De serendipia o conciencia intencional

Fotografía: Ester Valverde

Serendipia es una palabra que deriva de la inglesa serendipity, acuñada por Horace Walpole a partir de un cuento tradicional persa llamado “Los tres príncipes de Serendip”. En este cuento sus protagonistas, los príncipes de la isla “Serendip”, conseguían resolver sus problemas gracias a increíbles casualidades. Por eso la palabra serendipia viene a significar en lenguaje coloquial “vaya potra que has tenido”, “menuda suerte” o “de chiripa, te ha salido de chiripa”. Para algunos la serendipia es el equivalente al destino, para otros serían una serie de coincidencias, algo que encuentras cuando más lo necesitabas o algo que descubres cuando estabas buscando otra cosa. En la historia de la ciencia hay un montón de serendipias, la famosa manzana de Newton, la cura para cierta enfermedad cuando investigabas el remedio para otra, etc.

La conciencia intencional es un concepto desarrollado por Edmund Husserl dentro de la “Teoría de la fenomenología”, y viene a decir que la conciencia, como capacidad del ser humano para conocer la realidad, es intencional porque se dirige a los objetos y no está desligada de ellos, es decir, que el conocimiento es conocimiento de algo. Esto implica que la conciencia se fija en aquello que, por diversas razones, le resulta significativo, de tal forma que si no fuera así, el objeto, la situación, la persona, etc, le pasaría desapercibido.

“¿Pero qué me estás contando, Amparo?”. Un momento, paciencia, que te lo explico en un momento.

Fotografía: Ester Valverde

La vida está llena de casualidades, ¿estamos de acuerdo?, y siempre las achacamos a algo externo a nosotros mismos, a la magia, a los lazos invisibles que nos unen, a dios, al destino, a los astros; a la serendipia. Pero resulta que no, nada es así, porque esa casualidad nos pasaría desapercibida de no ser porque para nosotros significa algo. Porque nuestros conocimientos, nuestra memoria, asocia ese hecho a algo que conoce, algo que nos importa o nos interesa en mayor o menor medida. Esa sería la conciencia intencional, nosotros dándole un significado superior a una casualidad.

El pasado 21 de marzo se celebró el día mundial de la poesía y en la guardería a la que van mis hijos pequeños, los mellizos, dejaron al alcance de cualquiera que entrase un montón de papeles del tamaño de media cuartilla, cada uno contenía una poesía. Tenían distintos colores, rosas, amarillos, azules… y me puse a buscar. Entre Machado, Lorca o Albertí encontré un poema que captó toda mi atención, su autora era Dulce Chacón.

A esta autora, tristemente desaparecida muy, muy joven y cuando estaba empezando a disfrutar del éxito literario por obras como “La voz dormida”, la conocí, literariamente hablando, hace muchos años, a principios del dos mil. Mi novia por aquel entonces tenía una tía, y la sigue teniendo, que era amiga de Dulce Chacón. Mi novia tenía varios libros suyos dedicados, seguro que su tía los tenía todos, y me prestó uno de ellos, “Algún amor que no mate”. Una historia sobre el maltrato en una época en la que aún no teníamos ni la misma información ni la misma conciencia sobre el tema. El caso es que después de leer y comentar mis impresiones con mi novia en aquel lejano año, ella me contó que Dulce Chacón había empezado escribiendo poesía. Yo le pregunté que por qué ya no lo hacía y se había pasado a la narrativa, su respuesta fue que porque la poesía no vendía. Poco después de aquella conversación, Dulce Chacón falleció, y yo me enteré de que estaba enferma porque mi novia me lo contó.

Fotografía: Ester Valverde.

Desde hace un tiempo la poesía está viviendo un auge, ya no es raro encontrarse los libros de la nueva ola de poetas y poetisas en primer plano en cualquier librería. Y por eso al ver la poesía de Dulce Chacón entre todas las demás me pregunté qué habría sido de sus poemas si aún viviera. Fue la única poesía que cogí y me llevé a casa, por todo eso de las serendipias y de la conciencia intencional, porque al leer el poema sentí que su mensaje iba hacia a mí, igual que si me lo hubiera enviado ella misma.

Ahora tiene un lugar privilegiado en la pizarra en la que anoto cómo van mis escritos, a dónde he enviado tal relato con tantas palabras, si mis lectoras beta tienen este otro, si aún tengo que revisar el manuscrito equis, etc. Ese lugar es la esquina inferior derecha, justo al lado de las frases motivacionales que nunca borro. Porque nunca es tarde, nunca se es suficientemente mayor para perseguir un sueño, para descubrir una pasión que te arrastre, que te haga sentir más tú misma que nunca. No, jamás será tarde. Sí, el momento es ahora, separa los brazos y vuela.

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