De abrir cajones (2ª parte)

Fotografía: M.J. Roda

Rebuscaba entre su colección de DVD esperando encontrar entre ellos aquel que le sirviera para crear una fabulosa entrada sobre cine. Sí, volvía a ser primer jueves de mes y sí, como de costumbre se estaba quedando sin tiempo para actualizar su blog. Esta no, se decía al mirar el primer estuche, esta tampoco, con el segundo, ni esta, ni esta y mucho menos esta. Y así con los siguientes treinta tantos. Vamos, elige una película y ya está, se dijo, no es tan complicado. Pero, al parecer, sí lo era. Porque a ver qué narices iba a contar sobre esta o aquella película que resultase mínimamente interesante y con el tiempo justo para revisionarla una vez. Si es que no aprendía la lección, si es que no se le pueden pedir peras al olmo, ni a los días que duren más, ni a los niños dormir siestas de tres horas para que dé tiempo a todo. A tomar por saco, pensó, me voy a dar una ducha, bajo el agua calentita tal vez llegue la inspiración.

El agua caliente caía sobre su cabeza, se deslizaba por su cuerpo, relajándola, facilitando que su mente buscase en los rincones más recónditos una idea en condiciones. Piensa, piensa, le decía a su mente, piensa. ¿Y qué te crees que hago yo las veinticuatro horas del día? ¿Calceta?, le contestaba esta.

—¿Es un mal momento? —dijo una voz femenina. Así de repente, imagínate que susto.

—Ay, me cago en… —dijo tapándose como pudo sus partes pudientes —, en todo lo que se menea.

—Parece que sí.

Frente a ella una sonriente…

—Chsss, calla, narrador insensato —dijo mirando a un punto indeterminado por encima del chorro de agua de la ducha.

—¿Con quién hablas? —preguntó… pues preguntó una joven de ropas suntuosas, recogido sencillo y nombre conocido del uno al otro confín de los cuentos.

—Eso no importa, ¿qué narices haces aquí?

—He venido a ayudarte.

—¿A ayudarme? ¿Con el post?

Y eso la sorprendió tanto que hasta dejó de taparse su dignidad.

—¿El qué? —preguntó la joven de recogido sencillo con una mueca que se parecía más al asco que a no tengo ni idea de lo que me estás hablando.

—La entrada de este jueves del blog.

—¿Ah, eso? ¿Y por qué iba yo a venir a ayudarte con eso?

—Claro, qué cosas tengo. A ver porqué iba a presentarse cualquier personaje mientras una se ducha si no es para…

Y la miró enarcando mucho las cejas, mucho, mucho, para que entendiera de sobra que esperaba que fuera ella quien completara la frase.

—Para sugerirte un cambio en el final de… —Bajó la voz como si alguien pudiese oírla —. Ya sabes qué.

—¿El final? Pero si apenas llevo revisados tres capítulos, anda que no me queda para llegar al final. ¿Qué tal si vuelves dentro de unas cien duchas? Con suerte llevaré la mitad.

—Ya, bueno, pero la inspiración viene cuando viene y, seamos sinceras, tu final deja un poco que desear.

—¿Perdona?

Puso las manos en jarra frunciendo mucho el ceño y si no estuviera desnuda bajo un chorro de agua humeante, hasta parecería intimidante.

—No te lo tomes a mal, te lo digo desde el cariño pero, no sé, que… —dijo amagando con señalarse a sí misma —, que uno de tus personajes principales, después de pasar por todo lo que pasa, al final…. bueno, ya sabes. Creo que no es muy coherente conmi… quiero decir con el personaje.

—Así que no te gusta tu final.

—¿A mí? —dijo llevándose las dos manos al pecho —. A mí me encanta, como todo lo escribes, pero a esos que leen cuentos no creo que les guste nada de nada. Te lo digo yo que tengo mucha experiencia con esto de los cuentos. Desde el cariño, ya sabes.

—No pienso cambiar tu final.

Al menos de momento, pensó, porque de aquí a la enésima predicción del Apocalipsis podría pasar cualquier cosa como, por ejemplo, unas veinte versiones distintas del mismo borrador. Pero eso es lo último que se le debe decir a uno de tus personajes, que ya se sabe lo que pasa si descubren que dudas, que se te suben a la pechera y empiezan a hacer lo que les da la gana en la historia, y eso nunca acaba bien, de hecho, casi nunca acaba.

—¿Por qué me miras así? —le dijo a la joven de ropas suntuosas. Y volvió a sentir la necesidad de cubrir sus partes pudientes.

—Vaya, para rondar los cuarenta —dijo sentándose al borde la bañera sin dejar de mirarla —, no estás nada mal. Ya sé que estás casada y tienes un montón de hijos pero…

—No me hagas la pelota que te va a dar igual. Tu final se queda como está.

La joven con nombre de sobra conocido en el mundo de los cuentos se puso de pie como si la hubieran pinchado en el culo.

—Porras y córcholis —dijo pisoteando el suelo. Sí, justo así como te lo imaginas, como una niña de unos cinco años —. Y jolines. Y más porras.

—¿Has terminado?

—Sí —dijo la mujer que ya había sobrepasado con creces la veintena pero seguía teniendo rabietas de niña pequeña.

—Y aun así no te vas.

—¿Sabes? Ahora entiendo porqué cierto personaje es como es.

Aquella a la que no podemos nombrar la miró toda indignada, remarcando con un brazo en jarra y una ceja arqueada el mensaje entre líneas: a ti, se parece a ti. Ella, todavía en pelotas y bajo un chorro de agua casi ardiendo, sonrió. No con una sonrisa cualquiera, con una que apenas se esboza en los labios pero que brilla en los ojos y que hasta un personaje de cuento sabe que, al verla, lo mejor que se puede hacer es desaparecer. Porque lo mismo, lo mismo, cambia tu final, pero no como a ti te gustaría.

—Uy, qué idea más buena acabo de tener —se dijo mientras cogía el champú.

 

(continuará…)

Ir a: De abrir cajones (1ª parte)

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4 thoughts on “De abrir cajones (2ª parte)

  1. Oye, pues no sé si la novela quedará niquelada en la duodécima o en la vigésima revisión, pero esta serie de entradas que ha provocado ya justifica el esfuerzo. ¡Qué meta! ¡Qué “despelote”! ¡Qué cabro… malvada se confirma la pelirroja! xD

    /modo zombi on
    Más… queremos más…

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