De largas y ardientes llamaradas

El dragón sobrevolaba el castillo con sus alas negras desplegadas. Su sombra recorría los muros, las almenas y los torreones más amenazante que un ejército armado hasta los dientes con catapultas, bolas de fuego y con cañones. La reina exigía al caballero que hiciese su trabajo, pero éste, ante la imagen del ser alado escupe fuego, se quedó petrificado mirando al cielo mientras su espada y su escudo parecían tiritar por obra y gracia de su cuerpo tembloroso.

El dragón lanzó un grito agudo, estirando su cuello, sacudiendo su cola, y los pies del caballero, por voluntad propia, empezaron a correr para escapar de aquel castillo cuanto antes mejor. Apenas había salido por el portón de la entrada cuando el dragón se abalanzó sobre él. Abrió sus fauces y las cerró entorno al no tan honorable Noble. Caballero zampado en un par de bocados mientras ascendía de nuevo. La reina escuchó a sus súbditos gritar horrorizados, ¿quién les iba a librar ahora del monstruo, de la bestia?, ¿quién?

La Reina, decidida como nunca a ser ella quien acabara con el dragón, fue hacia el gran salón de armas del castillo. «¿Quién necesita caballeros farsantes que al final resultan ser unos cobardes?», se dijo a sí misma, «¿quién?».  Escogió su armadura, una lanza y un escudo y salió directa a batirse con la bestia alada. Subió a la torre más alta del castillo para acercarse lo máximo posible al dragón que seguía volando en círculos bajo un cielo claro y azul. Alzó su lanza y desafió al dragón: «Ven a por mí si te atreves, maldito». El dragón, enfurecido por el insulto, encogió las alas y descendió en picado hacia la Reina y, al llegar a su altura, lanzó una larga y ardiente llamarada.

El castillo comenzó a arder, es lo que tienen las construcciones de cartón. María consiguió rescatar a la reina «playmobil» mientras su mamá la cogía a ella en volandas y la alejaba del fuego.

—¡Pepito! —gritó su mami soltando el móvil con el que había estado grabando mientras jugaban a castillos y dragones, corriendo escaleras abajo en dirección al garaje en busca de un extintor —. ¡Me cago en «tó»!

Pepito, el dragón en miniatura, descendió y se colocó a los pies de María que caminaba junto a su madre hacia las escaleras. Allí se sentaron a esperar a que mami consiguiera apagar el fuego. Pepito, buscando protección ante la más que probable futura bronca y castigo, se escondió entre las piernas de María.

—La que has armado, Pepito —dijo María mientras lo cogía y lo llevaba a su regazo.

—Sí, Pepito —remarcó mamá —, la que has armado. Y mira que te he dicho veces que nada de fuego en casa.

—Bueno, mamá, dijiste que nada de fuego dentro de casa.

Mamá, María y Pepito observaron a mami luchando con el extintor, para ser precisos con el seguro de éste que, al parecer, se negaba a salir. Mamá le tapó los oídos a María y ésta al dragón Pepito: mami le estaba diciendo de todo al extintor menos bonito.

—Creo que a mami ese pequeño tecnicismo le va a dar igual —apuntó mamá.

Cuando el seguro decidió, por fin, dejar de hacer su función para permitir que el extintor hiciese la suya, el fuego se esfumó casi tan rápido como había aparecido. María, mamá y Pepito se quedaron un rato contemplando el desastre resultante: espuma blanca mezclada con cartón negro y ceniza, el muro al final del jardín ennegrecido allí donde el fuego lo había alcanzado y mejor no fijarse en cómo había quedado el césped. Mami soltó el extintor y, mientras lanzaba improperios al aire, fue señalando con las manos todos y cada uno de los destrozos negando con la cabeza.

—Vamos, María —dijo mamá indicándole que se levantara —, entremos en casa. Así, con suerte, cuando mami venga ya se le habrá pasado un poco el enfado.

María obedeció, apenada y resignada, y se puso de pie con Pepito en los brazos.

—Anda que… —le dijo mamá a Pepito con una mirada reprobatoria. El dragón, arrepentido, escondió la cabeza bajo un ala.

Cuando mami entró en casa la mesa estaba preparada para cenar y todos listos sentados en ella esperándola. María y Pepito se habían encargado de ello sin ayuda en un intento de ablandar a su otra madre. Mami les miró a los dos con los brazos en jarra. María sonrió inocente y Pepito, que era algo cobardica, intentó ocultarse entre la silla y la espalda de su pequeña ama.

—Anda, siéntate —le dijo mamá a mami con tono apaciguador—, si ha sido sin querer.

—Sin querer, sin querer —repitió con retintín mami sentándose al lado de mamá y en frente del causante del incendio y su protectora —. Por cierto, creo que nuestro vecino lo ha visto todo.

Mamá tosió, se le había atragantado el primer bocado de ensalada, y miró con los ojos muy abiertos a mami. Cuando consiguió tragar preguntó:

—¿Estás segura?

—Tan segura como que sigue regando el mismo seto desde hace una hora con la mirada perdida en el infinito. —Mamá reprimió sin éxito la risa —. No te rías, a ver ahora cómo le hacemos creer, al cotilla, que no era un dragón de verdad sino uno de juguete.

—Pues seguro que prefiere pensar eso a que los dragones existen —le dijo mamá a mami y ésta la miró sin entender —, igual que prefiere creer que somos hermanas a que existan —Mamá se acercó a mami como si fuese a compartir con ella un secreto y, fingiendo susurrar, añadió —: ese tipo de mujeres que no se pueden nombrar.

María se rió ante la ocurrencia de su madre y Pepito también lo hizo a su manera: agitando las alas, estirando el cuello y soltando un agudo chillido.

 

Relatos anteriores sobre María y el dragón Pepito:

1º- Lo que comen los dragones

2º- Reinas Magas

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