De abrir cajones y cerrarlos otra vez

Fotografía: Ester Valverde

 

Sé que esta entrada tenía que haber llegado el jueves, pero como fue mi cumpleaños decidí ser bondadosa conmigo misma y regalarme un día más. Sí, vale, es una patraña, déjame que te explique, quizá te apiades de mí.

Hace unos días terminé la primera revisión de mi “fantabuloso” primer manuscrito y desde entonces no he podido escribir nada. Es como si al mismo tiempo que devolvía al cajón a ese desde ahora segundo borrador también se metieran en él todas las palabras, las frases, los párrafos. Menudo bajón. No es por falta de ideas, que va, tengo unas cuantas, pero como ya comenté en otra entrada: tener ideas es lo más sencillo, desarrollarlas es lo complicado. Porque crear una historia es como escalar, a veces una colina, otras una montaña tipo Everest y otras te topas con una pared vertical a la que no le ves el final. Terminar tu historia es coronar esa cima imaginaria. Tus herramientas para completar la escalada son las palabras y si les da por esconderse en el cajón…

Puede que sea entendible que se resguarden en un lugar un tanto oscuro pero muy, muy tranquilo, allí nadie las juzga ni las cambia una y mil veces ni mucho menos las tachan, pobrecitas. ¿Cómo van a querer salir de allí si encima te ven dudando entre escalar la colina, la montaña o la pared vertical? Si saben nada más mirarte a la cara que te puede la ansiedad, que solo quieres utilizarlas para que la espera no se te haga más eterna. Porque vamos a ver, ¿cuánto dices que tengo que esperar ahora antes de poder retomar el segundo borrador para convertirlo en un tercer borrador?

—Mínimo, mínimo, hasta después del segundo cumpleaños de tus mellizos.

—Tú, otra vez, querida y sensata voz de mi interior.

—La misma.

—A ver, lista, ¿y qué hago yo hasta entonces?

—Pues escribe otra cosa.

—Oh, gracias, mira tú por donde que eso no se me había ocurrido hasta ahora.

—Déjate de ironías, ¿no tenías un relato a medio terminar?  

—Sí, y un cuento.

—Es verdad, el cuento para tu hijo mayor que a este paso en vez de leérselo a él, se lo lees a tus nietos.

—Qué maja, siempre levantándome el ánimo. Espera, ¿qué haces?

—Voy a echar un vistazo a tu cuaderno de ideas.

—No, quieta, ni se te ocurra abrirlo. ¡Nooo…!

—Ups

Decía que es normal que las palabras prefieran ponerse a salvo de las dudas, la angustia y el desánimo. Nadie en su sano juicio comenzaría el ascenso con semejante lastre. Qué suerte tienen, ojalá yo también me pudiera meter en el cajón. Sobre todo ahora que un montón de personajes han invadido mi espacio vital exigiendo que sea la cima de su historia la que corone y no la de la otra. “Esa tipa aburrida lo único que puede protagonizar es un zurullo”. “¿A quién llamas tú aburrida? Pelandusca que eres una pelandusca”. “Deberías elegirme a mí, soy mucho más educada que estas”. “¡Venga ya! Tú lo que eres es una manipuladora”. “¿Quién le ha dado vela a este tío?”. “¡Oye, eso es discriminación!”. “¿Discriminación? Ven aquí que te voy a enseñar yo lo que es discriminación”. “Por favor, calmaros, cómo va a elegir a nadie si no dejamos que se concentre”. “Cállate, lameculos”. “¿Qué me has llamado?”. “Lo que oyes”. “Porque me sujetan que si no…”. “¿Si no qué? ¿Eh? ¿Si no qué?”.

—¿Has visto la que has armado?

—Lo siento, ha sido sin querer, ¿me perdonas?

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2 thoughts on “De abrir cajones y cerrarlos otra vez

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