De relatos: La maldición. Parte uno: Oscuridad

Fotografía: Ester Valverde

Extendía su mano derecha en dirección a su hermana pequeña, rogándole que la cogiera, que deshiciera sus pasos y regresara a lugar seguro.

—Por favor, no seas terca, volvamos a casa.

—¿Por qué?, ¿eh?, ¿por qué tenemos que hacerlo? Estoy harta, me da igual lo que digas, voy a ver el amanecer.

—Ya sabes por qué.

—No, no lo sé.

—Sí lo sabes, papá y mamá te lo han…

—Pues no les creo.

—Raina, por favor.

Se inclinó un poco, para acercarse, para que esa mano extendida se aproximara todo lo posible sin que sus pies traspasaran el límite. El principio del fin, donde la vegetación, hierbajos secos que crujían cuando los pisabas y tenían diferentes alturas como un mal corte de pelo, daba paso a un suelo grisáceo y completamente uniforme, como si hubieran usado un rodillo enorme de esos que aplastaban y estiraban la masa para hacer empanadillas.

—Raina, te lo suplico, aún estás a tiempo, vuelve.

Su hermana la miraba furiosa como si ella tuviera toda la culpa, como si ella hubiera escrito las reglas.

—Raina, vamos, ven.

Intentó usar el tono de voz más dulce que conocía, sonreír lo suficiente para parecer calmada, para que supiera que si recapacitaba y caminaba hacia ella, hacia el lugar que les correspondía, no le recriminaría nada y guardaría el secreto para que no la castigaran. Aún era una niña, incapaz de entender que las cosas eran como eran y que no se podían cambiar. Ella estuvo una vez en su lugar, cuestionando todo, rebelándose con cada no, enfadándose tras cada no puedes hacer eso.

—Raina…

Raina miró atrás, hacia los edificios altos, brillantes, como estalagmitas metálicas gigantes. Allí habitaban los otros, los que vivían de día y se escondían de noche. Los que disfrutaban del sol y desconocían la luna. Le habían contado que no se parecían a ellos, a los de su especie, pero cómo podían saberlo si nunca se habían visto unos a otros. ¿Por qué tenía que volver?, ¿por qué? Donde los hogares crecían al revés, hacia abajo, profundizando en la tierra. Volvió a mirar a su hermana, varios años mayor que ella, ya no extendía su mano. El miedo se reflejaba en sus ojos, un terror que se encontraba más allá de su espalda. Los primeros rayos del sol, como una fina línea horizontal, delineando el comienzo de un día nuevo.

—Vaya, qué bonito —dijo Raina mientras el violáceo daba paso al naranja —. ¿Lo ves?

Se dirigió a su hermana sonriendo, pero pronto dejó de hacerlo al ver que ella comenzaba a retroceder despacio sin dejar de mirar con pavor a aquellos rayos de luz.

—Raina… Raina… Por favor, vámonos, vámonos ya.

—Pero si no pasa nada, me siento igual.

—Eso es porque aún estás en penumbra —le contestó su hermana sin dejar de avanzar hacia atrás —. No seas tonta, hazme caso.

Raina miró bajo sus pies, a la sombra oscura que se iba volviendo gris. El sol avanzaba, surgiendo, alzándose, y la línea que separaba luz de oscuridad se aproximaba a ella. Entonces dudó, sintió el eco de las lecciones aprendidas rebotando en su interior. La luz no puede tocarte, nunca, lo entiendes, ¡nunca! Y comenzó a retroceder a medida que aquella línea se acercaba. Debería correr, se dijo, pero sus piernas solo conseguían caminar.

—Más deprisa, Raina, más deprisa —le instaba su hermana —. Por favor, Raina, ¡corre!

Pero en vez de eso se detuvo. La luz tocó las puntas de sus zapatos y se quedó mirándola mientras ascendía por sus piernas desnudas, sin las polainas que tanto odiaba. Ascendió iluminando su falda, el suéter, alcanzando su cuello. Notó el calor en su cara y la intensidad de su brillo le hizo cerrar los ojos.

—No duele, Kamra, no duele.

Se dio la vuelta, al darle la espalda al sol pudo abrir los ojos de nuevo, su hermana seguía resguardada en la penumbra, alejándose cada vez más, aumentando el ritmo de sus pasos, mirándola con los ojos anegados en lágrimas.

—Raina, no…

—¿Qué pasa?

—Tu piel, tu pelo… han… han cambiado. Ahora eres como ellos.

Raina vio cómo dos lágrimas enormes se deslizaban por las mejillas de su hermana justo antes de que ésta le diera la espada y comenzara a correr. Y comprendió que ya no podría volver a su hogar, a la ciudad que arraigaba en la tierra, porque no la dejarían entrar, ya no.

Permaneció de pie mientras en la otra ciudad, la que tocaba el cielo, los otros salían de sus casas. Pensó que quizás, si no les decía de dónde venía, tal vez la acogerían como a una más.

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5 comentarios en “De relatos: La maldición. Parte uno: Oscuridad

    1. Muchas gracias. 🙂
      La verdad es que he jugado con eso, con que quien lo lea piense que le va a pasar algo aprovechando, por ejemplo, la idea que tenemos de los vampiros. En la próxima entrada habrá parte dos, por si te interesa.

      Muchas gracias por comentar.

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