De relatos: Reinas Magas

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Fotografía: M.J. Roda

María esperaba a oscuras sentada en el sofá del salón, tapada con una manta y mini cámara en mano dispuesta a ser disparada en cuanto apareciesen Sus Majestades de Oriente. Según sus cálculos no debía faltar mucho. A sus seis años se había propuesto conseguir pruebas irrefutables de que eso que no paraba de decir Marquitos en el recreo no tenía ningún fundamento. Los Reyes Magos existían, vaya que sí, sino a ver quién le dejaba todos esos regalos sobre sus zapatos año tras año. María luchaba contra los párpados pesados y los largos bostezos mientras su inseparable amigo Pepito, el dragón en miniatura, permanecía a su lado sin saber muy bien qué hacían allí a esas horas, en silencio, con las luces apagadas y sin encender la tele. Estiró sus alas, negras y brillantes, y las agitó para desentumecerlas y que estuvieran preparadas por si había que salir volando, como esas noches en las que su pequeña ama estaba en cualquier sitio menos donde debía: en su cama durmiendo.

—Pepito, no hagas ruido, si saben que estamos aquí no vendrán a dejar los regalos.

El diminuto dragón guardó sus alas y se acurrucó como si fuera un gato en el regazo de María, dispuesto a echarse una cabezadita mientras llegaban fueran quienes fueran esos de los regalos. Apenas llevaba unos segundos con los ojos cerrados, cuando su joven amiga dio un respingo.

—Ya vienen, Pepito, ya vienen —dijo María en voz baja intentando contener el borbotón de emociones que se agolpaban en su pecho —. Tenemos que estar muy callados y muy quietos, Pepito, como estatuas.

El dragón habría asentido, pero eso habría sido lo contrario a comportarse como una estatua. Ligeros murmullos y rumor de pasos fueron creciendo hasta ser susurros nada discretos y golpes y tropezones al otro lado de la puerta del salón. La niña contuvo el aliento. El dragón contuvo el aliento. Y cuando aquellas puertas se abrieron dejaron paso a dos figuras de ropas suntuosas, pelos y barbas largas, coronas y sacos rebosantes de regalos.

—Me estás pisando la capa —dijo uno de los Reyes Magos. ¿Sería Melchor?, Bastasar seguro que no.

—Si no fueras tan despacio.

Los dos reyes avanzaban por el salón en dirección a la ventana, bajo cuyas cortinas se encontraban en perfecta formación los zapatos de los habitantes de aquella casa: María, sus dos mamás y el dragón Pepito. Bueno, Pepito no usaba zapatos, así que María le había prestado unos suyos del año pasado que ya no le valían. Lo que sin duda no esperaban Melchor y Gaspar, era que al llegar a la altura del sofá les cegase la luz de un flash.

—¿Pero qué? —dijo Melchor protegiéndose los ojos con una mano.

—¿María, se puede saber qué haces levantada? —dijo Gaspar, quien extrañamente tenía una voz muy familiar, como muy parecida a la de mami —. Quiero decir: —Gaspar carraspeó —. ¿Qué haces despierta, pequeña?

Esta vez la voz de Gaspar sonó más a voz de Rey Mago, quizá estuviese acatarrado. Pepito, emocionado, comenzó a agitar sus alas de nuevo mientras soltaba alaridos sostenidos.

—Oh, qué dragón tan bonito —dijo Melchor —, ¿cómo se llama?

—¿No lo sabes? Te hablé de él en mi carta —respondió María.

—Sí, claro que sí. Yo lo se todo… María. —Melchor se acercó a Pepito y le acarició la cabeza. El dragón se estremeció de gusto —. ¿Cómo estás, Pepito?

María miraba a los Reyes Magos con el ceño fruncido, parecían algo nerviosos, como cuando sus mamás hablaban en clave de las cosas de los mayores.

—Bueno, jovencita —dijo Melchor —, hora de irse a la cama. Porque querrás tener tus regalos por la mañana, ¿verdad?

María seguía con la mirada fija en los Reyes Magos. La ventaja de llevar una hora agazapada en las oscuridad era que sus ojos hacía un buen rato que se habían acostumbrado a ella, así que era fácil notar que en aquellos Reyes Magos había algo que no cuadraba del todo.

—Bueno, Gaspar —dijo el que se suponía que era Gaspar.

—Melchor —le corrigió por lo bajo el otro Rey Mago.

—Melchor, Melchor. Está visto que tendremos que ir a la siguiente casa a dejar estos estupendos regalos. Una lástima.

Sus Majestades de Oriente se llevaron al hombro cada uno su saco y empezaron a caminar hacia la puerta.

—En fin, Gaspar —dijo Melchor —, qué se le va a hacer, nos tendremos que ir.

—Eso parece, Melchor, eso parece.

Los Reyes Magos se alejaban de María muy poco a poco, como si esperasen que sucediera algo, por ejemplo, que una niña y su dragón se fuesen a la cama corriendo y volando temiendo perder sus regalos.

—¿Por qué lleváis barbas de mentira?

Los Reyes Magos se detuvieron, algo curioso porque en su interior más bien deseaban salir pitando.

—Porque… —empezó a decir Melchor.

—Porque vamos de incógnito —se apresuró a decir Gaspar.

—¿Ah, sí? —preguntó Melchor algo sorprendido.

—Sí, claro, Melchor. Esta niña tan lista nos ha descubierto, así que se lo podemos contar.

—¿Estás seguro, Gaspar?

—Sí, Melchor, sí, confía en mí.

***

Pequeños pasitos, apresurados pasitos de niña que corre descalza a primerísima hora de la mañana se aproximaban veloces a la habitación de las personas mayores.

—¡Mamá, mami, no os lo vais a creer!

La puerta se abrió de par en par y la pequeña María entró corriendo y de un salto se subió a la cama de sus mamás.

—Los reyes te han traído carbón —dijo mamá incorporándose en la cama hasta quedarse sentada con la espalda apoyada en el cabecero.

—No, mamá, los Reyes Magos no existen.

—¿Ah, no? —dijo mamá mirando de reojo a mami que por alguna extraña razón ahora tenía la cabeza oculta bajo el edredón.

María con una sonrisa radiante les mostró la pantalla trasera de su pequeña cámara, su regalo de las navidades anteriores.

—No, mamá, ¡son Reinas Magas!

 

Y si aún no conoces la historia de María y su dragón: “Lo que comen los dragones”

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