De relatos: La maldición. Parte veintitrés: Galicinio.

Fotografía: Ester Valverde.

Rashîd embestía la puerta con su hombro una y otra vez. Tenía que entrar como fuera, así se rompiera varios huesos en el intento. Mejor eso que morir. Cualquier cosa era mejor, hasta quedarse sin brazo.

—¡Abre la maldita puerta! —gritó y golpeó la cerradura con la suela de su bota—. ¡Ábrela ya, Oren! ¡O la puerta o tu cabeza!

—¡Rashîd, escúchame!

Oren quiso detenerle agarrándole por la espalda, un abrazo del que se zafó con rabia, golpeando con el codo al que había considerado hasta hace un momento un amigo.

—¡Te voy a partir la cara!

El puñetazo impactó de lleno en el pómulo derecho de Oren que, trastabillado, cayó de espaldas al suelo. Rashîd, cegado por el miedo, se lanzó sobre él para seguir encadenando golpes de puños.

—¡Rashîd, para!

Tarêq acudió al rescate y con sus brazos apresó a Rashîd. Pasándolos por debajo de sus axilas y enlazando las manos tras la nuca impidió que siguiera atizando a Oren. Después tiró de él hacia atrás y, al final, ambos quedaron tumbados en el suelo. Rashîd estaba encima de Tarêq mientras este impedía que se volviera a levantar sujetándolo también con las piernas.

—¡Suéltame, Tarêq! ¡Suéltame!

—¡No!

Rashîd intentó zafarse como una presa que quiere escapar del abrazo mortal de una serpiente. Se revolvió sin descanso, agitando su cuerpo en todas las direcciones posibles, pero Tarêq aguantó y aguantó. Rashîd tardó en rendirse y cuando lo hizo no pudo evitar que se le escaparan las lágrimas.

—Por favor, Tarêq —suplicó con la voz rota—, déjame ir.

—No te va a pasar nada, confía en mí —le dijo Oren, que estaba sentado en el suelo frente a él, mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

—Estáis locos, vamos a morir.

—Aquí no va a morir nadie —dijo Tarêq.

El sol comenzó a asomar en el horizonte y Rashîd, ante el que creía que sería su final, volvió a sacar fuerzas de la desesperación para revolverse otra vez. No consiguió nada, estaba agotado, y la llave con la que Tarêq le inmovilizaba era demasiado eficaz. Un destello provocado por la luz colándose entre los troncos y la vegetación le hizo cerrar los ojos. Lloró de impotencia y de decepción, ¿cómo era posible que le hicieran eso? Confiaba en ellos, les quería como a hermanos.

—Cálmate, Rashîd —le pidió Tarêq.

—¿Por qué…?

—Tienes que saber la verdad.

Al sentir que Rashîd se rendía, Tarêq rebajó la tensión de sus brazos y piernas hasta dejar libre a su amigo. Rashîd se encogió sobre sí mismo, abrazándose a sus piernas, enterrando la cabeza entre ellas.

—Rashîd… —Oren se acercó y se sentó junto a él—. Perdóname por haberlo hecho así.

Su antiguo compañero de fatigas, de duras jornadas en los niveles más bajos de la ciudad, sollozaba. El sol ya había salido por completo.

—Rashîd, levanta la cara, vamos —rodeó su hombros con el brazo—. Vamos, Rashid, ¿no quieres ver cómo es el día?

Poco a poco fue sacando la cabeza de entre las piernas, alzando la cara con los ojos cerrados, ojos húmedos  al igual que sus mejillas.

—Espera —dijo Tarêq—, que se ponga esto antes.

Tarêq le dio a Oren las gafas que Raina había traído el día anterior y este se las colocó con suavidad a Rashîd que permaneció quieto, sumiso.

—Cuando quieras…

Los párpados se abrieron despacio, como si se despegaran, aunque apenas pudieron hacerlo del todo, el primer contacto con la luz de un sol en plenitud fue doloroso.

—Necesitas tiempo para acostumbrarte —le dijo Oren.

Rashîd tomó aire por la boca varias veces y lo intentó de nuevo. Al principio solo consiguió mantener los ojos entrecerrados, de manera instintiva colocó una mano delante para protegerlos y fue entonces cuando pudo ver con claridad, con toda la claridad que proporcionaba el día en la superficie.

 

***

 

Sintió una pequeña sacudida, como si alguien estuviera meneando su cuerpo, moviéndolo con insistencia. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era estar sentada frente al dichoso portátil de Yosef, apoyar los brazos en la mesa, después la cabeza sobre estos y…

—¡Laila! Despierta.

Lo hizo de golpe, sobresaltada y desorientada.

—No me he dormido, no me he dormido.

Se frotó la cara varias veces, poniendo especial atención a sus ojos, a los que les estaba costando mantenerse abiertos. Y sintió un ligero tirón. Yosef la agarraba de un brazo obligándola a levantarse.

—¿Y ahora qué? Sigo dormida, ¿no? Y esto es una pesadilla.

Yosef la guió hasta el salón y la sentó en el sofá. Ella se escurrió en el respaldo y, por voluntad propia, su espalda decidió ir resbalando hacia un lado, inclinado su cuerpo poco a poco para ir adquiriendo una posición más horizontal.

—Ah, no. No, no y no. No te puedes volver a dormir.

Yosef se encargó de que recuperara la verticalidad, ignorando su gruñido de queja.

—Ay, que pesadilla más plasta…

—Laila —dijo Yosef chasqueando los dedos para que le mirara—. Aquí, Laila.

—Que ya te estoy mirando, cansino —dijo abriendo sus párpados de forma exagerada con los dedos—. ¿Lo ves? No podría mirarte más.

—Vale. ¿Estás preparada?

—Pues yo qué sé, Yosef.

—Bueno, la verdad es que da igual.

—¿Y para qué preguntas, entonces?

A Yosef le dio la risa y Laila bufó, el sueño acumulado la ponía de muy mal humor, pero a él eso le daba igual porque vivía en un mundo paralelo de genios locos a los que sobreexcitaba la cafeína en exceso.

—Venga, haz los honores.

Laila primero miró al móvil que Yosef había puesto en su mano y después a él. Estaba de pie frente a ella expectante, en medio del lío que había montado a base de aparatos electrónicos y que él llamaba maqueta, intentando disimular la emoción y el ego hinchado ante lo que pasaría en cuanto ella desbloqueara el teléfono e iniciara la reacción en cadena.

—Venga, ¿a qué esperas?

—A… No se me ocurre nada ingenioso. —Al mensaje de la pantalla sí que le faltaba ingenio—. ¿Esto es una prueba? ¿En serio?

—Tú pulsa aceptar, quejica.

—¿Quejica? Y luego te ríes de que yo te llame bobo.

Hizo lo que Yosef le había pedido y él repitió lo mismo en los otros móviles que había comprado para la ocasión y que habían recibido el mismo mensaje al unísono. Después de eso, no ocurrió nada.

—¿Y ya está?

—No, paciencia, acaba de comenzar la cuenta atrás.

—¿Para qué?

Yosef se sentó a su lado.

—He pensado que deberíamos programarle una hora para que se active. Media hora antes del cierre, por ejemplo.

—Sí, buena idea.

—Gracias, Laila —le dijo dedicándole una sonrisa entre agradecida y burlona.

—De nada, Yosef —contestó ella siguiendo el mismo tono de juego—. ¿Cuánto?

—No mucho.

Ambos miraron al experimento a escala que se repartía por todo el salón, por el suelo, una mesa baja y las estanterías del mueble. Permanecieron en silencio concentrados en las diversas muestras tecnológicas, esperando pacientes, sintiendo los segundos pasar como si los marcara el péndulo de un antiguo reloj de pared, en una calma extraña, si lo pensaban, por lo que aquel momento significaba, el todo o la nada.

Se encendieron a la vez las lámparas y los altavoces. La música sonó a todo volumen y las luces bailaron. Yosef sonrió y miró a Laila. Ella cogió aire y lo soltó, se sentía un poquito más ligera, la mitad del peso que le oprimía el pecho acababa de irse, igual que el aire que había salido de su boca.

—Sí —dijo y le devolvió la mirada a Yosef—. Gracias.

—No hay de qué.

Laila abrazó a Yosef. A él ese gesto, al principio, le sorprendió, tardó unos segundos en corresponderlo. No recordaba que le hubiesen abrazado así nunca, con tanta ternura y gratitud, y qué bien sentaba.

 

***

 

Farah fue el primer nombre que le vino a Rashîd a la cabeza, una mujer decidida y difícilmente impresionable. Era orgullosa y firme en sus convicciones y, lo que era más interesante, llevaba años intentado organizar a los trabajadores del gremio para poder ejercer presión a los consejos de maestros y que de una vez por todas les reconocieran como se merecían. Muchos la escuchaban y la apoyaban.

—Pero con ella no valdrán los engaños como conmigo —les advirtió—. Nada de engatusarla con enseñarle la superficie.

—Le diremos la verdad.

Todos miraron a Raina. Se había mantenido en un segundo plano desde que Rashîd había empezado a hablar, lo había preferido así, al igual que no estar presente cuando, por decirlo de alguna forma, le habían tendido la trampa para que viese la luz. No podía evitar sentirse al margen porque era la extraña, porque así la miraba Rashîd, con recelo, incluso Tarêq, aunque intentara disimularlo. Nunca se acostumbraría a la sensación que le producía provocar ese efecto en los demás, pero Laila le había enseñado que intentar hacerse pequeña e invisible ni servía ni ayudaba en nada.

—Le diremos que estamos organizando una revolución que cambiará las cosas definitivamente —continuó hablando—. En esencia es la verdad, aunque ella puede que lo interprete de otra forma.

Los demás permanecieron callados, sopesando lo que acababa de decir.

—Tiene razón —dijo Oren.

—De acuerdo—intervino Rashîd—, pero querrá saber más, que le demos detalles de qué pensamos hacer exactamente.

—Quedaremos con ella aquí, en casa de Oren, para hablar del tema en un lugar más privado. Y, entonces, aprovecharemos para contárselo todo. ¿Os creerá cuando le contéis lo que habéis visto?

Se miraron entre ellos.

—A mí sí —sentenció Rashîd.

Fueron a buscarla justo al inicio de la jornada laboral y no hizo falta mucho para que aceptara tener una reunión con ellos en casa de Oren. ¿Un tunelador, un mercader y un cazador confabulando juntos? Eso no podía perdérselo.

Farah llevaba más de media vida trabajando en la recolección y selección de minerales. Una parte importante del gremio de tuneladores lo formaban aquellos y aquellas que se dedicaban a recoger los escombros de tierra y roca que originaban las excavaciones. Separaban cada parte en función de su utilidad: los distintos minerales por un lado, la arena y las piedras por otro. Hacía tiempo que se había ganado su puesto supervisando una de las cadenas mineras más importantes. Controlaba desde la recogida a la criba y a la eliminación de desechos. Tenía su propia forma de organizar el trabajo y a su gente y era muy eficaz. Por eso a Farah no le gustaba nada que le anduvieran con secretismos y no fueran al grano, enredando los discursos haciendo que pareciesen más que explicaciones, excusas. Odiaba que le hicieran perder el tiempo. Y que Rashîd, Oren y Tarêq no dejaran de hablar a la vez.

—Tú —Decidió dirigirse a quien había permanecido callada—. ¿Quién eres? ¿De qué conoces a estos tres?

—Soy Raina.

—Ya me han dicho cómo te llamas, no te he preguntado eso.

—Perdona, déjame que lo intente otra vez.

—Te escucho.

—Soy Raina y vengo de la superficie, de la ciudad de luz.

—Ahora sí que tenéis toda mi atención.

Farah no dijo nada mientras ellos, esta vez sí, se dejaban de rodeos y le contaban por qué estaba allí.

—Quiero verlo por mí misma —les dijo.

Tuvieron que esperar al amanecer. Farah siguió las instrucciones de Raina sin inmutarse. Primero se puso la crema y después aquel objeto que se llamaba gafas. Ascendió las escaleras que la llevarían por primera vez en su vida a un lugar que nunca imaginó poder pisar. Al salir no le impresionó que la cegara el sol, tampoco las diferencias que fueron apreciando sus ojos a medida que se iban acostumbrando a su presencia. El aire, eso fue lo que la sobrecogió. Era más frío y más puro. Llenó sus pulmones una y otra vez, aspirando todo el aire que eran capaces de contener en cada bocanada. Memorizó los olores y cómo la brisa erizaba su piel. Quería recordar para siempre cómo había sido el instante en el que cambió todo.

 

***

 

Laila decidió tomarse un descanso. A veces, para resolver un problema, era mejor alejarse y olvidarse de él. Insistir e insistir no hacía más que nublarte, perderte dentro de un laberinto de preguntas y dudas. La frustración no era la emoción adecuada para llegar a buen puerto. Así que, después de cenar, prefirió irse al salón y despejarse viendo un poco la televisión. Mientras Yosef perfeccionaba y adaptaba al objetivo principal lo que ya podían reconocer que era un virus en toda regla, ella solo deseaba pasar el tiempo con un programa cualquiera. Engañaría a su cerebro con distracciones banales, con simple y llano entretenimiento para masas.

—¿Te importa bajar un poco el volumen? —le pidió Yosef desde la cocina.

—Sí, perdona.

Apenas había pulsado el botón del mando un par de veces cuando Yosef apareció de repente.

—También te puedes poner unos auriculares —le dijo dirigiéndose a uno de los cajones del mueble—, que a lo mejor te gusta así el sonido, a todo trapo. A mí también, por eso los tengo, porque a mis vecinos les molesta.

La escena le resultó divertida: verle sacar con delicadeza sus flamantes cascos de un cajón sumamente ordenado. Y, mientras le observaba, se dio cuenta de que, si bien ella era bastante cuidadosa con sus cosas, no alcanzaba la meticulosidad de Yosef. Seguramente sin darse cuenta había hecho algo contrario a las normas de alguien acostumbrado a vivir solo en su casa, alguien que hacía mucho tiempo ya no tenía que adaptarse a las manías de otra persona. Sin embargo, durante aquellos intensos días que habían pasado juntos él no había tenido ni un mal gesto con ella ni un reproche, ni siquiera una leve corrección.

—Toma, tendrás que regularlos, no creo que tengas el mismo cabezón que yo.

—No tienes la cabeza tan grande. Las orejas ya…

—¡Oye!

—Muchas gracias —le dijo mostrándole los auriculares—. Eres muy amable.

—De nada, señorita.

Yosef regresó a la cocina y ella continuó con el zapping. Del primer al último canal. Del último al primero.

Una mano agitándose frente a su cara llamó su atención.

—¿Qué pasa? —preguntó quitándose los cascos.

—Tengo películas y estoy suscrito a dos canales de pago por si te apetece ver otra cosa.

—No, gracias.

—También puedes jugar a la consola. Los juegos están ahí —le dijo señalando a una de las estanterías del mueble.

—No, eso es más del gusto de Raina, yo prefiero zapear sin sentido.

—Vale.

Y vuelta a estar sola en el salón y a recorrer los canales en orden ascendente y descendente. Quedaba algo más de una hora para que las persianas y puertas iniciaran su cierre automático y el último programa en directo comenzaba su despedida no sin antes recordar a los telespectadores el importante suceso que tendría lugar el miércoles.

—El eclipse —se dijo a sí misma—, me había olvidado por completo de él.

Las imágenes explicativas de cómo sería el acontecimiento se superponían a las palabras del presentador. La hora exacta en la que todos debían regresar a sus casas y esperar a que el eclipse pasara junto a una recreación digital de un sol siendo tapado poco a poco. Una sombra cerniéndose sobre él, ocultándolo, apagando…

—La luz.

El corazón de Laila se aceleró de golpe.

—La luz. La luz.

Se quitó los cascos y los lanzó tras de sí mientras se levantaba e iba a toda velocidad hacia la cocina.

—La luz —le dijo a Yosef que la miró desconcertado—. La luz, Yosef, la luz.

 

El resto de entradas sobre “La maldición” las encontrarás pinchando aquí.

7 comentarios sobre “De relatos: La maldición. Parte veintitrés: Galicinio.

  1. Yo me he quedado igual de pillada que Yosef con el final. Supongo que se resolverá en el próximo capítulo.
    Tenías razón: debería haber tenido más fe en los testigos de Jehová. Mucho mejor la idea de hablar con la gente adecuada que intentar repartir folletos, jajajajaja.
    También me gusta mucho la relación que van teniendo Laila y Yosef. Me recuerdan a esas parejas de policías de las series que siempre están discutiendo, pero en el fondo se respetan y se aprecian muchísimo.

    1. Esa era la intención y sí, se resolverá en el próximo capítulo, como en las mejores series, jajaja.
      Me alegra saber que los testigos te van convenciendo. Lo de repartir folletos es una idea buenísima para una historia de tono más humorístico sarcástico, no sé, como “Obvio”, por ejemplo. Ahí te lo dejo de forma sutil. 😂
      Laila y Yosef están haciendo buenas migas, si es que es muy difícil no quererlos. 😉
      Gracias, como siempre, por leer y comentar. 😘

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