De relatos: La maldición. Parte dos: Luz

Fotografía: Ester Valverde

Oren y Yosef eran idénticos por fuera, la misma mota de polvo duplicada, el mismo copo de nieve dividido en dos. Pero por dentro, por dentro ya era otro cantar, uno que desafinaba. Porque a Yosef jamás se le hubiera ocurrido traspasar la frontera y adentrarse en terreno prohibido, el que estaba salpicado de pinos de ramas débiles y semidesnudas como un pájaro a medio desplumar. Y menos aún se habría acercado a una de aquellas puertas de madera y barniz descascarillado encajadas en montículos de tierra, como si las hubieran construido topos gigantes e inteligentes. Eran entradas a un mundo que se perdía bajo tierra, la ciudad a la que nunca le daba el sol, donde habitaban aquellos que vivían en la oscuridad. No, a él nunca se le habría ocurrido, pero a su hermano sí, el que nació un minuto antes que él. Le arrastró hasta allí con su verborrea incesante, con su agarrarle del brazo y no soltarlo hasta divisar la primera puerta semienterrada.

—Bueno, ya está, ¿contento? —dijo Yosef con el tono más firme que conocía —. ¿Podemos irnos ya?

—Qué dices, si aún nos queda lo mejor —le contestó su hermano todo entusiasmo.

—¿Lo mejor? Cuando se enteren nuestros padres, entonces sí que vendrá lo mejor. Vámonos te digo, estoy cansado de tus bromas. Por tu culpa siempre acabo pagando el pato yo también.

—Y lo que te diviertes, ¿qué? Me dirás ahora que nunca te has preguntado cómo son.

—Pues claro que sí.

—¿Entonces?

—Y lo he buscado en los libros, sin necesidad de hacer nada que nos cueste…

—Shhh, calla, he oído algo.

—Será una ardilla, so… —nunca encontraba el insulto perfecto, ese que se le daba tan bien pronunciar a su hermano mayor —, so…

—¿Quieres callarte? Y escóndete, imbécil.

Y volvió a tirar de él, de la manga larga de su camiseta, su preferida, la que tenía estampado al mejor superhéroe de la historia. Le obligó a agacharse, agarrándole del cuello, empujándole hacia abajo tras unos matojos que apenas taparían a un zorro.

—Pero quién crees que nos va a ver, aún es de día… bobo.

—¿Bobo?

—Sí, bobo, que eres un bobo. No pueden ver la luz del sol, igual que nosotros no podemos… —Una colleja cortó su discurso, su lección aprendida de memoria a base de oírla y recitarla una y otra vez —. ¡Que no me pegues!

—Pues deja de decir imbecilidades. Voy a las mismas clases que tú, estúpido, estoy hasta donde tú ya sabes de escuchar eso.

—Irás a las mismas —replicó tocándose la nuca dolorida —, pero está claro que no aprendes nada.

Se quedaron un rato en silencio, él frotándose donde le había alcanzado la mano abierta de su hermano, Oren observando la puerta, deseándola, maquinando un plan.

—¿Qué pasará si llamo? ¿Crees que abrirá alguien?

—Ni se te ocurra.

—Oh, Yosef, ¿y si abre alguien? —Oren le miró con aquel brillo, aquella chispa de maldad enfervorizada —. Le dará el sol…

—Oren, no, se acabó, no pienso ayudarte.

—¿Qué le pasará si le da el sol? ¿Arderá?

—Yo me voy.

Pero no le dio tiempo a cumplir su amenaza porque siempre se tomaba unos segundos para ponerlas en práctica, segundos que a su hermano le sobraban. Por eso Oren volvió a ser el hermano más espabilado, el que lo conseguía todo, el que hacía lo que le daba la gana, el que salió del matorral directo a su objetivo sin mirar dónde ponía los pies.

El alarido de Oren asustó tanto a Yosef como a los animales que había alrededor, unos pocos pájaros y alguna que otra ardilla. Yosef se quedó paralizado, mirando cómo su hermano gritaba sentado en el suelo y llevándose una mano a su pie derecho, atrapado en una trampa para animales.

—Yosef, ayúdame, por favor. ¡Mi pie! ¡No puedo sacarlo!

No supo qué hacer, no soportaba la sangre y el tobillo de su hermano sangraba lo suficiente para verla desde donde estaba.

—¡Yosef!

El pánico invadió su pecho y su corazón se aceleró, se adueñó de cada uno de sus músculos y estos parecieron convertirse en piedra.

—¡Yosef! ¡Maldito seas! ¡Deja de mirarme como un pasmarote y ayúdame!

No deberían haber ido allí, mira que se lo habían advertido. La culpa era toda de su hermano, ¿por qué nunca hacía caso? Nunca le escuchaba, nunca, y al final siempre se las apañaba para arrastrarle a sus locuras.

—¡Yosef! Por favor, haré lo que me pidas, te daré lo que quieras, pero ayúdame.

Volvió en sí y miró a su hermano. Jamás le había visto llorar así, ni siquiera tener miedo. Se acercó a él despacio y al llegar a su altura se agachó. Lo que atrapaba a su hermano se parecía a una dentadura metálica fijada a una base que a su vez estaba anclada en la tierra.

—Dejarás de hacer estas cosas —le dijo sin dejar de mirar la trampa —. Promételo.

—Lo prometo, de verdad que sí, pero sácame de aquí.

Intentó buscar un mecanismo, o un botón, algo que abriera aquellas fauces. Era un chisme extraño, de aspecto primitivo a su entender, pero aun así muy eficaz. Toqueteó todo lo que se ocurrió, presionó, manipuló, pero no consiguió dar con el punto exacto que hiciese ceder a los dientes que mordían el tobillo de su hermano.

—Date prisa, por favor, date prisa.

—No me pongas más nervioso, Oren, sabes que así me cuesta pensar.

—No soy yo el que te mete prisa.

—¿A qué te refieres?

La luz, se refería a la luz. Más allá de la ciudad subterránea, el sol se acercaba peligrosamente a la línea del horizonte. Yosef miró a su espalda asustado, porque si el sol se iba en aquella dirección significaba que en su ciudad, la de la superficie con edificios que se alzaban poderosos hasta casi rozar las nubes, estaba oscureciendo. Se puso de pie con los ojos fijos en el mecanismo que atrapaba a su hermano.

—¿Qué haces? —le preguntó Oren.

—No me dará tiempo…

—¿De qué hablas? Todavía hay luz, todavía puedes…

—Lo siento mucho, Oren, de verdad.

—No lo hagas, por favor, eres mi hermano.

—Lo siento, lo siento, perdóname —le pidió mientras daba pasos que le alejaban de él.

—¡No! ¡No te vayas! ¡No me dejes aquí! —gritó Oren mientras él seguía caminando hacia atrás, mientras la imagen de su hermano luchando desesperado con la mandíbula metálica se le emborronaba —. Moriré, Yosef, moriré cuando se vaya el sol, por favor.

—Lo siento, lo siento, lo siento.

Y Yosef se fue corriendo, limpiando las lágrimas con las mangas de su camiseta favorita, la estampada con el mejor superhéroe de la historia. Y Oren le vio desaparecer, regresar a casa a grandes y rápidas zancadas. Quiso odiarle por abandonarle, pero se sorprendió a sí mismo deseando que llegara a tiempo, antes de que la noche cubriera por completo la ciudad.

A medida que la luz se iba todo se volvía más negro. Sus ojos no estaban acostumbrados a la ausencia del sol y cuando empezó a no distinguir nada de lo que había a su alrededor, creyó que era el final. Pero sintió un escalofrío, ¿era posible que al morirte tuvieras frío? Se abrazó a sí mismo, ¿qué otra cosa podía hacer?

Escuchó el sonido de una llave en una cerradura y las bisagras de una puerta chirriar. De pronto una luz acarició sus ojos, no era muy intensa pero lo suficiente para que él pudiera contemplar una silueta portando una lámpara. ¿Era fuego lo que encerraba en ella?

—¿Qué haces aquí? —le dijo la voz de una chica.

—Yo… yo…

—¿Quién eres? —Tampoco supo qué contestar a esa pregunta. Agachó la cabeza y la muchacha vio su pie —. ¿Cómo te has quedado atrapado? ¿Acaso no miras por dónde pisas?

La chica se arrodillo a su lado, posó la lámpara y con habilidad abrió las fauces liberando su tobillo.

—¿En qué casa vives? —siguió sin levantar la vista, sin contestar —. Tan lejos, ¿eh? Te curaré ese pie, ahora vuelvo.

La muchacha entró en su casa y mientras esperaba que regresara se miró las manos. Su habitual tez morena parecía ahora más gris. Remangó las mangas para contemplar sus brazos y levantó la camiseta para hacer lo mismo con su torso y su barriga. Todo se veía diferente.

—¡Que sí, mamá, que sí! —gritó la muchacha al interior de su hogar desde el umbral de la puerta —. No voy a entretenerme, solo será un momento.

En silencio la observó curar sus heridas, vendarlas. La miró de arriba abajo, era de un gris más pálido que el suyo, casi le pareció plateado. Pero entonces, al terminar de curarle, cogió su lámpara y la piel que alcanzó su luz se volvió anaranjada. Una idea se le pasó por la cabeza y extendió su mano hacia la llama encarcelada.

—¿Qué haces? ¿Tienes frío? —Y su piel también cambió de color —. No me extraña con esa ropa tan rara que llevas.

La muchacha suspiró antes de ponerse de pie.

—No te muevas, te traeré algo de abrigo.

4 comentarios en “De relatos: La maldición. Parte dos: Luz

    1. Hola, Medi, pues si te soy sincera no lo sé. En principio solo era un ejercicio literario en dos partes, pero visto el potencial quizá algún día aparezca una tercera.

      Muchas gracias por pasarte por aquí y por dejar tu comentario.

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