De historias olvidadas en el cajón

Fotografía: Ester Valverde

Hace unos días desempolvé, metafóricamente hablando, un relato que escribí unos dos años atrás para enviarlo a una revista con la esperanza de que sea seleccionado para publicarse en su próximo número. Bueno, tampoco es que tenga mucha esperanza, lo más probable es que no pase ni el primer corte, pero como se suele decir: el no ya lo tienes, no pierdes nada por intentarlo. El pobre llevaba todo ese tiempo en un cajón guardado, metafórico también que yo soy una buena hija de la era digital y lo tengo todo en archivos Word y con dos copias de seguridad como mínimo, y no sabía muy bien qué hacer con él. Me parecía demasiado largo para publicarlo en el blog y después de enviarlo a varios concursos sin éxito decidí pasar a otra cosa mariposa. Quizá en un futuro le encontraría un lugar, pensé, o quizá no y se quedaría para siempre en el cajón virtual de las historias olvidadas.

Imaginar historias, bosquejar ideas, grandes o pequeñas, es relativamente fácil. Es sencillo comenzarlas, incluso continuarlas, pero acabarlas… ese ya es otro cantar. Existen más obras guardadas en un cajón, esbozadas en una libreta de ideas o desechadas a medio terminar, que a la venta en una librería (física o virtual) o al alcance de cualquiera en una biblioteca. Muchas de esas obras inconclusas serán el resultado de un “proyecto de escritora” un tanto ilusa que se lanzó de cabeza a escribir una novela cuando todavía no dominaba siquiera el relato, peor aún, cuando todavía no tenía ni las nociones básicas de gramática y ortografía. Que soñar es gratis y la ignorancia muy osada.

Tiempo después, mucho tiempo después, y tras rescatar un relato modesto, a ese “proyecto de escritora” le dio por rebuscar en su primeros escritos, en esas carpetas de hace… unos cuantos años, por curiosear y por procrastinar.  Abrió la última versión del borrador de un manuscrito incompleto (si hubiese sido la primera era muy posible que le sangraran los ojos), de una historia surgida de un sueño, de uno real que se tiene cuando se duerme, y se puso a releer.  Sonrió porque, madre mía, lo que escribió aquí. Y qué me dices de este diálogo, anda que, y tú creyendo que se te daban bien. Uy, ¿y esto?, ni te acordabas de esto, pues oye, ni tan mal.

Y es que, al final, esa novelilla que dejó sin final cumplió su propósito: que practicara (mucho), que mejorara (algo), que aprendiera (bastante). Por eso, y porque es una nostálgica a la que de vez en cuando le gusta mirar atrás, hoy, como homenaje a esa historia inacabada que habitará por siempre en el cajón de las historias olvidadas, rescata una parte de ella que, pues oye, ni tan mal. 😉

 

A miel, su pelo olía a miel. Deslizaba los dedos por su cabello, entrelazándolos en él, mientras el aroma a miel no dejaba de invadirla en oleadas, evocando sensaciones y momentos recién adquiridos. Alexandra dormía a su lado y ella se deleitaba reviviendo el peso de su cuerpo sobre el suyo, la presión de su muslo entre las piernas, el vaivén de sus caderas, toda esa piel desnuda en contacto la una con la otra. Y todo olía a miel, dulce y nueva, brillante y única, recolectada solo para ella. Sus dedos comenzaron a bajar por la espalda de la misma forma que su boca lo hizo minutos atrás y al llegar a la curva que indicaba el final de un recorrido y el comienzo de otro, volvieron a subir, conscientes de la luz que empezaba a asomar en el horizonte, lamentando no tener tiempo para realizar el trayecto una vez más. La noche fue demasiado corta, el día sería demasiado largo.

 

Alexandra fingía dormir mientras sentía a Sophia jugar con su pelo. Tumbada boca abajo se estremeció cuando el tacto de sus dedos descendió por su espalda, despacio, como si quisiera memorizarla. Una pequeña decepción la sorprendió al comprobar que no continuaban su camino hacia abajo, sino que regresaban poco a poco. Cuando vuelva la noche, se dijo, cuando vuelva la noche todo volverá a empezar. Vendrán los besos, la ropa caerá al suelo y la cama las recibirá de nuevo, enredadas y extasiadas. Dibujará con las yemas el contorno de unos pechos, saboreará el fruto rojo de unos labios, vibrará con el sonido de un aliento entrecortado, será capaz de ver con los ojos cerrados. Tan solo tendrá que esperar a que esa luz que ahora inundaba sus párpados, se escondiese otra vez. La noche era tan corta, el día obstinadamente largo.

 

—Alexandra, despierta, se está haciendo de día.

—Cinco minutos más…

—Vamos, despierta.

Alexandra empezó a desperezarse estirando sus brazos y se dio la vuelta. Se quedaron unos segundos mirándose, los ojos de Alexandra sonreían, pícaros y tentadores. Sophia se mantuvo firme, esta vez no sería ella la que se acercara, esta vez prefería ser besada. Alexandra se incorporó, apoyándose en los codos, acercando su cara a la suya. Sophia sintió su aliento cosquilleándole en los labios y el deseo creciente palpitando en el pecho. Era un juego, otro reto más, no cedería. Su contrincante inclinó la cabeza, se acercó un poco más, y cuando estaba a punto de cerrar los ojos para recibir su premio, vislumbró media sonrisa. Alexandra se levantó de la cama, dejándola insatisfecha sin piedad.

—Esto es tuyo —le dijo Alexandra lanzándole el polo azul que tanto odiaba.

Mientras se vestía el uniforme del internado, el uniforme de cada día, de reojo observaba cómo se deslizaba cada prenda por el cuerpo de Alexandra, volviéndolo a tapar a su pesar.

 

Sabía que la miraba, era consciente de que con sus ojos recorría su cuerpo a medida que ella se vestía. Nunca pensó que algo tan banal pudiera resultar sensual y excitante. Jamás creyó que ella fuera capaz de provocar así a alguien. Pero con Sophia todo era posible, cualquier cosa que imaginara, hasta dejarse llevar. Fue inevitable enamorarse de esa Alexandra, de la que se iba a hurtadillas de la habitación, de la que salía por la ventana, de la que ahora robaba un beso.

—Deja de reírte de mí y fíjate en dónde pones los pies —le dijo Sophia.

—Como desees mi dulce amante.

—¿Tú qué…? ¿Pero qué clase de libros lees?

Reprimió la risa y se aferró a la pared, lo último que quería era formar parte de un final trágico precipitándose al vacío. Y no era esa la clase de heroína que sentía que era mientras iba de ventana a ventana bajo la atenta mirada de Sophia. Se despidió de ella con una sonrisa antes de volver a entrar en la habitación donde su hermana aún dormía. Después se quitó la ropa para ponerse el camisón y meterse en la cama que seguía sin deshacer. Intentaría aprovechar las dos o tres horas que quedaban hasta que sonara el despertador porque cuando volviera a abrir los ojos necesitaría todas sus fuerzas para ser la otra Alexandra, esa que no fingiría leer mientras esperaba a que su hermana le venciera el sueño, esa que nunca desearía que el sol se volviera a poner.

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