De la memoria y los recuerdos

Para el mes de mayo he decidido traer dos películas de ciencia ficción, una de ellas patria. Parece que le estoy cogiendo el gusto a esto de los meses temáticos. Uno de los problemas que nos podemos encontrar al revisionar años después cualquier obra que en su momento nos dejó huella es que el tiempo transcurrido entre aquella última vez que la disfrutamos y la actual no la haya tratado muy bien, o solo regular. Aun así he decidido asumir el riesgo porque creo que ambas aún conservan ese no sé qué que las hizo especiales para mí. Espero no equivocarme, de momento, con la primera, no del todo.

 

“La memoria de los muertos” nos traslada a un futuro en el cual casi toda la población, previa decisión de sus padres como si se tratara de un regalo de nacimiento, tiene implantado un dispositivo llamado “Zoe”. Este dispositivo que se integra en el cerebro como si fuera parte de él, grabará cada segundo de nuestra vida, nos convertirá en algo así como una videocámara portátil. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para perdurar? ¿Para que nuestros seres queridos nos recuerden? ¿Nos recuerden cómo?

En este futuro existen los montadores, cuyo trabajo consiste en coger todo ese material, la grabación completa de nuestra vida, y editarlo. El día de nuestro funeral, nuestro memorándum, se proyectará una película de hora y media resumiendo nuestra vida. Los montadores tienen un código estricto, algo así como las leyes de la robótica de Asimov.

  1. Un montador no puede vender ni entregar a nadie material de un implante “Zoe”.
  2. Un montador no puede tener un implante “Zoe”.
  3. Un montador no puede mezclar material “Zoe” de distintas vidas en un memorándum.

“La memoria de los muertos” cuenta la historia de Alan Hakman (Robin Williams), el mejor de esos montadores no solo por su capacidad de síntesis, por su don para crear los mejores memorándum, sino porque es el único que soporta conocer al detalle las vidas de las personas más truculentas, los encargos más duros. Alan, gracias a su fama, será contratado por la viuda de un hombre tan poderoso como oscuro. Entre los recuerdos de ese hombre Alan creerá reconocer a alguien de su infancia, alguien que representa un acontecimiento que le ha perseguido toda su vida. Ese descubrimiento le llevará a una intensa búsqueda de la verdad porque tal vez sus recuerdos le hayan traicionado. Y mientras él busca su propia redención, el mundo está dividido en dos, entre aquellos a favor del implante y los que creen que es una aberración. ¿Es una forma más de rendir homenaje a tus seres queridos?, ¿o solo una manipulación que convierte a demonios en santos?

Lo más interesante de “La memoria de los muertos” es su premisa y la reflexión a la que me llevó. Lo menos, ahora que la he vuelto a ver, es hacia dónde lleva esa premisa porque al final me ha dejado la sensación de que la película se pierde, se diluye. En su estética, en su ritmo y en su narrativa es una especie de híbrido entre la ciencia ficción y el cine negro. Tiene claras referencias, o a mí me lo pareció, al cine de Alfred Hitchcock en el uso de ciertos planos y en la banda sonora, algo que en la mayoría de los casos yo destacaría, pero creo que a esta película no le beneficia, sobre todo porque la parte del suspense va adquiriendo más y más peso según avanza la película y a mí, en esta revisión, era lo que menos me interesaba. Además, su forma de representar el conflicto entre las dos opiniones contrapuestas, los que usan “Zoe” y los que se manifiestan en contra de él, me resultó un tanto, no sé, ¿estereotipada?, ¿cutre? Bueno, una imagen vale más que mil palabras. Éste está en el bando “fanático” del no.

Puede que “La memoria de los muertos” en sus defectos sea hija de su tiempo, principios del dos mil, e intente ser más efectista que efectiva, pero plantea algo muy interesante e intrínseco al ser humano: ¿Quiénes somos? ¿Realmente alguien lo llega a saber de verdad? Tenemos muchas caras, tantas como personas nos conocen, cada una con opiniones diferentes sobre nosotros. Eso es Alan Hakman hablando con los seres queridos del difunto, preguntándoles qué significaba para ellos, qué desean que aparezca en la película de su vida, cuáles de los momentos que vivieron con él son los más significativos. Los demás, quienes te conocieron, decidiendo quién eras, quién serás para la posteridad, una mentira en la mayoría de los casos.

Hay un momento en la película que a mí me gustó especialmente, Delila (Mira Sorvino), el interés amoroso de Alan y también su contrapunto, le cuenta que solo ha asistido una vez a un memorándum, el de su exnovio, y que no pudo verlo completo. Él le pregunta por qué y ella le responde porque aquello no era la persona que conoció, porque ella prefería recordarlo a su manera.

Los recuerdos son algo muy personal, son instantes que nuestro cerebro va almacenando de forma incompleta, seleccionando de ellos lo que cree que es más importante. Los que dejaron huella, los necesarios para desempeñar las tareas del día a día, los datos fundamentales de nuestra biografía, permanecerán, al resto los irá borrando para hacer hueco a la nueva información que recibe a cada segundo de nuestra existencia. Nuestro cerebro es una mezcla entre ese Alan Hakman editando nuestros recuerdos y esos familiares decidiendo qué es importante y qué no. ¿O somos nosotros quienes lo decidimos? ¿Seguro? ¿Qué pasaría si pudiésemos acceder a todos y cada uno de nuestros recuerdos, si pudiésemos revisionarlos? Por lo pronto seguro que nos llevaríamos las manos a la cabeza porque así no recordaba yo esto, y de aquello me había olvidado por completo. Pero, ¿con qué nos quedaríamos esta vez?, ¿qué decidiríamos borrar? ¿Somos lo que recordamos? ¿O recordamos lo que recordamos por cómo somos? He ahí la cuestión.

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