De emociones artificiales

Uno de los temas más recurrentes en la ciencia ficción se resumiría en una frase: el ser humano jugando a ser Dios. Desde crear vida a partir de la muerte como ya contó Mary Shelly, hasta perfeccionarla por medio de la biónica o la genética. La humanidad intentando llegar más allá de lo posible, mejorándose como sociedad o como individuo, fracasando una y otra vez, levantándose una y otra vez. Y dentro de un tema recurrente, también hay un protagonista recurrente: las inteligencias artificiales.

Robots, androides, entes virtuales, incluso medio humanos como los ciborg, pueblan el imaginario literario, cinematográfico o televisivo. Usados para el servicio doméstico, para el bélico, para el sexual; creados para ser como nosotros, a nuestra imagen y semejanza, pero no en nuestro mismo escalón. Esclavos de lujo que a veces se rebelan, a veces son mejores que nosotros y la mayoría de las veces nos devuelven el reflejo de lo que somos. ¿Qué clase de ser puede crear un dios que no es todopoderoso?

“Cuando los robots sean tan sofisticados como los humanos serán tan imperfectos como los humanos” esta es una de las frases que Kike Maillo dijo al presentar su ópera prima “EVA”. Y bueno, ya ha habido evidencias de esto en ciertas inteligencias artificiales que relacionaban o confundían a gorilas con personas de raza negra, o daban resultados sesgados en función del sexo o el estrato social. Aunque no porque fueran muy sofisticadas, sino porque usaban criterios humanos, y ya sabemos que los humanos somos expertos en filias y fobias.

“EVA” cuenta la historia de Alex (Daniel Brühl), quien regresa a su pueblo natal, Santa Irene, después de diez años de ausencia. La Facultad de robótica le ha hecho un encargo que creen solo él será capaz de realizar: el primer robot libre que tendrá la apariencia de un niño. En su búsqueda de un modelo humano en el que basar al niño artificial conocerá a Eva (Claudia Vega), una niña diferente, perfecta para ser la base de su experimento. Pero Eva no solo será especial por su particular personalidad, sino también por quiénes son sus padres: su hermano David (Alberto Ammann) y su antigua compañera en la facultad, Lana (Marta Etura), de quien sigue enamorado.

Lo que más me gustó de esta película la primera vez que la vi fue su estética. “EVA” nos presenta un futuro donde robots de muy diversas formas, funciones y aspectos conviven con los humanos, donde la tecnología está integrada con la naturaleza, es decir, es sostenible y respetuosa con el ambiente. Los paisajes nevados, las montañas, los coches eléctricos, las casas de madera que se abren con tu huella digital, conforman un mundo acogedor, apacible, en equilibrio, un futuro donde la ciencia ha posibilitado una vida casi perfecta.

Es bastante habitual que en ciertas películas futuristas se usen elementos de épocas pasadas, sobre todo en la forma de vestir, con lo que se consigue, paradójicamente, hacer más real que se trata del futuro y no el pasado. “Gattaca” se inspira en los años cincuenta y sesenta, por ejemplo; “EVA” lo hace en los setenta, en los marrones setenteros, en los cuellos vueltos y en las gafas grandes de pasta ancha. La única nota discordante de color la aporta Eva y su abrigo rojo intenso a lo Caperucita Roja.

Visualmente esta película es magnífica, muy bella, y es una gran prueba del enorme talento que hay en nuestro país, tanto en lo artístico como en lo técnico. Los efectos especiales no tienen nada que envidiar a las mega producciones que llegan desde el otro lado del charco. Con el presupuesto que usan los americanos para contratar al secundario del secundario, el equipo de “EVA” diseñó y creó, no solo a los diversos robots, sino cómo es el interior de su mente. Cristales de múltiples formas, como si un vidriero artesano los hubiera creado, preciosos cristales que parecen obras de arte conformaran la mente del nuevo robot, uno que será capaz de pensar por sí mismo, de experimentar y aprender del mundo como un humano, de sentirlo a su manera. Neuronas artificiales que se irán creando y conectándose entre sí por filamentos de vidrio trasparente. Y como una imagen vale más que mil palabras…

Reza la frase promocional de la cartelera de “EVA” que nadie puede programar tus emociones. Y ese es el principal problema, a mi entender, de esta película, que esa premisa no está por ninguna parte. Aunque puede que sí, pero tan perdida en un insulso triángulo amoroso, en ese pasado al parecer tan doloroso que hizo que el protagonista huyera de él o en una niña que más que especial tiene una personalidad que chirría de lo forzada que está. Si a una historia eres capaz de quitarle elementos, borrar personajes del mapa, y no solo no hacer que se resienta sino que pueda ir por un camino mucho más interesante, el que estaba destinada a recorrer, entonces la historia tiene un problema muy grande.

Porque si quitamos al hermano y a la chica, el protagonista podría haber intentado desarrollar al primer robot libre igual, la niña ya no protagonizaría un mero giro que no sorprende a nadie y “EVA” se centraría en la hipocresía humana, en su egocentrismo, en que si creamos un ser libre pensante y sintiente basándonos en nuestras virtudes y en nuestros defectos, cuando unas emociones, que al igual que nosotros no sabe gestionar, le llevan a cometer un error, nos podríamos preguntar si es lícito juzgarle como a una máquina, desconectarlo como a un simple televisor, destruirlo porque no funciona correctamente.

Quizás el quedarse en lugares comunes, más fáciles de manejar, evitó que esta película fuera más arriesgada en sus planteamientos morales (algo que les pasa a muchas de esas grandes producciones). Quizá el que en este país nuestro no se apueste por los relatos de género salvo en contadas ocasiones por miedo a que el público los ignore, o por la arcaica creencia de que a los españoles esas cosas no nos gustan, hizo que “EVA” se quedara en el limbo de lo que pudo ser y no fue. Aun así tiene un final poderoso, que emociona de muchas y contradictorias formas, un final que funciona, que muestra por un instante qué querían contar de verdad. Y es maravilloso.

Espera, antes de irte dime, ¿qué ves cuando cierras los ojos? 😉

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