la diferencia y, si supiera cómo, nos diría que a él le hace infeliz, que le oprime y que es posible que le convierta en alguien que nunca deseo ser, ni bueno, ni malo, solo un niño que dirá que eso son cosas de niñas, que acabará convenciéndose de que el rosa es feo y no le gusta, que dejará de disfrazarse de princesa o de hada con varita. Acabará viendo el mundo dividido en dos: para él y para ella. Dos mundos que no se pueden mezclar, como si fueran agua y aceite.

Fotografía: Ester Valverde

Está muy bien mostrar a los niños que existen mujeres bomberas o policías, qué narices, está fenomenal. Y estaría muchísimo mejor si siempre acompañáramos esos ejemplos con otros de, por ejemplo, hombres enfermeros, de padres que portean a sus hijos, bailarines con mallas y tutús, costureros o, incluso, amos de casa, porque ellos también pueden ser quienes quieran ser, porque eso del sexo fuerte no existe. Y que oye, hombre del siglo XXI, si te encanta la novela romántica, me parece genial, aunque a mí no me prestes tus libros. 😛

¿No sería maravilloso que transformáramos el mito de Adán y Eva y dejáramos de acercarnos a los niños y las niñas como malas serpientes ofreciéndoles la «única manzana», insípida y hasta podrida? Ya es hora de convertirnos en serpientes respetuosas, verdaderas protectoras, que les enseñen que no solo hay manzanas en el huerto del señor y que ellos son los únicos que deben escoger qué quieren llevarse a la boca.

Fotografía: Ester Valverde
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