De hacerse mayor

Mañana es mi cumpleaños. ¡Felicidades! Gracias, gracias. Cuarenta “añazos”, ni más ni menos. Cuarenta. Una cifra redonda y que a mí, ahora mismo, me suena contundente. Cuando lo pienso es como, hala, cuarenta, ¿ya hemos llegado aquí? ¿Recuerdas cuando ibas al colegio y pensabas en la llegada del nuevo milenio como algo lejanísimo? Pues en el dos mil cumplías veintidós y ahora parece que alguien chasqueó los dedos y de repente pasaron dieciocho más.

¿Cuánto queda en mí de aquella niña que miraba a los veinte como si fueran un extraterrestre? ¿Cuánto de la que los tuvo? Sería estupendo poder hablar con ellas ahora, bueno, mañana, cuando ya tenga cuarenta; sé cómo me mirarían ellas a mí, como a alguien muy mayor. Yo a la que le rondaba la pubertad la miraría con ternura, tan inocente, con un montón de sueños por delante, viviendo el día a día sintiendo que cada uno duraba una eternidad, ignorando lo rápido que el futuro la alcanzaría. Quizá le diera un par de consejos. Y jugaríamos al fútbol; cuando a mí me faltase el aire, ella ni habría empezado a sudar.

A la de los veinte en adelante la abrazaría fuerte, pobrecilla, con la de cosas que tuvo que lidiar. Le daría las gracias por todos los errores que cometió, todos esos que a ella le atormentan, y por lo valiente que fue sin pretenderlo, porque aunque tardara en tomar sus decisiones, nunca pudo evitar tomarlas por mucho miedo que le dieran. Porque con el simple gesto de ser ella misma, de vivir acorde a como se sentía, trasformó a los que le rodeaban.

¿Y a la de los treinta? Un par de collejas no le habrían venido mal; sí, ella ya no tenía tanta escusa. Aun así la perdono, qué remedio, con el tiempo espabiló un poco (pero solo un poco), y a esta la conocí antes de ayer como quien dice. Le diría, antes de despedirme de ella después de tomarnos una cocacola, que llegada cierta fecha escribiera esa carta y la enviara, y que aquel fin de semana cogiera el coche y fuera a casa sin dudar porque el siguiente ya no llegaría a tiempo.

Es bien conocido el dicho de que las personas nunca cambian, pero yo creo que no es del todo cierto. Si soy sincera, apenas me parezco a esas yo de antaño, si hago memoria, si miro en mi interior, no me siento igual que ellas. Para empezar ha cambiado mi manera de pensar en muchos temas, mis prioridades no son las mismas ni de lejos y si compartiera lo que pienso sobre las relaciones románticas con la preadolescente o la veinteañera o, incluso, con la de treinta, a lo mejor les daba un patús. Mis ideas han evolucionado, aunque, eso sí, las sigo defendiendo con la misma vehemencia.

Por mucho que queramos, por mucho que lo deseemos, no podemos quedarnos estancados, la vida nos moldea. La vida hace que un padre que ni siquiera se levantaba del sofá para despedir a su hija cuando se volvía a Valladolid, ahora le llene la maleta de tarros de pimientos, miel, esta hogaza que está muy rica y allí no la tenéis y otras tantas cosas encuentre en su despensa. También hizo que una hermana que cuando era adolescente y se enfadaba contigo te soltara que al menos ella era “normal”, el día de tu boda fuera la primera que golpeara la mesa y gritara “que se besen, que se besen”. O que un hermano, años después, le pidiera perdón a su hermana mayor por todas aquellas cosas que le dijo el día que se enteró de ya os podéis imaginar qué.

Todos cambiamos en mayor o menor media, si hasta lo hacen nuestros gustos culinarios. Que no os engañen esas pequeñas cosas que no lo hacen nunca porque forman parte de nuestra esencia, porque son algo así como nuestros colores primarios. Los míos son, por ejemplo, pasar tiempo en mi casa a solas, odiar las multitudes pero adorar a las personas, hablar por los codos, evadirme con frecuencia (y facilidad) al maravilloso mundo de las nubes, las historias en cualquier formato.

Mutamos, física y mentalmente, es inevitable, es necesario. Y si conseguimos aprender de las múltiples lecciones que nos brinda la vida, despojándonos de la ira, sobrellevando la pena, asumiendo la culpa, abrazando nuestros éxitos, la nueva persona en la que nos convirtamos será un poquito mejor que la anterior.

Que tengas unos felices cuarenta, Patricia, aprovéchalos porque irán veloces como un guepardo. Nos vemos en la siguiente década. 😉

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8 comentarios en “De hacerse mayor

  1. Yo conocí a la de 30… Collejas se merecía sí… Aunque a la de 40 – 1 día también le daría alguna, ojo :’))
    Muchas pre-felicidades, pequeña chinche. Que te quiero.
    S

  2. Madre mía!!! Qué bien sabes expresas todo aquello que piensas, y que tía tan valiente!!. Ya me lo parecías cuando te quedabas sola cuidando de esas tres preciosidades y sin pedir ni querer ayuda, y siempre con tu sonrisa y tu tranquilidad. Cuánto se puede aprender a tu lado. Precioso texto, y preciosas reflexiones.
    Muchísimas felicidades. Estoy segura que sabrás disfrutar a tope en esta nueva y bonita década. Disfruta muchísimo!!!

    1. ¡Hola! Qué alegría me ha dado tu comentario y qué ilusión. Muchas gracias. Respecto a lo de la tranquilidad… Eso lo dices porque desde tu piso no podías oír mis gritos de desesperación, jajaja.
      Un beso y un abrazo enormes.

  3. Yo,personalmente,en esa chica de 40 años,sigo viendo a la misma Patri,esa chica cariñosa,carismática y sobretodo muy buena pero que muy buena persona y una amiga excepcional, a y se me olvidaba muy buena jugadora de fútbol sala.

    1. Muchas gracias, Noelia. Para mí lo mejor de esos años de fútbol fue conocer a personas como tú. Siempre están ahí, las necesites o no, pase el tiempo que pase y a la distancia que sea. Aunque haga años que no las veas. Un honor haber compartido todo aquello contigo. Cuídate mucho, nos vemos.
      Besos para ti y tú maravillosa familia.

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